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‘Scream Queens’: el loco desván de juguetes rotos de Ryan Murphy

‘Scream Queens’ es una serie Ryan-Murphy de manual: una idea poderosa, una primera temporada a la que le cuesta encontrar el tono y, a partir de ahí, la locura más delirante. La suerte, en este caso, es que la serie es lo suficientemente absurda como para que no se note el desatino. O para que no importe, mejor dicho. Eso sí, ya queda a la consideración de cada uno que merezca la pena tragarse capítulo tras capítulo por el chascarrillo ocasional o la siguiente burrada.

Tras el experimento de la primera temporada, ‘Scream Queens’ se reajusta un poco en la segunda, más consciente de sí misma, dejando caer todo personaje o trama con el mínimo atisbo de racionalidad. Supongo que Ryan Murphy puede permitirse aún este tipo de caprichos, porque por otro lado sigue produciendo series como ‘The People VS O. J. Simpson: American Crime Story’. Si no, de qué.

Lo más interesante de todo es, sin duda, que en estos proyectos tan punks encuentran refugio actores que han visto tiempos mejores. Ya sea actores con su carrera solucionada, que sólo quieren pasárselo bien ante las cámaras otra vez, o bien actores cuya trayectoria quizás no ha ido como se esperaba de ellos y pretenden reinventarse, reírse de sí mismos o pagar facturas. Sin ser ninguna de ellas excluyente de las otras.

Ya habíamos visto este tipo de travesuras en la temporada anterior, con Ariana Grande haciendo el papel de su vida o el chico este Jonas iniciando su carrera de quitarse la camiseta con la mínima excusa. Pero la lista de juguetes rotos con el que el pequeño Murphy pasa el rato en el desván no para de crecer:

Jamie Lee Curtis: La ‘scream queen’ por excelencia. Sin ella, esta serie no tendría sentido. Aunque su personaje es más ‘Un pez llamado Wanda’ o ‘Mentiras arriesgadas’. Pero es ella. Y está estupenda.

Emma Roberts: He perdido la cuenta de las veces que la he visto interpretando este mismo papel. Hasta que el éxito en el cine llame a la puerta, la chica se va fogueando en estas cosetas. No me canso de verla.

Abigail Breslin: Remember Little Miss Sunshine? This is her. Feel old yet? Me tiene ganado esta chica, abonada al género loco desde ‘Zombieland’.

Billie Lourd: Que no se diga que a la hija de Carrie Fisher sólo la sacan en las pelis nuevas de ‘Star Wars’. Su personaje en ‘Scream Queens’ y, sobre todo, su estudiada desidia son sensacionales.

Lea Michele: Revelación en Broadway, estrella de ‘Glee’, la nueva Barbra, viuda de América y parte de Canadá… no sé sabe muy bien qué es Lea Michele, pero es que parece que ni siquiera tenga un plan.

Taylor Lautner: El mozo lobo de la saga ‘Crepúsculo’. Siempre habrá alguien más joven e igual de cachas bajando la escalera detrás de ti. Quizás por eso, tras hacer un par de películas regulares, Taylor engordó y… el resto es historia. De perdidos al bollo.

John Stamos: Él nunca ha engordado (que yo sepa). Pero estamos ante un hombre que tuvo que prestarse a salir en ‘Madres forzosas’. Yo creo que lloró cuando le ofrecieron este papel.

Kirstie Alley: A veces se olvidan de que su personaje sigue en la serie, pero tiene una presencia amarga y malrollera deliciosa.

Estos serían los nombres principales. Pero en la categoría de ‘extras y caemos’ podemos seguir encontrando oro puro: Charisma Carpenter (por siempre Buffyverso), Colton Haynes (pensó que esto era mejor que ‘Arrow’, fíjate), Jerry O’Connell (actual marido de la ex esposa de John Stamos, ¡meta!) y hasta Amy Okuda (una que salía en una cosa llamada ‘The Guild’, pero es que eso ya es rascar mucho y tampoco vendría a cuento).

