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‘Drácula’: leer detenidamente las instrucciones de uso

Vaya por delante que

[Bueno, vaya por delante que te puedes comer algún spoiler mayúsculo de la serie]

mi problema con ‘Drácula’ es personal e intransferible. Es la historia de una decepción. De no enterarse de qué va la cosa hasta que es demasiado tarde. De pecar de inocente. La culpa es solo mía, lo asumo, pero el resultado es el mismo: odio ‘Drácula’. Deberíais saberlo.

Primer elemento para tener en cuenta: soy alguien que mantiene (o algo) un blog llamado ‘Abadía de Carfax’. Cualquier #dracula me dispara las hormonas y hace que me relama en anticipación. No atino a procesar información de modo racional en ese estado.

Segundo elemento para considerar: justamente información es lo que sobra en este mundo. No me da la vida para procesar la mitad de los datos que necesitaría para no meter la pata menos a menudo. Entiendo perfectamente que Beyoncé solo siga 10 cuentas en Twitter.

Por tanto, cuando vi la primera foto de Claes Bang como el conde entré en frenesí, compré la serie de manera automática y puse mi ansia en modo reposo hasta que, pum, estrenaron la serie hace unos días. ¿Qué podía salir mal? La BBC, con todo su lujo y oropel, preparando una versión de ‘Drácula’ que apelaba a la imagen de los clásicos de la Hammer. Cualquier dato que recabara durante la espera solo me haría sufrir de impotencia, hacerme pis de los nervios y remover eso tan vulgar que los tuiteros llaman “hype”. Qué necesidad.

Claes Bang como el conde Drácula

En todo esto había un dato fundamental: que las manos gestionando el presupuesto de la BBC eran las de Mark Gatiss y Steven Moffat. En mi calentón por el sexy vampiro, pasé de puntillas por el hecho de que estos dos fueran responsables de la versión contemporanizada de ‘Sherlock’, serie que me parece meh tirando a bien y en la que no tengo ni la milésima parte de cariño hacia el material original del que tengo por ‘Drácula’.

[Ahora viene el spoiler gordo, yo aviso]

“Contemporanizada”. En esta palabra que me acabo de inventar, según el corrector de Word, está la clave. No vi venir ni por asomo que Gatiss y Moffat fueran a hacerlo de nuevo. Que su objetivo último era repetir la fórmula de colocar en el mundo actual un personaje literario clásico. Por eso viví en completa indignación el primer capítulo de ‘Drácula’, me dejé llevar por el segundo hasta que se me torció el culo al final y seguí así durante todo el tercero. Bien por el factor sorpresa (que os acabo de joder si no hacéis caso de los corchetes), fatal por la pureza de mi corazón draculesco.

Indignado por ‘Drácula’

Supongo que el orígen de Drácula les parecía demasiado poderoso como para obviarlo en una transición a la época moderna y arrancar ya con el conde en el siglo XXI. O a lo mejor es que, directamente, no habría excusa para usar la propiedad intelectual ‘Drácula’ si se cargaban a todos los personajes principales de la novela.

El caso es que, de haber podido anticipar el percal, yo me hubiera cabreado menos con los giros que dan al principio. Me refiero, casi exclusivamente, a la personalidad del conde, que digo yo que habrán querido darle un rollo moderno para que tenga continuidad en ambas épocas. Pero es que la interacción que tiene con Jonathan Harker me provoca sarpullidos, con líneas de diálogo tremebundas entre los dos. Cada réplica pensada para hacer reír al espectador es un estacazo en mi alma. “Somos lo que comemos”, dice el tío. Es que menudo cuadro.

Aunque, ¿ves? La historia esta que se montan con que el vampiro absorbe la esencia de sus víctimas a través de la sangre podría comprarla. Este giro sí resulta interesante, así como el que le han dado a Van Helsing. La primera que sale, por lo menos. Por otro lado, como digo, el segundo capítulo y el rollo ‘Diez negritos’ que se gasta me pareció simpático. Se conoce que tampoco le tengo mucho apego a la Christie…

Otra adaptación al montón

Es curioso, esto de ser tan fan de ‘Drácula’, en cuanto a adaptaciones de la novela se refiere. Las películas de la Hammer que han construido el ideario colectivo sobre los monstruos ahora nos resultan adorables, aunque tienen tela marinera. Mucho más tarde, Coppola tuvo la petulancia de llamar a su película ‘Bram Stoker’s Dracula’, pasándose por el forro de sus santos cojonazos la naturaleza misma del personaje. No seré yo el que se ponga puntilloso con la fidelidad en la adaptación. Que existe ‘Brácula: Condemor II’, por la gloria de mi madre.

Pero en todos estos ejemplos yo veía dos cosas básicas: autoría e intención. Sí, incluso en el caso de Chiquito. Adaptar una obra ajena va, según creo, de esto. De dar tu visión. Alinearlo con tu concepto del mundo para la historia de otro se cuente con su voz. Siguiendo con los ejemplos, Coppola hizo bueno a Drácula (bueno, digamos bienintencionado) porque era lo que pedía la historia que quería contar, junto con un vestuario con personalidad propia, una banda sonora poderosa, una fotografía muy concreta… y, sí, hasta la cursilada esa de “he cruzado oceános de tiempo para encontrarte”.

