Netflix, tú antes molabas

Netflix es como ese enamoramiento perfecto que te deja hecho mierda cuando menos te lo esperas. De repente y sin previo aviso el amor de tu vida resulta ser tan vulgar y traicionero como aquel ex del que echas pestes.

Yo por Netflix dejé la delincuencia. Decidí dejar de descargar contenido ilegal porque ya no había excusas de “ay, que en esta cosa de pago no está la serie que quiero ver” o “uy, es que es muy complicado verlo en plan bien en la tele del salón”. Y me da igual que me digáis que lo de los torrents es perfectamente legal. Ya nos entendemos. Si lo tienes en el mando de la tele, ¿qué necesidad hay de bajártelo y sincronizar subtítulos?

Durante nuestra luna de miel, Netflix me parecía casi sobrenatural. Precio, calidad del servicio, atención al cliente… todo era maravilloso. Demasiado. Y en esta poligamia galopante yo no era el único que se sentía así. Se iba forjando una leyenda universal. En cualquier parte del mundo, los friquis abandonados a su suerte por las cadenas generalistas se refugiaban en Netflix. ¿De dónde surgió esa fe ciega en que si tu serie de nicho favorita peligraba podía salvarse gracias al poder del streaming?

Visto ahora en perspectiva, resultó ser todo un engaño del marketing. “Dejad que los marginales se acerquen a mí”, pensaba la aviesa Netflix. Como con las pelis de Marvel, pelotones de nerds allanaron el camino para el mainstream más ignorante. Con el tiempo, la plataforma empezó a producir contenido a lo loco, en plan maníaco. Cosas para empollones, sí, que no bastaba con un ‘Daredevil’ que necesitaron dar luz verde a cinco putas series del mismo universo de defensores callejeros. CINCO. Pero es que si no es por esta enajenación, no se explica cómo pensaron que era buena idea resucitar ‘Padres forzosos’ y darle dos temporadas a a una serie aberrante. Pero el objetivo era claro: hacer que hasta las señoras criogenizadas en los 90 y redivivas en el nuevo siglo podían apuntarse a Netflix, que seguro que lo gozarían.

Netflix era un lugar feliz. Si tenías Netflix, molabas. Eras parte de algo. Y cómo molaban sus Community Managers de cualquier región, con esas promos tan locas, tan de hablarte de tú a tú, de enfermito de la tele a enfermito de la tele. ¿Se puede estar enamorado de un “canal de tele”? Parece que sí. Otra vez. Si alguna vez te peleaste en el patio del cole con un imbécil que pensaba que molaba más Antena 3 que Telecinco sabes de lo que hablo. Y también sabrás del desengaño, de cuando empezaste a llamarlos Atresmedia y Mediaset.

Para mí ‘Sense8’ era el cénit del amor por Netflix. Del amor en Netflix. Los que dicen que la serie era mala están en otro nivel. Ni por arriba ni por abajo, simplemente estamos hablando de cosas diferentes. ‘Sense8’ era amor. Era inclusiva. Emocional. Autoconsciente. Conectada con el espectador. Y todo eso porque sí, solo porque había un lugar (Netflix) donde podía ser. Por mí ‘Sense8’ podía ser un bucle de escenas de los ocho haciendo cosas, que yo contento.

Ese lugar ya no existe. Sigue ahí, pero no es el mismo. El bofetón ha sido fuerte, pero así son los golpes del amor. Ni Netflix es perfecto ni se basa en el amor. Es un servicio de video en streaming que, por más enrollados que sean sus CM, no tiene por qué hacerte ningún favor.

Si Netflix se ha disparado en el pie cancelando ‘Sense8’ lo veremos en unos meses. Supongo que hoy habrá varios miles de cancelaciones de servicio. Rupturas pasionales. Pero por fuerte que sea el chasco, siempre terminamos olvidando. Y nos volvemos a enamorar. “Unos vienen, otros se van, la vida sigue igual”, que cantaba aquel. “Y lo sabes”.

 

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