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Box populi Noli me tangere

‘Drácula’: leer detenidamente las instrucciones de uso

Vaya por delante que

[Bueno, vaya por delante que te puedes comer algún spoiler mayúsculo de la serie]

mi problema con ‘Drácula’ es personal e intransferible. Es la historia de una decepción. De no enterarse de qué va la cosa hasta que es demasiado tarde. De pecar de inocente. La culpa es solo mía, lo asumo, pero el resultado es el mismo: odio ‘Drácula’. Deberíais saberlo.

Primer elemento para tener en cuenta: soy alguien que mantiene (o algo) un blog llamado ‘Abadía de Carfax’. Cualquier #dracula me dispara las hormonas y hace que me relama en anticipación. No atino a procesar información de modo racional en ese estado.

Segundo elemento para considerar: justamente información es lo que sobra en este mundo. No me da la vida para procesar la mitad de los datos que necesitaría para no meter la pata menos a menudo. Entiendo perfectamente que Beyoncé solo siga 10 cuentas en Twitter.

Por tanto, cuando vi la primera foto de Claes Bang como el conde entré en frenesí, compré la serie de manera automática y puse mi ansia en modo reposo hasta que, pum, estrenaron la serie hace unos días. ¿Qué podía salir mal? La BBC, con todo su lujo y oropel, preparando una versión de ‘Drácula’ que apelaba a la imagen de los clásicos de la Hammer. Cualquier dato que recabara durante la espera solo me haría sufrir de impotencia, hacerme pis de los nervios y remover eso tan vulgar que los tuiteros llaman “hype”. Qué necesidad.

Claes Bang como el conde Drácula

En todo esto había un dato fundamental: que las manos gestionando el presupuesto de la BBC eran las de Mark Gatiss y Steven Moffat. En mi calentón por el sexy vampiro, pasé de puntillas por el hecho de que estos dos fueran responsables de la versión contemporanizada de ‘Sherlock’, serie que me parece meh tirando a bien y en la que no tengo ni la milésima parte de cariño hacia el material original del que tengo por ‘Drácula’.

[Ahora viene el spoiler gordo, yo aviso]

“Contemporanizada”. En esta palabra que me acabo de inventar, según el corrector de Word, está la clave. No vi venir ni por asomo que Gatiss y Moffat fueran a hacerlo de nuevo. Que su objetivo último era repetir la fórmula de colocar en el mundo actual un personaje literario clásico. Por eso viví en completa indignación el primer capítulo de ‘Drácula’, me dejé llevar por el segundo hasta que se me torció el culo al final y seguí así durante todo el tercero. Bien por el factor sorpresa (que os acabo de joder si no hacéis caso de los corchetes), fatal por la pureza de mi corazón draculesco.

Indignado por ‘Drácula’

Supongo que el orígen de Drácula les parecía demasiado poderoso como para obviarlo en una transición a la época moderna y arrancar ya con el conde en el siglo XXI. O a lo mejor es que, directamente, no habría excusa para usar la propiedad intelectual ‘Drácula’ si se cargaban a todos los personajes principales de la novela.

El caso es que, de haber podido anticipar el percal, yo me hubiera cabreado menos con los giros que dan al principio. Me refiero, casi exclusivamente, a la personalidad del conde, que digo yo que habrán querido darle un rollo moderno para que tenga continuidad en ambas épocas. Pero es que la interacción que tiene con Jonathan Harker me provoca sarpullidos, con líneas de diálogo tremebundas entre los dos. Cada réplica pensada para hacer reír al espectador es un estacazo en mi alma. “Somos lo que comemos”, dice el tío. Es que menudo cuadro.

Aunque, ¿ves? La historia esta que se montan con que el vampiro absorbe la esencia de sus víctimas a través de la sangre podría comprarla. Este giro sí resulta interesante, así como el que le han dado a Van Helsing. La primera que sale, por lo menos. Por otro lado, como digo, el segundo capítulo y el rollo ‘Diez negritos’ que se gasta me pareció simpático. Se conoce que tampoco le tengo mucho apego a la Christie…

Otra adaptación al montón

Es curioso, esto de ser tan fan de ‘Drácula’, en cuanto a adaptaciones de la novela se refiere. Las películas de la Hammer que han construido el ideario colectivo sobre los monstruos ahora nos resultan adorables, aunque tienen tela marinera. Mucho más tarde, Coppola tuvo la petulancia de llamar a su película ‘Bram Stoker’s Dracula’, pasándose por el forro de sus santos cojonazos la naturaleza misma del personaje. No seré yo el que se ponga puntilloso con la fidelidad en la adaptación. Que existe ‘Brácula: Condemor II’, por la gloria de mi madre.

Pero en todos estos ejemplos yo veía dos cosas básicas: autoría e intención. Sí, incluso en el caso de Chiquito. Adaptar una obra ajena va, según creo, de esto. De dar tu visión. Alinearlo con tu concepto del mundo para la historia de otro se cuente con su voz. Siguiendo con los ejemplos, Coppola hizo bueno a Drácula (bueno, digamos bienintencionado) porque era lo que pedía la historia que quería contar, junto con un vestuario con personalidad propia, una banda sonora poderosa, una fotografía muy concreta… y, sí, hasta la cursilada esa de “he cruzado oceános de tiempo para encontrarte”.