Esto es ‘Scream Queens’. Vienes por las risas. Te quedas… No sé muy bien por qué te quedas.

 

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‘Westworld’: la nueva [rellene la línea de puntos]

‘Westworld’ es la nueva ‘Juego de Tronos’, igual que es la nueva muchas cosas más. Las referencias, paralelismos y deudas son múltiples y, al final, sólo es cuestión de tomarla (o dejarla) por el lado que más nos afecte.  Estos son los míos:

La nueva versión de un guión de Michael Crichton

Reducir a Crichton a un señor que escribía sobre humanos fallando estrepitosamente en lo de ser dioses es de un reduccionista que insulta. Lo jodido es que en este caso, funciona. No veo forma digna de sortear la contundencia de la comparación: ‘Westworld’ es como un ‘Parque Jurásico’ de robots. Pero sin niños. Ni chistes. Por si sirve de algo.

Por cierto, no sé de dónde sale lo de que ‘Westworld’ era una novela, pero no. Michael Crichton escribió una película, que dirigió él mismo.

Por cierto, que aún no asimilo que Michael Crichton muriera. Hace ya 8 añazos.

La nueva sensación geekomainstream

Lo que antes era de friquis ahora es de tu vecina la Carmen y sus amigas de la autoescuela. Los cómics, las historias de zombis, la fantasía épica… ‘Westworld’ llega en un momento en que el público está receptivo a las historias de ciencia ficción. No hace falta saberse las Leyes de la Robótica para disfrutar la serie ni comprender a qué se refieren con lo de «superar el test de Turing». Quizás el consuelo es que Asimov ha trascendido de forma que ya es parte del hilo con el que se tejen la historias.

La nueva serie del guionista de ‘Person of Interest’, los ‘Batman’ de Nolan y ‘Memento’

Que, por cierto, se llama Jonathan Nolan. Y, sí, es el hermano de. Aunque ‘Westworld’, de hecho, la han parido a medias con su esposa, Lisa Joy. A ella la sigo menos, pero si tengo algo así como un lector fiel ya sabrá lo que pienso de ‘Person of Interest’.

La nueva serie de J.J. Abrams

Aunque sea como productor ejecutivo. Pero está ahí. Me imagino a Jonathan Nolan y Lisa Joy tomándose un café en el Starbucks con Abrams (porque J.J. seguro que no tiene despacho) y diciéndole «bucles temporales» como quien conjura ‘wingardium leviosa’. Seguro que dio igual si lo dijeron bien o no, porque no hace falta mucho más para que Abrams te compre la idea.

La nueva ‘Perdidos’

Quiero pensar que han aprendido de sus errores y que en ‘Westworld’ están más moderados. Pero el planteamiento de misterios y claves visuales es constante. En ese sentido, en la experiencia de ver la serie resuena la de seguir ‘Perdidos’, enganchado a foros de discusión y comentando online capturas de pantalla aleatorias.

Sí, yo soy de los que ha destripado los títulos de crédito porque leyó nosedonde que ahí estaban todas las claves de la temporada.

La nueva serie de HBO

Como batiburrillo de todo lo anterior, ‘Westworld’ se sabe una serie de pata negra, llamada a llenar huecos. Quizás aún no existen esos huecos pero, oye mira, ya la tenemos aquí.

Por un lado, esto permite a la serie contar con un presupuesto generoso a la altura de los retos planteados y, con lo que sobra, pagar actores que pueden estar en sus horas bajas pero aportan el prestigio necesario. Creo que ni el hater más vociferante puede negar que ‘Westworld’ es bonita.

Pero por otro lado, esto de que la serie se haya construido consciente de lo que es, cual robot de parque temático, me vuelve loco. Que a mi lo meta me chifla y no atiendo a más razones. Si hay algo que me ha hecho aplaudir durante toda la temporada ha sido el juego de espejos que se ha ido desplegando tanto dentro de la narración como hacia fuera. Desde el hecho de que el compositor de la banda sonora haya sido Ramin Djawadi (aquí la referencia a ‘Juego de Tronos’ es obvia como una prostituta en un saloon) y la genialidad de versionar temas modernos en la pianola hasta escenas como la de la orgía (que más que erotismo desprendía metaficción a cada plano).

