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‘Sense8’: lo hacemos y ya vemos

Hace dos semanas que acabó ‘Sense8’. Supongo que se puede hablar ya del tema sin herir a nadie con crudos spoilers. Aunque me temo que ni aunque quisiera: si la serie nunca se ha caracterizado por su solidez argumental, lo del último capítulo fue ya un desparrame de caos y confusión. A estas alturas sigo sin tener claro quién era el malo o qué coño querían decir con lo de los drones. Lo que sí puedo decir es que estoy muy feliz porque salen todos todos (pero todos) los personajes y hay orgía. ¡Biba! ¡Arriba ‘Sense8’!

Y es que la narrativa de ‘Sense8’ va muy en sintonía con la idiosincrasia de las redes sociales y el video on demand (el Netflix de los maratones, vaya). Lo fundamental es la conexión emocional con el espectador y el sentido de la maravilla. No hace falta que se entienda. ‘Sense8’ es un lugar feliz donde todo el mundo tiene su hueco. La cancelación de la serie supuso un drama a los seguidores, en primer lugar, porque hoy en día todo es un puto drama y más si se puede tuitear. Pero los lamentos que se oían con más fuerza eran acerca del valor simbólico de la serie por la visibilidad y representación afectiva y de género. Que tampoco era plan de dejar a Wolfgang de aquella manera. Pero, sobre todo, qué pena que nos quitaran una serie TAN BONITA.

El fenómeno no es nuevo. ‘Lost’ (‘Perdidos’) inauguró esta nueva manera de vivir las series con medio mundo enganchado a un follón que no entendían pero compartiendo su fascinación común en Internet. ‘Lost’ conectaba con el ‘mainstream friqui’; la gente que se burlaba de que leyeras cómics en el cole y ahora llevan a sus hijos a ver ‘Los Vengadores’ al cine. ‘Sense8’, en cambio, apela al núcleo duro de los freaks. Los raros de verdad. Los que hablan de género fluido y poliamor. Parece mentira, pero desde ‘Lost’ hemos dado un cambio generacional y hemos llegado a lo que José Luís Algar reivindica como “La venganza de lxs inadaptadxs”:

En ‘Sense8’ es evidente que Lana Wachowski se reivindica a sí misma y transforma su dolor en celebración con la complicidad de los espectadores. En el mismo sentido, Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan la exaltación de los raritos hasta el extremo más literal en ‘La llamada’. Este es otro caso de guion básico que soporta a duras penas un análisis objetivo, pero que termina siendo una película maravillosa gracias a la conexión con su público (y una obra de teatro prorrogada hasta el infinito gracias a eso mismo y a ‘OT 2017’, que es otro ejemplo perfecto de todo esto que estoy queriendo decir sobre la narrativa de las emociones y el poder del Twitter).

¿Significa esto que cualquier cosa que incluya géneros y sexualidades de las que hacen enfurecer a los militantes de Vox ya tiene que molar, automáticamente, aunque esté mal hecha? Pues no. Ahí está, por ejemplo, Esty Quesada haciendo aguas con ‘Looser’, una webserie que tiene todos los mimbres del universo Calvo-Ambrossi (tal cual, además) pero que está concretada de modo pésimo. Como youtuber que comparte su amargo videodiario con el mundo, Soy Una Pringada encontró con éxito una voz y estilo que provocaban la magia. Como guionista… pues, chica, aún le falta.

Todo esto cobra una especial dimensión si observamos otros ámbitos culturales. La caverna de los videojuegos vive revolucionada estos días porque de repente aparecen mujeres en portadas de juegos de guerra, personajes icónicos muestran abiertamente su sexualidad (y lo que sucede a continuación te sorprenderá) y a una saga de prestigio se le ha ocurrido dejar elegir el sexo y la orientación sexual del avatar del jugador. Son cambios prácticamente estéticos para muchos, pero que ponen el mundo patas arriba para muchos más.

Supongo que aún queda camino por recorrer. Ahí está ‘Sense8’, durmiendo el sueño de las series mutiladas y canceladas por las leyes del libre mercado. Pero qué tiempo este para tener un router, ¿eh?