En el ‘Drácula’ de Gatiss y Moffat yo no encuentro ni la autoría ni la intención, más allá de su ripio personal del vampiro clásico en el mundo moderno. Incluso, a mis ojos, se lanzan en plan kamikaze a reproducir secuencias enteras de otros y salen perdiendo de manera bochornosa. El acojone del Harker de Keanu Reeves era orgánico, era precioso y era sexual, como toda historia de vampiros debería ser. Lo que vi el otro día en el Netflix me pareció triste.

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Box populi Noli me tangere

Netflix, tú antes molabas

Netflix es como ese enamoramiento perfecto que te deja hecho mierda cuando menos te lo esperas. De repente y sin previo aviso el amor de tu vida resulta ser tan vulgar y traicionero como aquel ex del que echas pestes.

Yo por Netflix dejé la delincuencia. Decidí dejar de descargar contenido ilegal porque ya no había excusas de «ay, que en esta cosa de pago no está la serie que quiero ver» o «uy, es que es muy complicado verlo en plan bien en la tele del salón». Y me da igual que me digáis que lo de los torrents es perfectamente legal. Ya nos entendemos. Si lo tienes en el mando de la tele, ¿qué necesidad hay de bajártelo y sincronizar subtítulos?

Durante nuestra luna de miel, Netflix me parecía casi sobrenatural. Precio, calidad del servicio, atención al cliente… todo era maravilloso. Demasiado. Y en esta poligamia galopante yo no era el único que se sentía así. Se iba forjando una leyenda universal. En cualquier parte del mundo, los friquis abandonados a su suerte por las cadenas generalistas se refugiaban en Netflix. ¿De dónde surgió esa fe ciega en que si tu serie de nicho favorita peligraba podía salvarse gracias al poder del streaming?

Visto ahora en perspectiva, resultó ser todo un engaño del marketing. «Dejad que los marginales se acerquen a mí», pensaba la aviesa Netflix. Como con las pelis de Marvel, pelotones de nerds allanaron el camino para el mainstream más ignorante. Con el tiempo, la plataforma empezó a producir contenido a lo loco, en plan maníaco. Cosas para empollones, sí, que no bastaba con un ‘Daredevil’ que necesitaron dar luz verde a cinco putas series del mismo universo de defensores callejeros. CINCO. Pero es que si no es por esta enajenación, no se explica cómo pensaron que era buena idea resucitar ‘Padres forzosos’ y darle dos temporadas a a una serie aberrante. Pero el objetivo era claro: hacer que hasta las señoras criogenizadas en los 90 y redivivas en el nuevo siglo podían apuntarse a Netflix, que seguro que lo gozarían.

Netflix era un lugar feliz. Si tenías Netflix, molabas. Eras parte de algo. Y cómo molaban sus Community Managers de cualquier región, con esas promos tan locas, tan de hablarte de tú a tú, de enfermito de la tele a enfermito de la tele. ¿Se puede estar enamorado de un «canal de tele»? Parece que sí. Otra vez. Si alguna vez te peleaste en el patio del cole con un imbécil que pensaba que molaba más Antena 3 que Telecinco sabes de lo que hablo. Y también sabrás del desengaño, de cuando empezaste a llamarlos Atresmedia y Mediaset.

Para mí ‘Sense8’ era el cénit del amor por Netflix. Del amor en Netflix. Los que dicen que la serie era mala están en otro nivel. Ni por arriba ni por abajo, simplemente estamos hablando de cosas diferentes. ‘Sense8’ era amor. Era inclusiva. Emocional. Autoconsciente. Conectada con el espectador. Y todo eso porque sí, solo porque había un lugar (Netflix) donde podía ser. Por mí ‘Sense8’ podía ser un bucle de escenas de los ocho haciendo cosas, que yo contento.

Ese lugar ya no existe. Sigue ahí, pero no es el mismo. El bofetón ha sido fuerte, pero así son los golpes del amor. Ni Netflix es perfecto ni se basa en el amor. Es un servicio de video en streaming que, por más enrollados que sean sus CM, no tiene por qué hacerte ningún favor.

Si Netflix se ha disparado en el pie cancelando ‘Sense8’ lo veremos en unos meses. Supongo que hoy habrá varios miles de cancelaciones de servicio. Rupturas pasionales. Pero por fuerte que sea el chasco, siempre terminamos olvidando. Y nos volvemos a enamorar. «Unos vienen, otros se van, la vida sigue igual», que cantaba aquel. «Y lo sabes».

 

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Ita dicimus omnes Noli me tangere

‘Black Mirror’: que sí, coño, que es ciencia ficción

A veces me temo que estar encerrado en esta Abadía atemporal me está volviendo un viejo cascarrabias, cuando no directamente un soberbio que arderá en el infierno. Pero es que hay momentos, como estos días que han pasado desde el estreno de la tercera temporada de ‘Black Mirror’, que hasta el círculo del infierno más jodido se me hace soportable comparado con un paseo por las redes sociales. Cada vez que leo un iluminado flipándolo tan fuerte me dan ganas de arrancarme el cilicio para liarme a latigazos. Ahora resulta que la ciencia ficción está muy bien. ¡Tócate los cojones!