 

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Ita dicimus omnes Noli me tangere

‘Black Mirror’: que sí, coño, que es ciencia ficción

A veces me temo que estar encerrado en esta Abadía atemporal me está volviendo un viejo cascarrabias, cuando no directamente un soberbio que arderá en el infierno. Pero es que hay momentos, como estos días que han pasado desde el estreno de la tercera temporada de ‘Black Mirror’, que hasta el círculo del infierno más jodido se me hace soportable comparado con un paseo por las redes sociales. Cada vez que leo un iluminado flipándolo tan fuerte me dan ganas de arrancarme el cilicio para liarme a latigazos. Ahora resulta que la ciencia ficción está muy bien. ¡Tócate los cojones!

Quiero pensar que aún no estoy ciego de ira. Para mí sigue prevaleciendo aquello de que a cada uno le gusta lo que le gusta y Dios en la de todos. Y que bendito sea el Internet por hacer virtualmente ilimitado el acceso a la información (jiji, «virtualmente»… jeje, qué chispa tengo). Lo que me enciende la sangre en plan caldero de Pepe Botero es lo que hace la gente con esa información. Que es, basicamente, NADA.

Sin ir más lejos, y sirva como ejemplo, el otro día estaba intentando poner a prueba mi odio paséandolo por un verdadero campo de minas de la inquina: los comentarios en Facebook a un post de Netflix sobre ‘Stranger Things’. No había dado ni dos pasos cuando… boom.  El caso es que había un muchachuelo muy audaz que decidió hacer uso de la libertad de expresión que le da la Constitución y la puta banda ancha para hacer lo que mejor se nos da: criticar al tuntún. Vino a iluminar al respetable con una observación agudísima. Un error detectado en el guión de la serie y que le restaba credibilidad al conjunto, como si las caras de Winona Ryder no fueran suficiente. El chaval decía que vaya tela que hablaran en la serie de ‘El hobbit’ y ‘El Señor de los Anillos’, estando ambientada en los años ochenta. ¡Ay!

¿Cuándo perdimos de vista a Tolkien y nos quedamos con Orlando Bloom? Es más, ¿por qué la chavalada de hoy no sabe quién es el bueno de J.R.R. pero en cambio se lee las sagas de Suzanne Collins y Stephenie Meyer? Supongo que es una cuestión de mercadotecnia, al fin y al cabo, y uso la expresión en castellano para compensar que a continuación haré referencia a algo que sólo sé decir en inglés: mainstream. De hecho sí se decirlo en llano castellano, pero es más faltón: borregada. Resumida por encima, mi teoría es que si quieres vender a cuanta más gente mejor tienes que bajar el listón a tope. Para no dejarte a nadie por el camino hay que hacerlo sencillito. En ese sentido, audaces escritoras que tienen cuenta de Instagram funcionan muy bien porque el público objetivo se siente tope identificado con ellas. Lo mismo aplica para los actores de buen ver que disparan la hormona cosa fina. En cambio, señores que llevan muertos un porrón de años resultan un concepto mucho más espeso.

Poco a poco, hemos ido acostumbrando a los lectores a que no tengan que romperse mucho la cabeza. ¿Que te gusta esto del ‘Sinsajo’? No te preocupes, que te vamos a hacer las películas y vamos a venderte mogollón de combos de libropeli con una etiqueta con la que puedas sentirte identicada: young adult. No es necesario que vayas por ahí investigando cuáles son las fuentes de estos libros que te gustan tanto ni que explores autores diferentes. Eres young adult y ya se sabe que tienes muchas cosas en la cabeza, como para ir hurgando en bibliografía. Hashtag young adult y tira millas, pequeña. Tenemos en la punta de nuestros dedos el acceso a centenares de wikis de variado pelaje, foros de discusión con expertos ávidos de compartir su conocimiento… pero nos la suda un poco todo.