En el ‘Drácula’ de Gatiss y Moffat yo no encuentro ni la autoría ni la intención, más allá de su ripio personal del vampiro clásico en el mundo moderno. Incluso, a mis ojos, se lanzan en plan kamikaze a reproducir secuencias enteras de otros y salen perdiendo de manera bochornosa. El acojone del Harker de Keanu Reeves era orgánico, era precioso y era sexual, como toda historia de vampiros debería ser. Lo que vi el otro día en el Netflix me pareció triste.

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‘Sense8’: lo hacemos y ya vemos

Hace dos semanas que acabó ‘Sense8’. Supongo que se puede hablar ya del tema sin herir a nadie con crudos spoilers. Aunque me temo que ni aunque quisiera: si la serie nunca se ha caracterizado por su solidez argumental, lo del último capítulo fue ya un desparrame de caos y confusión. A estas alturas sigo sin tener claro quién era el malo o qué coño querían decir con lo de los drones. Lo que sí puedo decir es que estoy muy feliz porque salen todos todos (pero todos) los personajes y hay orgía. ¡Biba! ¡Arriba ‘Sense8’!

Y es que la narrativa de ‘Sense8’ va muy en sintonía con la idiosincrasia de las redes sociales y el video on demand (el Netflix de los maratones, vaya). Lo fundamental es la conexión emocional con el espectador y el sentido de la maravilla. No hace falta que se entienda. ‘Sense8’ es un lugar feliz donde todo el mundo tiene su hueco. La cancelación de la serie supuso un drama a los seguidores, en primer lugar, porque hoy en día todo es un puto drama y más si se puede tuitear. Pero los lamentos que se oían con más fuerza eran acerca del valor simbólico de la serie por la visibilidad y representación afectiva y de género. Que tampoco era plan de dejar a Wolfgang de aquella manera. Pero, sobre todo, qué pena que nos quitaran una serie TAN BONITA.

El fenómeno no es nuevo. ‘Lost’ (‘Perdidos’) inauguró esta nueva manera de vivir las series con medio mundo enganchado a un follón que no entendían pero compartiendo su fascinación común en Internet. ‘Lost’ conectaba con el ‘mainstream friqui’; la gente que se burlaba de que leyeras cómics en el cole y ahora llevan a sus hijos a ver ‘Los Vengadores’ al cine. ‘Sense8’, en cambio, apela al núcleo duro de los freaks. Los raros de verdad. Los que hablan de género fluido y poliamor. Parece mentira, pero desde ‘Lost’ hemos dado un cambio generacional y hemos llegado a lo que José Luís Algar reivindica como “La venganza de lxs inadaptadxs”:

En ‘Sense8’ es evidente que Lana Wachowski se reivindica a sí misma y transforma su dolor en celebración con la complicidad de los espectadores. En el mismo sentido, Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan la exaltación de los raritos hasta el extremo más literal en ‘La llamada’. Este es otro caso de guion básico que soporta a duras penas un análisis objetivo, pero que termina siendo una película maravillosa gracias a la conexión con su público (y una obra de teatro prorrogada hasta el infinito gracias a eso mismo y a ‘OT 2017’, que es otro ejemplo perfecto de todo esto que estoy queriendo decir sobre la narrativa de las emociones y el poder del Twitter).

¿Significa esto que cualquier cosa que incluya géneros y sexualidades de las que hacen enfurecer a los militantes de Vox ya tiene que molar, automáticamente, aunque esté mal hecha? Pues no. Ahí está, por ejemplo, Esty Quesada haciendo aguas con ‘Looser’, una webserie que tiene todos los mimbres del universo Calvo-Ambrossi (tal cual, además) pero que está concretada de modo pésimo. Como youtuber que comparte su amargo videodiario con el mundo, Soy Una Pringada encontró con éxito una voz y estilo que provocaban la magia. Como guionista… pues, chica, aún le falta.

Todo esto cobra una especial dimensión si observamos otros ámbitos culturales. La caverna de los videojuegos vive revolucionada estos días porque de repente aparecen mujeres en portadas de juegos de guerra, personajes icónicos muestran abiertamente su sexualidad (y lo que sucede a continuación te sorprenderá) y a una saga de prestigio se le ha ocurrido dejar elegir el sexo y la orientación sexual del avatar del jugador. Son cambios prácticamente estéticos para muchos, pero que ponen el mundo patas arriba para muchos más.

Supongo que aún queda camino por recorrer. Ahí está ‘Sense8’, durmiendo el sueño de las series mutiladas y canceladas por las leyes del libre mercado. Pero qué tiempo este para tener un router, ¿eh?