Quiero pensar que aún no estoy ciego de ira. Para mí sigue prevaleciendo aquello de que a cada uno le gusta lo que le gusta y Dios en la de todos. Y que bendito sea el Internet por hacer virtualmente ilimitado el acceso a la información (jiji, «virtualmente»… jeje, qué chispa tengo). Lo que me enciende la sangre en plan caldero de Pepe Botero es lo que hace la gente con esa información. Que es, basicamente, NADA.

Sin ir más lejos, y sirva como ejemplo, el otro día estaba intentando poner a prueba mi odio paséandolo por un verdadero campo de minas de la inquina: los comentarios en Facebook a un post de Netflix sobre ‘Stranger Things’. No había dado ni dos pasos cuando… boom.  El caso es que había un muchachuelo muy audaz que decidió hacer uso de la libertad de expresión que le da la Constitución y la puta banda ancha para hacer lo que mejor se nos da: criticar al tuntún. Vino a iluminar al respetable con una observación agudísima. Un error detectado en el guión de la serie y que le restaba credibilidad al conjunto, como si las caras de Winona Ryder no fueran suficiente. El chaval decía que vaya tela que hablaran en la serie de ‘El hobbit’ y ‘El Señor de los Anillos’, estando ambientada en los años ochenta. ¡Ay!

¿Cuándo perdimos de vista a Tolkien y nos quedamos con Orlando Bloom? Es más, ¿por qué la chavalada de hoy no sabe quién es el bueno de J.R.R. pero en cambio se lee las sagas de Suzanne Collins y Stephenie Meyer? Supongo que es una cuestión de mercadotecnia, al fin y al cabo, y uso la expresión en castellano para compensar que a continuación haré referencia a algo que sólo sé decir en inglés: mainstream. De hecho sí se decirlo en llano castellano, pero es más faltón: borregada. Resumida por encima, mi teoría es que si quieres vender a cuanta más gente mejor tienes que bajar el listón a tope. Para no dejarte a nadie por el camino hay que hacerlo sencillito. En ese sentido, audaces escritoras que tienen cuenta de Instagram funcionan muy bien porque el público objetivo se siente tope identificado con ellas. Lo mismo aplica para los actores de buen ver que disparan la hormona cosa fina. En cambio, señores que llevan muertos un porrón de años resultan un concepto mucho más espeso.

Poco a poco, hemos ido acostumbrando a los lectores a que no tengan que romperse mucho la cabeza. ¿Que te gusta esto del ‘Sinsajo’? No te preocupes, que te vamos a hacer las películas y vamos a venderte mogollón de combos de libropeli con una etiqueta con la que puedas sentirte identicada: young adult. No es necesario que vayas por ahí investigando cuáles son las fuentes de estos libros que te gustan tanto ni que explores autores diferentes. Eres young adult y ya se sabe que tienes muchas cosas en la cabeza, como para ir hurgando en bibliografía. Hashtag young adult y tira millas, pequeña. Tenemos en la punta de nuestros dedos el acceso a centenares de wikis de variado pelaje, foros de discusión con expertos ávidos de compartir su conocimiento… pero nos la suda un poco todo.

Y me da rabia. Me jode tanta vanalización del conocimiento de un modo genérico. Pero, lo admito, también me revienta haber sido el raro del instituto durante tanto tiempo para que ahora mole lo que a mí molaba pero entonces no molaba que te molara. Por ahí no paso. No es que me hicieran bullying, claro, pero lo chungo que es crecer con la certeza de ser de los raritos es algo que solo sabemos quienes lo hemos vivido. Y el mainstream nos ha robado incluso eso y nos lo ha devuelto deformado y prostituido. Porque primero esto de ser el raro (que no tenía ni nombre) pasó a ser ‘friqui’ y cualquier gilipollas al que le gustaba algo era friqui. Había concursos para ver quien era friqui de cosas más friquis. Y cuando eso ya no bastaba entonces a lo friqui lo empezaron a llamar nerd y veías ‘The Big Bang Theory’ y ser nerd era lo más y de repente se podían hacer bromas sobre juegos de rol en la tele y todo el mundo se descojonaba. Hasta Nieves Herrero, en el sofá de su casa, muerta de risa con las ocurrencias de esos mozalbetes. Que anda que no dió por el culo la tía con el ‘asesino del rol’ y el tipo de la katana del ‘Final Fantasy’.

Así que ahora leo gente comentando que qué pasada ‘Black Mirror’ y aportan comentarios de calidad del tipo «es que hablan del futuro pero ya estamos ahí» y me dan los siete males, uno detrás de otro. No abundan argumentos en plan que los guiones son sólidos o el diseño de producción esté cuidadísimo. Ni que los actores y actrices estén sensacionales. O que el formato de antología de la serie le siente muy bien y le permita cubrir varios frentes. No. La mayoría de comentarios, incluso en críticas y reseñas en los medios, va en la línea de destacar cómo la serie reflexiona sobre la influencia de la tecnología en nuestra sociedad. Lo que viene siendo la definición de ciencia ficción de manual. Y yo me pongo de los nervios con tanta intensidad mal enfocada.