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Netflix, tú antes molabas

Netflix es como ese enamoramiento perfecto que te deja hecho mierda cuando menos te lo esperas. De repente y sin previo aviso el amor de tu vida resulta ser tan vulgar y traicionero como aquel ex del que echas pestes.

Yo por Netflix dejé la delincuencia. Decidí dejar de descargar contenido ilegal porque ya no había excusas de «ay, que en esta cosa de pago no está la serie que quiero ver» o «uy, es que es muy complicado verlo en plan bien en la tele del salón». Y me da igual que me digáis que lo de los torrents es perfectamente legal. Ya nos entendemos. Si lo tienes en el mando de la tele, ¿qué necesidad hay de bajártelo y sincronizar subtítulos?

Durante nuestra luna de miel, Netflix me parecía casi sobrenatural. Precio, calidad del servicio, atención al cliente… todo era maravilloso. Demasiado. Y en esta poligamia galopante yo no era el único que se sentía así. Se iba forjando una leyenda universal. En cualquier parte del mundo, los friquis abandonados a su suerte por las cadenas generalistas se refugiaban en Netflix. ¿De dónde surgió esa fe ciega en que si tu serie de nicho favorita peligraba podía salvarse gracias al poder del streaming?

Visto ahora en perspectiva, resultó ser todo un engaño del marketing. «Dejad que los marginales se acerquen a mí», pensaba la aviesa Netflix. Como con las pelis de Marvel, pelotones de nerds allanaron el camino para el mainstream más ignorante. Con el tiempo, la plataforma empezó a producir contenido a lo loco, en plan maníaco. Cosas para empollones, sí, que no bastaba con un ‘Daredevil’ que necesitaron dar luz verde a cinco putas series del mismo universo de defensores callejeros. CINCO. Pero es que si no es por esta enajenación, no se explica cómo pensaron que era buena idea resucitar ‘Padres forzosos’ y darle dos temporadas a a una serie aberrante. Pero el objetivo era claro: hacer que hasta las señoras criogenizadas en los 90 y redivivas en el nuevo siglo podían apuntarse a Netflix, que seguro que lo gozarían.

Netflix era un lugar feliz. Si tenías Netflix, molabas. Eras parte de algo. Y cómo molaban sus Community Managers de cualquier región, con esas promos tan locas, tan de hablarte de tú a tú, de enfermito de la tele a enfermito de la tele. ¿Se puede estar enamorado de un «canal de tele»? Parece que sí. Otra vez. Si alguna vez te peleaste en el patio del cole con un imbécil que pensaba que molaba más Antena 3 que Telecinco sabes de lo que hablo. Y también sabrás del desengaño, de cuando empezaste a llamarlos Atresmedia y Mediaset.

Para mí ‘Sense8’ era el cénit del amor por Netflix. Del amor en Netflix. Los que dicen que la serie era mala están en otro nivel. Ni por arriba ni por abajo, simplemente estamos hablando de cosas diferentes. ‘Sense8’ era amor. Era inclusiva. Emocional. Autoconsciente. Conectada con el espectador. Y todo eso porque sí, solo porque había un lugar (Netflix) donde podía ser. Por mí ‘Sense8’ podía ser un bucle de escenas de los ocho haciendo cosas, que yo contento.

Ese lugar ya no existe. Sigue ahí, pero no es el mismo. El bofetón ha sido fuerte, pero así son los golpes del amor. Ni Netflix es perfecto ni se basa en el amor. Es un servicio de video en streaming que, por más enrollados que sean sus CM, no tiene por qué hacerte ningún favor.

Si Netflix se ha disparado en el pie cancelando ‘Sense8’ lo veremos en unos meses. Supongo que hoy habrá varios miles de cancelaciones de servicio. Rupturas pasionales. Pero por fuerte que sea el chasco, siempre terminamos olvidando. Y nos volvemos a enamorar. «Unos vienen, otros se van, la vida sigue igual», que cantaba aquel. «Y lo sabes».