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Netflix, tú antes molabas

Netflix es como ese enamoramiento perfecto que te deja hecho mierda cuando menos te lo esperas. De repente y sin previo aviso el amor de tu vida resulta ser tan vulgar y traicionero como aquel ex del que echas pestes.

Yo por Netflix dejé la delincuencia. Decidí dejar de descargar contenido ilegal porque ya no había excusas de «ay, que en esta cosa de pago no está la serie que quiero ver» o «uy, es que es muy complicado verlo en plan bien en la tele del salón». Y me da igual que me digáis que lo de los torrents es perfectamente legal. Ya nos entendemos. Si lo tienes en el mando de la tele, ¿qué necesidad hay de bajártelo y sincronizar subtítulos?

Durante nuestra luna de miel, Netflix me parecía casi sobrenatural. Precio, calidad del servicio, atención al cliente… todo era maravilloso. Demasiado. Y en esta poligamia galopante yo no era el único que se sentía así. Se iba forjando una leyenda universal. En cualquier parte del mundo, los friquis abandonados a su suerte por las cadenas generalistas se refugiaban en Netflix. ¿De dónde surgió esa fe ciega en que si tu serie de nicho favorita peligraba podía salvarse gracias al poder del streaming?

Visto ahora en perspectiva, resultó ser todo un engaño del marketing. «Dejad que los marginales se acerquen a mí», pensaba la aviesa Netflix. Como con las pelis de Marvel, pelotones de nerds allanaron el camino para el mainstream más ignorante. Con el tiempo, la plataforma empezó a producir contenido a lo loco, en plan maníaco. Cosas para empollones, sí, que no bastaba con un ‘Daredevil’ que necesitaron dar luz verde a cinco putas series del mismo universo de defensores callejeros. CINCO. Pero es que si no es por esta enajenación, no se explica cómo pensaron que era buena idea resucitar ‘Padres forzosos’ y darle dos temporadas a a una serie aberrante. Pero el objetivo era claro: hacer que hasta las señoras criogenizadas en los 90 y redivivas en el nuevo siglo podían apuntarse a Netflix, que seguro que lo gozarían.

Netflix era un lugar feliz. Si tenías Netflix, molabas. Eras parte de algo. Y cómo molaban sus Community Managers de cualquier región, con esas promos tan locas, tan de hablarte de tú a tú, de enfermito de la tele a enfermito de la tele. ¿Se puede estar enamorado de un «canal de tele»? Parece que sí. Otra vez. Si alguna vez te peleaste en el patio del cole con un imbécil que pensaba que molaba más Antena 3 que Telecinco sabes de lo que hablo. Y también sabrás del desengaño, de cuando empezaste a llamarlos Atresmedia y Mediaset.

Para mí ‘Sense8’ era el cénit del amor por Netflix. Del amor en Netflix. Los que dicen que la serie era mala están en otro nivel. Ni por arriba ni por abajo, simplemente estamos hablando de cosas diferentes. ‘Sense8’ era amor. Era inclusiva. Emocional. Autoconsciente. Conectada con el espectador. Y todo eso porque sí, solo porque había un lugar (Netflix) donde podía ser. Por mí ‘Sense8’ podía ser un bucle de escenas de los ocho haciendo cosas, que yo contento.

Ese lugar ya no existe. Sigue ahí, pero no es el mismo. El bofetón ha sido fuerte, pero así son los golpes del amor. Ni Netflix es perfecto ni se basa en el amor. Es un servicio de video en streaming que, por más enrollados que sean sus CM, no tiene por qué hacerte ningún favor.

Si Netflix se ha disparado en el pie cancelando ‘Sense8’ lo veremos en unos meses. Supongo que hoy habrá varios miles de cancelaciones de servicio. Rupturas pasionales. Pero por fuerte que sea el chasco, siempre terminamos olvidando. Y nos volvemos a enamorar. «Unos vienen, otros se van, la vida sigue igual», que cantaba aquel. «Y lo sabes».

 

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‘Black Mirror’: que sí, coño, que es ciencia ficción

A veces me temo que estar encerrado en esta Abadía atemporal me está volviendo un viejo cascarrabias, cuando no directamente un soberbio que arderá en el infierno. Pero es que hay momentos, como estos días que han pasado desde el estreno de la tercera temporada de ‘Black Mirror’, que hasta el círculo del infierno más jodido se me hace soportable comparado con un paseo por las redes sociales. Cada vez que leo un iluminado flipándolo tan fuerte me dan ganas de arrancarme el cilicio para liarme a latigazos. Ahora resulta que la ciencia ficción está muy bien. ¡Tócate los cojones!

Quiero pensar que aún no estoy ciego de ira. Para mí sigue prevaleciendo aquello de que a cada uno le gusta lo que le gusta y Dios en la de todos. Y que bendito sea el Internet por hacer virtualmente ilimitado el acceso a la información (jiji, «virtualmente»… jeje, qué chispa tengo). Lo que me enciende la sangre en plan caldero de Pepe Botero es lo que hace la gente con esa información. Que es, basicamente, NADA.