Será cuestión de asumir que, una vez muertos, los Philip K. Dick y Richard Matheson son referencias entrañables para nostálgicos. Los nuevos creadores son tipos como J.J. Abrams, por lo que cerramos el círculo y debemos asumir que ‘Star Wars’ es ya, definitivamente, ciencia ficción de la buena. Y luego ya series como la Charlie Brooker son ‘de pensar’, que junto a las ‘de reir’, ‘de llorar’ y ‘de miedo’ son los géneros preferidos por los niños y las niñas.

 

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Noli me tangere

Lo de Antonio de Felipe: cuando haces pop…

La cuestión de ‘la negra’ de Antonio de Felipe me confirma dos puntos que ya sospechaba: (UNO) la comprensión lectora en redes sociales está nada más que regulín y (DOS) tiran dos más tetas (peludas y pezoneras) que dos carretas. Luego, si eso, estaría el tema de la autoría intelectual en el arte, pero eso es morirte de frío.

También es verdad que, viendo la cobertura del tema en internet, está difícil entenderlo bien. Tú lees que a Antonio de Felipe lo acusa una señora por plagio y es normal quedarte con la imagen mental de que mientras la sufrida pintora se daba la vuelta para enjuagar los pinceles al final de una dura jornada laboral el otro se asomaba, avieso, por su estudio y le hacía fotos a los cuadros para robarle las ideas. A veces se liaba, el demoniete, y se acababa haciendo un selfie para el Instagram. Pero básicamente el tema era conseguir cuadros que copiar. Total, al final la obra pop de este pintor pop va de usar iconos pop que hasta tienen su copyright. O sea que aun si los pintara él con los dedos hay una parte de copia tremenda. Pero, eh, no importa porque es arte pop. Quiero decir Arte pop. Arte. ARTE. Ya.

Ante esta desinformación, es hasta normal que haya fans del pintor que se pregunten que de dónde sale esta tipeja y que a buenas horas se va a quejar. Ya lo decía Bridget Jones: “Los japoneses, esa raza cruel”. Aunque. De hecho, hay verdadera insistencia en llamar a Fumiko Negishi “la china esta”. Porque si vas a soltar algún exabrupto iletrado que te retrate como cateto, ¿por qué no vas a redondearlo con un comentario que te haga parecer aún más inculto y añada una dimensión racista? Eso da puntos en el argumentómetro de cualquier red social.

La ironía quiere que la versión de los medios sea más morbosa que la simplificación chunga. Pongamos que de Felipe hubiera, efectivamente, plagiado a Negishi. Eso es aburrido. Hasta Zara copia, por el amor de Dios. La verdad (o presunta verdad, que el tema está en los tribunales) ofrece una dimensión mucho más jugosa. El tema es que de Felipe tenía a Negishi guardada en una zona oculta del estudio, ahí al fondo, fondísimo, donde ningún fan llegará jamás, pintando lo que él le decía. En plan que llegaba él al mediodía, al volver del gym y la cita con el Bearbero, apartaba los cuatro lienzos y las doce cajas de pintura en spray que cubrían la puerta secreta, daba dos palmadas, tres patadas en el suelo y cuatro vueltas sobre sí mismo para abrir el acceso (en un código que cambiaba cada semana por precaución) y se asomaba donde pintaba su colaboradora y le soltaba cosas del tipo: “muñeco de anatomía de ‘Érase una vez el cuerpo humano’, Lady Gaga, vestido de carne”. Y la otra, pillada en mitad de un trazo: “¿Qué?”. A lo que de Felipe añadía: “Pecado capital”. Y cerraba la puerta de golpe, satisfecho de haber ejercido su autoría intelectual sobre la obra. Entonces ya podía dedicarse a las cosas que de verdad importan, como el Instagram. Si buscas compradores de tus obras de 40.000 euros, ahí es donde los encuentras.

La historia cuenta con el súper plus de ser consecuencia de los aleteos de mariposa del PP en la Comunidad Valenciana. Bueno, en España, qué coño. Según parece (o, de nuevo, presuntamente) ahora que el gobierno regional no compra cuadros a precios infladísimos es cuando el negocio del pintor ha caído en picado y no se puede permitir tener una, ejem, empleada. Ayudante. Obrera, como la llama él, que es muy dado a la cursilería. Pero como a Fumiko le ha sentado muy mal el ERE, ha decidido tirar de la manta del modo más friqui que ha encontrado: pintando en riguroso directo un retrato de Pedro J. Ramírez.

