Tres motivos para ver ‘Relato de un náufrago’ (Barcelona, Teatre Lliure)

Si estuviste atento en el cole cuando explicaban Gabriel García Márquez, ya sabrás todo lo que hay que saber sobre ‘Relato de un náufrago’. Seguramente se te hayan escapado perlas, como que en 1996 sirvió de inspiración para un videoclip de Isabel Pantoja (!!??), pero lo básico lo tienes cubierto. Puede que te interese la adaptación teatral del libro por su trasfondo político, el punto de inflexión que supuso en la vida del escritor o por la reflexión sobre la autoría en el arte.

Si, por el contrario, los libros de Gabo se te caían de las manos o tú eras más de la Rodoreda, hay tres razones morrocotudas para ir al Teatro Lliure (de Gràcia) a ver ‘Relato de un náufrago’:

La adaptación del texto

El libro de García Márquez se transforma en un monólogo teatral a dos voces: la del náufrago que vivió la experiencia de pasarse 10 días a la deriva en una balsa y la del autor que le dio forma literaria para contarla al gran público. Gran parte del interés de la obra está en ver cómo encajan estas dos perspectiva que, además, se complementan con ‘la versión oficial’ del régimen. Pero, sí, sigue siendo un monólogo. Si cuando digo que la adaptación (de Ignacio García May) es un motivo de peso para ir a ver la obra, es que lo es.

El trabajo actoral

Este monólogo bitonal no funcionaría sin unos actores en perfecta sintonía. El texto fluye de un lado a otro del espejo, va, vuelve… un personaje termina la frase del otro, se corrigen mutuamente, concluyen ideas al unísono. Ni la intensidad de la obra (hora y media del tirón) ni la rigidez en el texto son obstáculo para que la magia ocurra.

Emilio Gutiérrez Caba es el autor y Àngel Llàcer es el náufrago. Lo de Llàcer va más allá de la interpretación y se mete en el terreno de la coreografía, prácticamente. Es fascinante verlo clavar cada movimiento de forma inconsciente, inmerso en el texto. Ante semejante despliegue, el papel de Gutiérrez Caba es el de generoso compañero de escena que eleva el conjunto. Que no es poco.

La escenografía

A veces, por más explicaciones que se den, la evidencia termina gritándote a voces desde el escenario. El barco pirata de ‘Mar i Cel’. El autobús de ‘Priscilla’. La mesa-balsa de ‘Relato de un náufrago’. Dejar de citar a Jon Berrondo por sacarse de la manga el concepto más molón de los últimos tiempos sería un crimen. Podrías darles a los mismos actores el mismo texto, pero si les quitas la mesa ya no sería lo mismo.

Estas tres razones apuntan, claro está, a la dramaturgia de Marc Montserrat-Drukker. Nada en este juego de voces y ecos es casual, ni siquiera los momentos de metaficción más locos, como las citas al Donald Trump de las elecciones de 2016. La verdadera grandeza de todo esto es que, con semejante material y recursos, incluso parece fácil e inevitable que ‘Relato de un náufrago’ sea la gran obra que es.

 

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