Sin ir más lejos, y sirva como ejemplo, el otro día estaba intentando poner a prueba mi odio paséandolo por un verdadero campo de minas de la inquina: los comentarios en Facebook a un post de Netflix sobre ‘Stranger Things’. No había dado ni dos pasos cuando… boom.  El caso es que había un muchachuelo muy audaz que decidió hacer uso de la libertad de expresión que le da la Constitución y la puta banda ancha para hacer lo que mejor se nos da: criticar al tuntún. Vino a iluminar al respetable con una observación agudísima. Un error detectado en el guión de la serie y que le restaba credibilidad al conjunto, como si las caras de Winona Ryder no fueran suficiente. El chaval decía que vaya tela que hablaran en la serie de ‘El hobbit’ y ‘El Señor de los Anillos’, estando ambientada en los años ochenta. ¡Ay!

¿Cuándo perdimos de vista a Tolkien y nos quedamos con Orlando Bloom? Es más, ¿por qué la chavalada de hoy no sabe quién es el bueno de J.R.R. pero en cambio se lee las sagas de Suzanne Collins y Stephenie Meyer? Supongo que es una cuestión de mercadotecnia, al fin y al cabo, y uso la expresión en castellano para compensar que a continuación haré referencia a algo que sólo sé decir en inglés: mainstream. De hecho sí se decirlo en llano castellano, pero es más faltón: borregada. Resumida por encima, mi teoría es que si quieres vender a cuanta más gente mejor tienes que bajar el listón a tope. Para no dejarte a nadie por el camino hay que hacerlo sencillito. En ese sentido, audaces escritoras que tienen cuenta de Instagram funcionan muy bien porque el público objetivo se siente tope identificado con ellas. Lo mismo aplica para los actores de buen ver que disparan la hormona cosa fina. En cambio, señores que llevan muertos un porrón de años resultan un concepto mucho más espeso.

Poco a poco, hemos ido acostumbrando a los lectores a que no tengan que romperse mucho la cabeza. ¿Que te gusta esto del ‘Sinsajo’? No te preocupes, que te vamos a hacer las películas y vamos a venderte mogollón de combos de libropeli con una etiqueta con la que puedas sentirte identicada: young adult. No es necesario que vayas por ahí investigando cuáles son las fuentes de estos libros que te gustan tanto ni que explores autores diferentes. Eres young adult y ya se sabe que tienes muchas cosas en la cabeza, como para ir hurgando en bibliografía. Hashtag young adult y tira millas, pequeña. Tenemos en la punta de nuestros dedos el acceso a centenares de wikis de variado pelaje, foros de discusión con expertos ávidos de compartir su conocimiento… pero nos la suda un poco todo.

Y me da rabia. Me jode tanta vanalización del conocimiento de un modo genérico. Pero, lo admito, también me revienta haber sido el raro del instituto durante tanto tiempo para que ahora mole lo que a mí molaba pero entonces no molaba que te molara. Por ahí no paso. No es que me hicieran bullying, claro, pero lo chungo que es crecer con la certeza de ser de los raritos es algo que solo sabemos quienes lo hemos vivido. Y el mainstream nos ha robado incluso eso y nos lo ha devuelto deformado y prostituido. Porque primero esto de ser el raro (que no tenía ni nombre) pasó a ser ‘friqui’ y cualquier gilipollas al que le gustaba algo era friqui. Había concursos para ver quien era friqui de cosas más friquis. Y cuando eso ya no bastaba entonces a lo friqui lo empezaron a llamar nerd y veías ‘The Big Bang Theory’ y ser nerd era lo más y de repente se podían hacer bromas sobre juegos de rol en la tele y todo el mundo se descojonaba. Hasta Nieves Herrero, en el sofá de su casa, muerta de risa con las ocurrencias de esos mozalbetes. Que anda que no dió por el culo la tía con el ‘asesino del rol’ y el tipo de la katana del ‘Final Fantasy’.

Así que ahora leo gente comentando que qué pasada ‘Black Mirror’ y aportan comentarios de calidad del tipo «es que hablan del futuro pero ya estamos ahí» y me dan los siete males, uno detrás de otro. No abundan argumentos en plan que los guiones son sólidos o el diseño de producción esté cuidadísimo. Ni que los actores y actrices estén sensacionales. O que el formato de antología de la serie le siente muy bien y le permita cubrir varios frentes. No. La mayoría de comentarios, incluso en críticas y reseñas en los medios, va en la línea de destacar cómo la serie reflexiona sobre la influencia de la tecnología en nuestra sociedad. Lo que viene siendo la definición de ciencia ficción de manual. Y yo me pongo de los nervios con tanta intensidad mal enfocada.

Será cuestión de asumir que, una vez muertos, los Philip K. Dick y Richard Matheson son referencias entrañables para nostálgicos. Los nuevos creadores son tipos como J.J. Abrams, por lo que cerramos el círculo y debemos asumir que ‘Star Wars’ es ya, definitivamente, ciencia ficción de la buena. Y luego ya series como la Charlie Brooker son ‘de pensar’, que junto a las ‘de reir’, ‘de llorar’ y ‘de miedo’ son los géneros preferidos por los niños y las niñas.