Total: que la historia (real) es una maravilla. Es como si Chirbes y Almodóvar se hubieran tenido que quedar encerrados en el hotel de Benidorm por culpa de la tormenta y hubieran parido una historia por puro aburrimiento. Me desconcierta un poco que la antagonista sea japonesa. A lo mejor estaba ahí también la Coixet y en unos días sale la segunda parte, en plan de introspección desde el otro lado de la puerta secreta del estudio…

A lo que iba: ¿por qué la insistencia en ver lo que no es? ¿De dónde sale eso de que “la china esta” demanda por plagio y lo de que ánimo, Antonio, que la malvada esta va a tener que demostrarlo todo y que yo te creo a ti? Es decir, ¿cómo puedes defender a alguien que precisamente está diciendo que utilizaba a la otra para pintar “las cosas  tediosas de la pintura” en las obras y que sí, que la ha despedido y la muy traidora se está vengando lo más grande? ¿Dónde te agarras para mantener en tu cabeza la historia del plagio? Entiendo que esta obcecación la tenga quien haya pagado 40.000 euros por un cuadro y, además, los haya puesto de su bolsillo y no de las arcas públicas pero, ¿así porque sí?

Para mí la clave está en Instagram, que es esa red social donde nos pasamos la vida tirándole los tejos a personas que no saben ni que existimos. Ahí es donde personajes como ‘The Beast’ triunfan. Nos podemos reir de la estética Lobezniana de de Felipe (suponiendo que la indignación por la apropiación deje lugar para la risa) aunque no se puede negar que el hombre tiene un pecho y unos hombros sobre los que sustentar el paripé. Que las mancuernas pueden ser más tediosas que el arte (digo yo) pero el pull over en banco inclinado no se puede delegar.

Bajo este perspectiva, de Felipe lo tiene todo. Está bueno, tiene desapego por la ropa, se mueve por sitios chulos y ofrece como arte (ARTE) algo que, de hecho, tiene una digestión al nivel de las camisetas de Kukuxumusu. Pero mola. Verlo en tetas en la cama nos hace sentir cercanos y especiales. Entender su arte nos hace sentir listos. Pensar que nos pueda devolver un comentario nos hace… parecer gilipollas. Si todos esos smileys y esos guapooooo alargados hasta lo monguérrimo no surten efecto, ahora es el momento perfecto para intentarlo ejerciendo de fan incondicional. Por si de repente el hombre buscara un hombro sobre el que llorar. Literalmente.

Ah, bueno… (TRES): lo que nos gusta siempre es lo más y nos define de un modo absoluto e irrevocable frente a los demás, por lo que antes muerto que admitir en público que nos han engañado, que no era lo que pensábamos o que, mira, ha estado bien para un ratito y que, como broma, ya está bien.

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Noli me tangere

‘Gran Hermano 17’: ama lo que haces

Lo malo no es que Mercedes Milá haya dejado ‘Gran Hermano’. El verdadero drama es que la haya sustituido Jorge Javier Vázquez. Tampoco creo que el programa haya perdido su alma, que no es para ponerse tan cursi, pero ahora lo presenta un tipo sin alma. Y eso es jodido.

‘Gran Hermano’, para mí, acabó ayer. Este programa hay que verlo con las tripas y el corazón, que no hay modo de seguirlo aplicando la cabeza. Del mismo modo, quien conduzca las galas debe hacerlo desde la visceralidad, abrazando la locura. Perder los papeles, no aferrarse al teleprompter.

Recuerdo cómo, en los años buenos de ‘Gran Hermano’, la Milá confesaba en directo el seguimiento enfermizo que hacía del programa y usaba su propia experiencia de espectadora para ofrecer entrevistas maravillosas a personajes que no las merecían. Miles de espectadores se engancharon al 24 horas gracias a este fervor, mientras que los que no podíamos verlo sentíamos que nos perdíamos algo vital. Mercedes fue también la que metió internet en la tele. El gato seguiría encerrado en su gatera digital si las menciones de la presentadora en las galas no hubieran abierto la puerta. El catalizador de la dinámica que se desplegó alrededor de ‘Gran Hermano’ era la energía de la Milá.

Pero, ¡ay!, había otra fuerza implicada en toda esta movida. Una energía rara, oscura y siniestra que se incrustó en el centro mismo de Mediaset y que culminó anoche en la irrupción de Jorge Javier Vázquez en ‘Gran Hermano’. Ya no es que Telecinco se alimente de sus propios personajes y cree viceversos deluxe a precio de saldo. La uniformidad de la cadena hace que, a día de ayer, te dé lo mismo ver ‘Gran Hermano’ que ‘Supervivientes’. Le pones pantalones largos a Jorgeja, cambias el color del plató y a correr.

Hace tiempo que a Jorge Javier sólo le interesa él mismo. Sus novelas, sus obras de teatro. Pero al mismo tiempo que pone una distancia superestudiada y condescendiente, insiste en aparecer en los buques insignia de la cadena. Yo no sé si la contradicción le genera algún tipo de angustia interna, pero lo que percibo es que va leyendo el cue cada vez con menos ganas y sólo se viene arriba cuando la cosa trata de él. Cuando se ríe de sus propios chistes, que suelen ser a costa de algún invitado. Entonces sí se muestra natural.

