La era del teatrodisgusting: reflexiones tras ‘Blasted’ y ‘Mount Olympus’

Fui a ver ‘Blasted’ la semana después del ‘Mount Olympus’ de Madrid y, lo admito, a lo mejor me monté yo solo una película en mi cabeza. El caso es que ahora no sé si es que el montaje de Sarah Kane en el Teatre Nacional de Catalunya me decepcionó por blando o es que yo tengo una mente posmoderna totalmente depravada y sin moral alguna.

En capítulos anteriores: ‘Mount Olympus’ fue una movida en los Teatros del Canal que duró 24 horas seguidas pim pam y todo muy subido de tono. Yo no fui, que no soy nadie, pero he podido leer largo y tendido sobre el tema y me lo imagino un poco como la rave en ‘Matrix Reloaded’, pero con ambientación de tragedia griega y mucho más explícito. Con decir que al pobre Hércules le hicieron fist fucking en el escenario. Aunque fue a las 6 de la mañana, tras 11 horas de espectáculo y a lo mejor fue un sueño.

No creo fuera de lugar comentar que si Jean Fabre llegó a ese extremo en un escenario fue, en parte, gracias a que autores como Sarah Kane escribieran obras como ‘Blasted’, donde hay (así en plan spoiler abstracto) dos violaciones, un suicidio, canibalismo y a un personaje le arrancan los ojos con una cuchara. Las críticas furibundas sobre las orgías gratuitas y de mal gusto de ‘Mount Olympus’, no se diferencian tanto de las que, en 1995, ponían ‘Blasted’ como una cosa muy grosera y asquerosa.

Que, a ver, ‘Blasted’ yuxtapone la violencia de género en una pareja y el horror de la guerra, inspirándose en el conflicto de los Balcanes de principios de los 90. O sea que muy agradable de ver tampoco es que deba ser. El tema es que yo iba como muy preparado para sacudirme entero en el asiento y al final resultó que lo que me tuve que sacudir fue el sopor. Un poco. Pero vamos, que la cosa es de perfil bajo aunque vayas sin expectativas.

La primera violación se produce durante una elipsis temporal. La segunda, con la ropa puesta y una botella de agua mineral con gas simulando el orgasmo. Hablando de agua y de metáfora pacata, una bolsa de plástico rellena hace de bebé. O sea, que en la puesta en escena de Alícia Gorina todo es de supermentira.

Y aquí es donde me siento yo peor, volviendo a mi párrafo inicial. Mi parte cultureta quiere pensar que lo que importa que sea de verdad son los sentimientos. El texto, digamos. La puesta en escena es parte de una convención teatral y la directora nos presenta unos códigos visuales que son, eso: un lenguaje para entendernos. La intención es que esos códigos nos ayuden. Que, por el contrario, me saquen de la obra, me preocupa. ¿De verdad necesito ver un refrote piel con piel para sentir la crudeza del momento? Porque al final y al cabo el teatro no es solo una experiencia intelectual. Por lo menos para mí, la magia es la posibilidad de empatizar con un intérprete que tienes respirando a pocos metros. Para entender el texto, me lo puedo leer. Si me siento en la butaca, espero que sea todo más… cómo decirlo… ¿orgánico? ¿Tanto que me salpiquen los lefazos? Pregunto. Porque, al mismo tiempo, para entender que a Hércules las pasa canutas con la serpiente creo que no hace falta que le metan a nadie el brazo por el culo.

No sé, quizás es lo burdo de la resolución de las escenas escabrosas de este montaje de ‘Blasted’ en concreto lo que me ha dejado frío. Que omitan la primera violación, pero que entiendas perfectamente lo que ha pasado, es una cosa. Está bien. Es elegante. Lo de usar bolsas que son bolsas en lugar de bebés me parece dar un golpe de efecto formal en una dirección distinta a la que la autora pretendía.

Aunque, bueno, el ejército de señoras de Sants, público estándar en estas jornadas teatrales, salió revuelta de ‘Blasted’. O sea que va a ser que después de todo sí que va a ser una cuestión generacional…

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