 

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‘Stranger Things’: fresquita para el verano

Un chaval desaparece en la Indiana profunda y su madre se vuelve mochales, en plan que se pone a hablarle a las lámparas. Los amigos del niño se lanzan al rescate con esa audacia inocente de la preadolescencia y, en el camino, encuentran a una chica medio lapona, medio esquimal, medio mongola que tiene la clave para averiguar dónde ha ido a parar el pobre muchacho perdido. Porque la cosa tiene truco, claro. A grandes rasgos, esto es lo que ofrece ‘Stranger Things’: ocho capítulos de misterio y sucesos paranormales para el niño y la niña.

Lo primero que hay que debo decir es que es fantástico que solo haya ocho episodios. Estirar más el tema habría sido un error. Y es que creo que uno de los puntos fuertes de la serie es el ritmo y el modo de entretejer las tramas. Por ejemplo, si al principio me fue imposible no poner los ojos en blanco con la pánfila de la hermana adolescente, no es menos cierto que toda esa tontería de hormonas y Clearasil termina siendo fundamental. El capítulo final es una maravilla en la que las historias convergen y se reparte estopa a tres bandas y donde cada personaje encuentra su lugar. Me descubro ante los creadores del invento, unos mozos que firman como The Duffer Brothers, que es como muy de teloneros de Blake Shelton y Miranda Lambert.

Me da un poco de respeto que se esté hablando en serio de hacer una segunda temporada porque, como ya digo, el experimento les ha salido redondo en la primera. En ocho episodios consiguen un buen puñado de momentos de tensión muy efectivos, con escenas icónicas como la movida que se llevan con las luces de Navidad, y todo culmina en un chim-pon en plan epílogo que te deja con el culo torcido y ganas de sí pero no. Pero no. O sea, no. Por mi parte que lo dejen todo como está. No hace falta ni que le crezca el pelo a Once.

Qué bonita es Once. Y qué bien lo hace Millie Bobby Brown. Me pregunto qué pensará Penélope Cruz al ver que una niña de esta edad la supera como actriz con sólo enarcar una ceja. Bueno, supongo que Pe no deberá molestarse ni en pensar sobre Millie. Que ya tiene un porrón de Oscars y Goyas y ya pa’qué.

Lo de Winona es otro rollo. Va más pasada de vueltas y a veces da un poco de risilla. Pero es que interpreta a la madre del niño desaparecido y, si lo piensas fríamente, si acabas tomando como ciertas según qué tipo de teorías es que muy cuerda y muy normal no estás. De sufrir en plan para dentro, pues no.

Winona Stranger Things

Para mí lo peor es la parte de Matthew Modine. Porque, ya que lo sacaban, podrían haberle dado un poco mas de chicha al personaje. Pero hace de tipo del Gobierno, así en plan misterio, y en el misterio se quedan. Puestos a ponerle peros, quizás el mayor de ‘Stranger Things’ es que pasa deliberadamente por encima de ciertos puntos que agradecerían un pelín más de cariño.

Pero, vaya, que nada que objetar. Para mí esta es la serie del verano. Del 2016. El año que viene, Dios proveerá.

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‘El Ministerio del Tiempo’: yo me compré un Blu-ray de una serie española

Y no sólo eso, sino que ‘El Ministerio del Tiempo’ es la única serie de los últimos años que me ha hecho volver a estar pendiente de su día y hora de emisión. Abandonar los envíos en diferido del primo de Wisconsin para seguir una serie ‘en vivo’, fiel cada semana frente a la tele. Y no un canal cualquiera, sino La Primera. O La Uno de Televisión Española. O como diantres se llame ahora, que ha llegado a ser tan irrelevante para mí que ni sé nombrarla con propiedad.

Todo empezó en Internet. Supe de la serie días antes de su emisión. No recuerdo un hype exagerado, pero a nivel íntimo y personal me llamó poderosamente la atención el planteamiento mismo. ¿Una serie española sobre una patrulla de viajeros en el tiempo que arreglaba potenciales paradojas? Eso no me lo podía perder yo. Así que vi el primer capítulo. Al terminar, volví a Internet para contrastar si mis sentidos no me engañaban. Parecía que no. Entonces ya fui consciente del ruido. Conversaciones de espectadores emocionados que buscaban la confirmación de los demás, igual que yo. «Hemos visto lo que hemos visto, ¿verdad?». Semanas más tarde, el miedo: parecía que las cifras de audiencia real no acompañaban. «Que no nos la quiten», primero. «Que la renueven», después. Yo me dejé arrastrar por toda esta corriente de amor y sufrimiento fan. Lo de comprarme el Blu-ray fue un símbolo. Los audímetros no me representaban. No me fiaba de los trending topic. Pretendía hablar directamente con no sé muy bien quién pero en un idioma que seguro que entenderían: el dinero. «Estoy dispuesto a pagar por esto. Dádmelo».