Hasta ayer me parecía irónico que Jordi González se comiera los debates de ‘Gran Hermano’. Una broma del karma para un presentador que había forjado su leyenda burlándose de los personajes de la prensa rosa, colocándose en un plano de superioridad moral basada en lo intelectual. Pero ahora, con la incorporación de Jorge Javier, entiendo que no. Que esto de presentar un programa que te parece una mierda por debajo de tu nivel es lo que piden las cadenas.

Procuraré que no me afecte. Si algún ejemplo vital debo sacar de esto, que sea el de la Milá. Una tía que se apasiona con igual intensidad entrevistando a políticos que a grandeshermanos. Que se desgañita defendiendo un formato durante quince años, ahí uno detrás del otro. Que se pasa medio programa saludando a amigos y conocidos, promocionando fuera de factura aquellas iniciativas en las que cree y que lo deja para presentar un modesto programa que va de libros. De libros. Para que si la busquen, no la encuentren.

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Noli me tangere

¿Dónde vas, Edurne?

No, en serio: ¿dónde?

Yo, de verdad, que no quería escribir esto. Pero es que hoy he amanecido (jeje) con los comentarios sobre el estreno en directo de ‘Amanecer’ anoche en ‘Alaska y Segura’ y ya no lo he podido resistir más.

Que el problema no es dónde vas, Edurne, sino dónde te llevan. Pero tú también eres tonta, porque te dejas. No te digo que hagas un Ruth Lorenzo, que le dijo a Simon Cowell que se metiera su contrato millonario por el culo porque ella era una Artista (con mayúscula) entregada al Arte (con ídem) y que antes que doblegarse a la Industria (esta mayúscula es chunga y opresora) ella prefería hacerse un crowdfunding por el Internet porque tenía muchas cosas que aportar a las vidas de todos nosotros. Te digo que no lo hagas, Edurne, porque del disco este crowdphantom de la Ruth solo le queda el tattoo molón en el brazo, que la chavala ha acabado de jueza del “Levántate” después de sacar un disco que haría las delicias de Vale Music. O sea, que no es que se haya doblegado, es que la tipa se ha vuelto contorsionista. Tú por lo menos, Edurne, eras copresentadora del ‘Todo va bien’. Que, oye, es el mismo título que tiene Belén Esteban en el suyo y seguro que cobrabas menos. Pero, ¿y lo bien que te lo pasabas?

Aunque, claro, tu época de hacer discos casposos ya la pasaste. Ruth aún no ha tenido que hacer el consabido disco de versiones que todo cantante de este país tiene que grabar como peaje a la fama (o algo). Porque sabes que te quiero, Edurne, pero tu ‘Hopelessly devoted to you’ hace llorar a mi amigo Bernie. Y eso no te lo perdono. Aún te diré más: lo del disco de canciones de musical fue una cobardía. En ese sentido Soraya te da mil vueltas: ella vio que el público gay era lo único que la podía salvar de volver a repartir chopped en el avión y hasta su disco de peaje tiene cierta molonidad. Es una cosa atinada, con cierta gracia. Elegancia incluso. A ti solo te salva que Roser se autoinmolara ella sola en un disco de versiones de Raffaella Carrá. La desesperación es muy triste, Edurnity, querida. Toma nota.

Bueno, a todo esto, yo venía a poner a parir a todo el desatino que supone la era ‘Amanecer’. No a ti, que ya sabes que eras la más mona de OT. Tu momento de gloria fue lo de ‘This boots are made for walking’, que visto así en retrospectiva da bastante flojera, así que imagina lo mierder que era tu edición como para que eso nos pareciera la leche. Coño, es que te fuiste a enamorar de Fran Dieli, mira si el tema no era para ponerse a dormir. Pero el tema es que en casa nos encantas. Eres muy Kylie. Con talento, algo limitadita, pobre, pero maja a rabiar y se te ve buenaza. Podrías habernos borrado a Marta Sánchez y su eterna acritud de la mente, pero es que hasta en eso eres tibia, tía. Al final Marta ha demostrado tener más vista comercial que tú en lo de ser jurado de un talent caspa. También es mala pata que solo hayas podido mostrar lo que haces en programas como ‘Tu cara me suena’ y ‘Mira quien baila’. Que los nombres nada más ya dan ganas de llorar. Aunque llorar supongo que llorarías cuando la Esteban te ganó. Da un poco de yuyu tanto paralelismo con la princesa del pueblo, ahora que lo pienso. En resumen, que jode que a una chica curranta como tú, con ganas y que además aprende rápido le haya ido tan mal. Que lo digo yo, que una vez he pagado el alquiler del mes me tengo que alimentar de bocatas de atún. Pero, chica, no sé, me gusta pensar que podrías haber llegado mucho más lejos si este país fuera diferente.

Me desparramo. ‘Amanecer’. De hecho creo que lo más digno de toda esta vaina eres tú. Por supuesto no el letrista, porque hay que tener poco sentido del ridículo para dejar puesto en el papel la sarta de tonterías que dices en la canción. Y mucho menos el director del videoclip, que vaya tela lo del pavo pretendidamente buenorro corriendo a cámara lenta. Si tu carrera como cantante está en la cuerda floja, no quiero pensar la del gachó como… ¿actor? ¿modelo? Tampoco tiene vergüenza el que te hizo decir que España nunca había llevado algo así al festival. No puedes generar esa expectación y aparecer con semejante esperpento. Porque, querida, de basura con pretensiones hemos llevado unas cuantas ya.
Pero suma y sigue. La actuación en ‘Alaska y Segura’ fue un bodrio. Que, insisto, talento tienes y, mira, si cierro un poco los ojitos así mientras escucho el audio la cosa tiene un pase. Porque te queremos, recuerda. Te perdonamos todo, menos que hagas llorar a Bernie. Aunque apunta también: tres minutos subida en una peana para mover los brazos en plan raro se hacen eternos. Cuando la canción es un rollo, más.

Si te consuela, piensa que en este país no tenemos ninguna industria que valga la pena, así que la musical no iba a ser la excepción. Igual que tú te estás rompiendo los cuernos intentando trabajar de lo que te apasiona, hay por aquí muchísimos jóvenes (y no tanto) que, a pesar de su talento, tienen que renunciar o buscarse la vida fuera. Pecaré de demagogo, aunque lo hago para que te sientas mejor: si no sabemos tratar a los científicos en este país, es hasta normal que no sepamos qué hacer con las artistas.

En fin, Edurne, que entiendo que estés deprimida y avergonzada y no te apetezca ni participar en los eventos previos al festival, como el pastel ese que hacen en Amsterdam. Ni que te fueran a votar más los eurofanes por ver cómo te lo curras. Mejor esconder el bodrio de canción ese que llevas, tipo lo que hicieron ayer en La 1, que cantaste casi a la misma hora en que el otro día leyeron el nombre del ganador de ‘Gran Hermano VIP’. Si cuando yo digo que dan miedo los paralelismos…

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El anuncio de Aurgi con Mario Vaquerizo y la otra chica esa rubia

Hace un par de años recibimos con alborozo un anuncio de Aurgi protagonizado por Rebeca. Nuestra mejor amiga. La prima de Benicio del Toro. Este anuncio:

El caso es que, por muchas risas que nos pegáramos al respecto, la campaña era perfecta, tanto en planteamiento como en ejecución:

Tenía un mensaje claro y potente: «Vienes por el precio». Por si fuera poco, la letra del jingle abunda en el tema: «no quiero gastar», «no hay un precio igual». Y ya el remate es el truco del letrero del precio bien grandote: «este Bridgestone por 59 euros».

– Recuperaba a un icono generacional del público objetivo del anuncio. ¿Quiénes son los que irían a Aurgi por el precio? Con toda seguridad, los ahora treintañeros que, en su época, bailaban el «Duro de pelar» como si no hubiera un mañana. Los padres que los esperaban en casa son más de concesionarios oficiales.

Era autoconsciente. Rebeca se pone al servicio de la causa, destrozando el mayor hit de su carrera en beneficio de la marca. Además el anuncio tiene un lenguaje visual entrañable, con esos iconos que subtitulan el lenguaje corporal de su coreografía o el juego de ir apartando a la competencia para llegar a Aurgi.

Rebeca se erigía en la diva low cost perfecta para un taller de neumáticos baratos. Lo que «Misión Eurovisión» le quitaba, Aurgi se lo daba. Quizás no es mucho, pero menos tiene Leticia Sabater, por poner un ejemplo aleatorio.

Pero la felicidad no dura eternamente. En la nueva campaña de Aurgi nuestra Rebeca es reducida a ser «la Rebe» al lado de una diva máxima: Mario Vaquerizo.

El plan de dominación mundial de Mario, pues, avanza a toda mecha. Ya ha echado a perder a Fangoria y ha arruinado cualquier posibilidad de que Fabio McNamara tenga una biografía a la altura. A la espera de poder meter sus zarpas en Eurovisión, se entretiene quitándole lo poquito que le queda a Rebeca. Ten amigas para esto.

¿Por qué el nuevo anuncio de Aurgi es peor que antes?

Porque no se aclaran ni ellos. «Aquí y ahora Aurgi está de moda» es lo más memorable del anuncio (en cuanto a mensaje, claro, del trauma estético no hablamos). Que sí que el Bridgestone sigue costando 59 euros, dos años después. Pero… ¿quién se ha fijado en eso? Por otro lado, me fascina cómo Mario y «la Rebe» pronuncian «Aurgi» de un modo y la voz en off de otro.

Porque no se entiende la referencia. ¿Qué pinta Mario ahí? A lo mejor es que no reconozco si el jingle es la versión de algo, pero no entiendo la incorporación del personaje más allá de que sea Mario Vaquerizo. Por otro lado, «Aurgi está de moda», vale, pero… ¿Mario? O sea, una cosa es que el tipo esté en todas partes pero… ¿de moda? Si me apuras, tuvo su momento en lo que duró «Alaska y Mario». Todo lo demás es coñazo impuesto y ganas de figurar.