¿Es tan buena ‘El Ministerio del Tiempo’? Pues no tanto. Es decir, es una buena serie, que recomendaría a cualquiera con los ojos cerrados, pero lo que de verdad merece las movilizaciones y los desvelos es que exista. Su nacimiento parece fruto de una carambola cósmica, por lo que contribuir a que se mantenga con vida es un deber emocional. Somos una generación de españoles educados de forma autodidacta con productos extranjeros. Poco a poco, a fuerza de descargas, hemos demostrado ser un público tan fiel como exigente. Capaces de no dormir para ver la final de ‘Perdidos’ en la tele de aquí al mismo tiempo que en Estados Unidos. Que llenamos nuestras horas siguiendo decenas de series a la vez, en plan cuántico, y, aún así, no soportamos la espera de una nueva temporada de ‘Juego de Tronos’ hasta el próximo abril. Es más, con la práctica hemos aprendido conceptos como ‘el demográfico‘ de las audiencias. Así que, si somos el objeto de deseo de los anunciantes porque somos los que aflojamos la pasta, nos merecemos que en las series españolas dejen de incluir abuelos y niños por aquello de reunir a toda la familia delante del televisor. Aquí estamos solos mi gato y yo.

‘El Ministerio del Tiempo’ es la primera serie en España en dialogar con su audiencia, sabiendo que entre su público hay experimentados consumidores de ficción que, por si fuera poco, son capaces de convivir con el espectador medio de la televisión pública. Supongo que esta serie no habría llegado de no haber existido otras como ‘Águila Roja’, que explora el terreno del género de aventuras, además de otras, como ‘Isabel’, que conectan con el sentido de la pertinencia de una serie histórica en un canal público. Pero sólo ‘El Ministerio del Tiempo’ fue capaz, en su primer capítulo, de plantear una escena tan enorme y de forma tan consciente. El momento es tan gratuito que mantenerlo ahí es una declaración de intenciones. Algo se desgarró en el tejido de la existencia de las series españolas cuando Rodolfo Sancho se reivindicó como el nuevo Curro Jiménez, saliendo de su ficción para entrar en otra, tirando de su genealogía real pero pretendiendo que todo formaba parte de la diégesis de su serie. Este agujero de gusano que conecta nuestra televisión con la de más allá es el que tenemos que luchar para mantener abierto a toda costa.

Lo malo es que la pervivencia de ‘El Ministerio del Tiempo’ se consigue, de momento, a costa de sacrificar posibilidades valiosas. Por ejemplo, ‘Los misterios de Laura’ cayó muerta por fuego amigo: no había presupuesto para mantener ambas series en Televisión Española. Como la de la detective era más difícil de reflotar, ‘El Ministerio’ se quedó agarrado a la tabla salvadora cual Rose DeWitt Bukater mientras ‘Laura’ se hundía en el oscuro océano de la cancelación definitiva. Eso sí, pronto veremos la versión americana de ‘Los misterios de Laura’, que para comprar las dos primeras temporadas, cosas veredes, sí hay dinero.

Hoy empieza la emisión de la segunda temporada de ‘El Ministerio del Tiempo’. Trece episodios en lugar de los ocho originales. Una mejora envenenada porque la amenaza persiste. Los creadores de la serie trabajan con presupuestos cuatro veces inferiores a los de producciones parecidas en otros países y eso no sólo desluce el acabado final sino que limita las tramas mismas. Pero, en fin, no seamos agoreros. Es hermoso ver cómo el diálogo entre serie y público continúa y en esta segunda temporada hay nuevos rincones para el amor: una especie de radionovela, un videoblog, un episodio «de realidad virtual interactivo» (sic) y recursos de guerrilla como grupo de Whatsapp oficial. Cualquier cosa vale con tal de mantener la llama viva.

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‘Gossip Girl’, el último culebrón adolescente

Hubo una época en que ser adolescente era ya suficiente drama. Que tu máxima preocupación era elegir entre Luke o Ryan o perder la virginidad con tu profesora. Ni siquiera los problemas con las drogas eran mayor inconveniente porque, total, tu madre tambén lo había sido. Solo los muy losers sufrían de verdad ante la amenaza de no graduarse con el resto de sus compañeros (¡GRADUAD A DONNA MARTIN!).

Así eran las chicas antes de Katniss
Así eran las chicas antes de Katniss

Ahora ya no. Los adolescentes de hoy en día viven existencias ultraputeadas. A sus tonterías de años hormonales se les añaden dificultades sobrenaturales, a veces de forma literal. La cosa va a modas. Hubo una racha de dramas vampíricos, por ejemplo, y no me refiero a los que perecieron bajo el tacón de las botas de Buffy (aunque Joss Whedon ahí estuvo la mar de visionario). Últimamente se llevan más las distopías. Ya no puedes petarte los granos ante el espejo en este mundo, que tienes que hacerlo en alguna cruel variación futurista. Si es bajo un inminente peligro de muerte y después de haber matado a alguno de tus amienemigos, mejor.

2007 fue un año clave: estalló una crisis económica global que aún nos tiene a todos deprimidos y, a otro nivel de jodienda, a alguien se le ocurrió adaptar al cine una novelucha que corría por ahí llamada ‘Crepúsculo’. Pero en CW vivían ajenos al marrón que se avecinaba y quemaban cycles de ‘America’s Next Top Model’ como si no hubiera un mañana. Lo de dramas con pretensiones de trascendencia les pillaba lejos, así que estrenaron una cosa muy ligerita y banal llamada ‘Gossip Girl’ o, como dieron en llamarla en una traducción internacional, la Reina Cotilla. ¡Enorme!

‘Gossip Girl’ pretendía dar una vuelta de tuerca a los dramas de instituto acercándolos a ‘Sexo en Nueva York’. Esto lo digo yo, como todo lo de este blog, y me quedo tan ancho. Pero, ya para empezar, formalmente es innegable que ambas series estructuraban los episodios alrededor de una voz en off femenina que escribía sobre los sucesos que ocurrían en la trama. Además, el escenario común era un Nueva York aspiracional a tope. Y, como dato más residual, las dos ficciones estaban basadas en novelas que nunca nos hemos preocupado de leer. ‘Gossip Girl’ partía como el refugio de los huérfanos de Carrie Bradshaw, finada tres años antes, y los de Kristen Bell, traumáticamente desahuciada de ‘Veronica Mars’ ese mismo año.

Imaginad si se vinieron arriba con ‘Gossip Girl’, que la CW decidió resucitar la mismísima ‘Sensación de vivir’ con una secuela a la que llamaron ‘90210’ por aquello del minimalismo y el diseño. La euforia dio hasta para un ‘Melrose Place’ 2009 Edition, aunque ya era demasiado tarde. Para aquél entonces ya todo estaba infectado de vampirismo. Estos fueron también los años en los que ‘Vampire Diaries’ vio la luz (artificial, se entiende) y ahí sigue, spin-off incluido (‘The Originals’).

Pero pensemos en cosas bonitas y centrémonos en ‘Gossip Girl’ y sus problemas del Primer Mundo.

La típica foto de los protagonistas tumbaditos juntos
La típica foto de los protagonistas tumbaditos juntos

‘Gossip Girl’ era, como buen culebrón, una serie que no tenía ninguna lógica. Ni interna ni externa. Es más, la única regla que hay en el género es que no hay reglas. Una serie es mejor cuanto más se sumerja en la locura y olvide los complejos. Y ‘Gossip Girl’ era experta en olvidar.

Repasemos algunos puntos por los que la serie era tan maravillosa:

1) La Reina Cotilla

La premisa de la serie era que una desconocida bloguera aireaba en tiempo real todos los cotilleos de los niños guapos de Nueva York, con especial saña en los de la casquivana Serena van der Woodsen, de los van der Woodsen de toda la vida. Conforme avanzaba la serie, el interés por desenmascarar a Gossip Girl iba creciendo y ocupando tramas, de modo que mientras los protas eran niñatos de instituto les daba como más igual, pero bastó con que se hicieran mayores y manejaran empresas millonarias para que, de repente, les entrara la urgencia de jugar a los detectives. Incluso hubo uno que pretendió derrocar el blog de mierda de la Cotilla para construir un imperio editorial en su lugar. Vamos, como yo con este blog.

Lo más grande llegó al final, cuando por fin se desvelaba quién estaba detrás de Gossip Girl. Resolvieron la cuestión de forma atroz. No solo había cientos de situaciones escenificadas a lo largo de la serie que contradecían la explicación oficial sino que, de propina, consiguieron cargarse la magia del estilo narrativo. La voz en off de Kristen Bell, sus reflexiones y juegos de palabras y el «xoxo, Gossip Girl» marca de la casa quedaban fuera de lugar, por más que pretendieran hacer un guiño a los espectadores haciendo aparecer a la actriz en pantalla en el último episodio.

De todos modos, recordemos: «atroz» en este caso está bien. Tomarse a chufla el tema de la Reina Cotilla fue la última grandeza de ‘Gossip Girl’.

2) Los personajes

Al principio de la serie todo parecía indicar que la estrella absoluta sería Serena. Serena van der Woodsen, o sea por favor. No le pones a un personaje Serena van der Woodsen para que sea un secundario. Pues, mira, al final resultó que la protagonista era su amiga, la fea. Blair Waldorf. Que, como nombre, tampoco está mal. Pero no es van der Woodsen, por el amor de Dios.