Porque es un desatino. Aquí es la marca (y «la Rebe») los que se ponen al servicio de Mario y no al revés. Además, es que la jerarquía está clarísima: Mario > la Rebe > un montón de gente. ¡»Un MONTÓN de GENTE»! ¿Habrá modo más despectivo de referirse a tu público objetivo? La ironía, además, es que de todo esta gente Mario es el único que sabemos a ciencia cierta que no tiene coche. Que lo hemos visto en la MTV.

Así que, enhorabuena, Mario. Has conseguido que te paguen un anuncio a mayor pompa y honra de tu figura. Estilizadísima figura, si me permites.

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Noli me tangere

¡Abajo la Esteban!

Belén Esteban es una supernova. En algún momento de los últimos 15 años fue estrella, pero fue acumulando tensión hasta pegar un petardazo mayúsculo, que de hecho produjo su periodo de esplendor más fulgurante. Hay expertos que sitúan el zambombazo en relación a alguna de sus peleas conyugales, ofrecidas por fascículos en el ‘Sálvame’ de modo recurrente. Otras escuelas sostienen que el punto de no retorno se produjo cuando accedió a remodelarse el careto a expensas de la cadena donde trabaja, justo a tiempo para dar las campanadas de fin de año (y de evitar que se le cayera la nariz en directo en una de esas tardes de meriendilla frente a las cámaras). En cualquier caso, todos coinciden que para cuando confesó su adicción a las drogas y, voilà, se curó, la Esteban ya llevaba tiempo destruidita. Lo que vemos es sólo una luz que viene reverberando desde del pasado.

Pero, queridos lectores, parece que el brillo de la Esteban toca a su fin. Al fin nos hemos dado cuenta de que a la chica no la adornan muchas virtudes. Pero, ojo cuidao. Tampoco caigamos ahora en juicios precipitados. El reprobable comportamiento de la Esteban en la gala de ‘Gran Hermano VIP’ del jueves pasado puede que haya sido un mero parpadeo en el esplendor de la estrella y no su ocaso eterno. Al fin y al cabo, el comportamiento de la Princesa del Pueblo en las 24 horas de ‘Gran Hermano VIP’ no difiere mucho de lo que ha mostrado todos estos años en las 4 horas diarias de ‘Sálvame’: es inculta, ordinaria, egocéntrica, nada respetuosa con sus compañeros y, sí, hasta la hemos visto comer con la boca abierta.

Llegados a este punto, para poner las cosas en contexto, no puedo más que recurrir al mantra que nos han estado vendiendo desde el primer ‘Gran Hermano Standard’: esto es… ¡¡un experimento sociológico!! Aunque también es verdad que dejaron de insistir con la tontería cuando la cosa empezó a oler demasiado, creo de verdad que esta edición VIP refleja nuestra realidad, así de la calle, del día a día, de un modo que resulta doloroso de ver. Por eso al ver a la Esteban desparramada en el sofá hablando con sus secuaces algo muy dentro de ti grita ‘¡BRUJA!’.

Si no me creen, repasemos:

Belén Esteban es la matona del patio de colegio. Es la chica esta que nadie sabe por qué es popular pero que está claro que es chunga de la hostia. Se rodea de niñatas sin personalidad, que le hacen de sicarias y criadas según convenga y que perpetúan el rol de la líder por su propia estupidez y una buena dosis de miedo.

Belén Esteban es la vecina criticona. Una mujer que lanza su artillería sobre Coman porque se para a mirarse desnudo ante el espejo del cuarto de baño porque, dice, “le ve la polla toda España”, cuando ella tiene una colección de portadas de Interviú. O que le recrimina a Olvido ser mala madre, cuando es cuestión de pura cronología entender que la Esteban no siempre estaba al 100% durante la infancia de su propia hija (de hecho tenía picos que estaba al 300%).

Belén Esteban es la manipulación en los medios. Hubo una escena gloriosa en la que Olvido Hormigos estaba siendo entrevistada en la radio por Víctor Sandoval y la Princesa no le gustó lo que ahí se contaba. Rezumando poderío y despotismo, se va la Esteban para el teléfono, alza el auricular del Góndola rojo y espeta: “Echa a la invitada”. Y la echaron, claro. Que es lo que pasa día sí día también, tal cual, en los despachos de las teles públicas del país. Y algún que otro medio supuestamente privado, también.

Teniendo en cuenta lo anterior, llegamos al punto definitivo que echa por tierra cualquier teoría triunfalista sobre el fin de la Esteban:

Belén Esteban es el PP. Internet, especialmente Twitter, revienta de comentarios negativos, de trending topics con mala uva y se hacen virales memes que la ridiculizan. Todo el mundo tiene claro que la Esteban lo está haciendo de puta pena y que hay que pararle los pies. Igualito que lo que pasa con el Gobierno de este país. Eso sí, cuando toca votar, la militancia twittera se esfuma y al final prevalece el voto de las fans incondicionales, por engañadas que vivan. Y eso es lo que cuenta para mantenerla en su sitio. Crecidita, además.

Lo peor, queridos lectores, es que para que de verdad Belén Esteban caiga la única alternativa es que Kiko Rivera, aka Paquirrín, sea Podemos. Una perspectiva que da un terror lovecraftiano que te pasas.

¡Ay!