Terry Richardson emputece todo lo que toca, ¿no? Pero de verdad que Blair y Serena son chicas cuquis
Terry Richardson emputece todo lo que toca, ¿no? Pero de verdad que Blair y Serena son chicas cuquis

Este baile de protagonismos fue posible gracias al ojo educado de los guionistas. Cuando había personajes que no cuajaban e, incluso, despertaban el odio de las masas, desaparecían de forma más o menos elaborada (hola Jenny Humphrey, hola Vanessa). En cambio, hubo personajes episódicos que fueron robando escenas y ganándose reapariciones estelares gracias, en gran medida, al talento de las actrices (hola Dorota, qué tal Georgina). Saber gestionar esto fue uno de los grandes logros de la serie.

Y no es que Blake Lively, interpretando a Serena van der Woodsen (no me cansaré de escribirlo entero) lo hiciera mal. Al revés, creo que fue la única actriz que entendió que estaba interpretando a una chica de 17 años. Era imposible no enamorarse de ella cuando hacía esos mohínes y sonreía como una chica, por más que insistieran en hacer que los personajes juveniles actuaran como adultos. Estamos hablando de chavales de 17 años que se sirven whisky del mueble bar y degustan la copa con intensidad de magnate del petróleo. ¿Dónde quedaron las incursiones en la licorería con el carné de identidad falso?

La cuestión es que el personaje de Serena van de Woodsen era demasiado intenso y muy serio para lo que acabó siendo ‘Gossip Girl’. Blair daba más juego, era más parodiable. Porque otra cosa que molaba eran…

3) Las tramas inverosímiles

Obviamente, ‘Gossip Girl’ era la historia de amor de Serena van der Woodsen y Dan (solo Dan). También la de Blair y Chuck. De rebote y de relleno, la de otros que pasaban por ahí. Pero, cuando acabaron con las combinaciones amatorias de personajes, fueron tirando de tramas más o menos serias. Ninguna de ellas, por supuesto, llegó a importar nunca.

La que más me ha fascinado siempre es la de los estudios universitarios de estos chicos. Durante un montón de episodios el campo de batalla de sus traiciones mutuas era el acceso a alguna universidad de la Ivy League. Este tema suele ser siempre el problema de las series de instituto porque, claro, tienen que dejar de serlo a la fuerza y los apaños argumentales suelen flojear. En ‘Gossip Girl’ llegó un momento en el que, simplemente, dejaron de hablar de la universidad. Todos ellos. Nadie estudiaba. El campus y los profesores desaparecieron como el rocío de la mañana. O como el hijo secreto de dos personajes que, después de muchas tribulaciones, se reencuentra con sus padres biológicos para que estos, muy emocionados, lo monten en un autobús de regreso a casa en plan «vuelve cuando quieras».

Se nota la emoción de la graduación en sus miradas
Se nota la emoción de la graduación en sus miradas

Pero para trama inverosímil, (SPOILER, BITCH!) la delirante historia de (HE DICHO QUE SPOILER) cómo Blair Waldorf llegó a princesa de Mónaco. ¡Princesa de Mónaco, tía! No solo es el hecho de que inventaron un Grimaldi ad hoc y todas las idas y venidas que esto dio de sí. Es que, desarrollando esta trama, los guionistas abrazaron completamente la locura y llevaron a sus personajes al límite de la parodia. ¿Que esta niña Waldorf se cree una princesita neoyorkina? ¡Pues toma Principado!

El descoque argumental necesitaba que los personajes sostuvieran una cosa y la contraria de un episodio para otro. No exagero cuando digo que a veces, si parpadeabas durante un capítulo, de repente no entendías por qué Fulanita y Menganita se habían hecho amigas otra vez después de odiarse con la intensidad de dos concursantes de ‘Gran Hermano’.

4) La autoconsciencia

Todas estas locuras se perdonaban no solo porque es lo que se esperaba del género, sino porque ‘Gossip Girl’ siempre tuvo ese aire autoconsciente tan divertido y, a la vez, cómplice. Era maravilloso ver cómo los personajes, a veces, hacían comentarios irónicos que introducían el sentir del público (mención honorífica a los chistes sobre la evolución del pelo de Dan). También eran muy disfrutables todas las referencias al universo propio que fueron apareciendo a lo largo de la serie (¡meta!). Mis preferidas eran las relacionadas con la iconografía de los años de instituto: los escalones del Met, las diademas…  y, en ese sentido, mis personajes preferidos de todos los tiempos fueron las dos niñatas lectoras de Gossip Girl que se atrevían a increpar a los protagonistas por la calle.

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Atención al look postcoital de Dan

Pero todo esto se perdió, como lágrimas en la lluvia. Pocas series adolescentes de hoy se pueden permitir introducir estos elementos en la gravedad de sus tramas. Si acaso, las series de superhéroes que (sobre)pueblan CW dan este tipo de juego, aunque sea un factor más bien heredado de los cómics en los que se basan. Que, por otro lado, son de DC y tampoco es que se propongan copiar el sistema Whedon de crear universos cinemáticos (Whedon, otra vez Whedon, siempre Whedon).

¿Vale la pena recuperar ‘Gossip Girl’ en 2016? Pues sí. Aunque sea como ejercicio de reivindicación. Que además está en Netflix, hombre.