Y me da rabia. Me jode tanta vanalización del conocimiento de un modo genérico. Pero, lo admito, también me revienta haber sido el raro del instituto durante tanto tiempo para que ahora mole lo que a mí molaba pero entonces no molaba que te molara. Por ahí no paso. No es que me hicieran bullying, claro, pero lo chungo que es crecer con la certeza de ser de los raritos es algo que solo sabemos quienes lo hemos vivido. Y el mainstream nos ha robado incluso eso y nos lo ha devuelto deformado y prostituido. Porque primero esto de ser el raro (que no tenía ni nombre) pasó a ser ‘friqui’ y cualquier gilipollas al que le gustaba algo era friqui. Había concursos para ver quien era friqui de cosas más friquis. Y cuando eso ya no bastaba entonces a lo friqui lo empezaron a llamar nerd y veías ‘The Big Bang Theory’ y ser nerd era lo más y de repente se podían hacer bromas sobre juegos de rol en la tele y todo el mundo se descojonaba. Hasta Nieves Herrero, en el sofá de su casa, muerta de risa con las ocurrencias de esos mozalbetes. Que anda que no dió por el culo la tía con el ‘asesino del rol’ y el tipo de la katana del ‘Final Fantasy’.

Así que ahora leo gente comentando que qué pasada ‘Black Mirror’ y aportan comentarios de calidad del tipo «es que hablan del futuro pero ya estamos ahí» y me dan los siete males, uno detrás de otro. No abundan argumentos en plan que los guiones son sólidos o el diseño de producción esté cuidadísimo. Ni que los actores y actrices estén sensacionales. O que el formato de antología de la serie le siente muy bien y le permita cubrir varios frentes. No. La mayoría de comentarios, incluso en críticas y reseñas en los medios, va en la línea de destacar cómo la serie reflexiona sobre la influencia de la tecnología en nuestra sociedad. Lo que viene siendo la definición de ciencia ficción de manual. Y yo me pongo de los nervios con tanta intensidad mal enfocada.

Será cuestión de asumir que, una vez muertos, los Philip K. Dick y Richard Matheson son referencias entrañables para nostálgicos. Los nuevos creadores son tipos como J.J. Abrams, por lo que cerramos el círculo y debemos asumir que ‘Star Wars’ es ya, definitivamente, ciencia ficción de la buena. Y luego ya series como la Charlie Brooker son ‘de pensar’, que junto a las ‘de reir’, ‘de llorar’ y ‘de miedo’ son los géneros preferidos por los niños y las niñas.

 

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‘Stranger Things’: fresquita para el verano

Un chaval desaparece en la Indiana profunda y su madre se vuelve mochales, en plan que se pone a hablarle a las lámparas. Los amigos del niño se lanzan al rescate con esa audacia inocente de la preadolescencia y, en el camino, encuentran a una chica medio lapona, medio esquimal, medio mongola que tiene la clave para averiguar dónde ha ido a parar el pobre muchacho perdido. Porque la cosa tiene truco, claro. A grandes rasgos, esto es lo que ofrece ‘Stranger Things’: ocho capítulos de misterio y sucesos paranormales para el niño y la niña.

Lo primero que hay que debo decir es que es fantástico que solo haya ocho episodios. Estirar más el tema habría sido un error. Y es que creo que uno de los puntos fuertes de la serie es el ritmo y el modo de entretejer las tramas. Por ejemplo, si al principio me fue imposible no poner los ojos en blanco con la pánfila de la hermana adolescente, no es menos cierto que toda esa tontería de hormonas y Clearasil termina siendo fundamental. El capítulo final es una maravilla en la que las historias convergen y se reparte estopa a tres bandas y donde cada personaje encuentra su lugar. Me descubro ante los creadores del invento, unos mozos que firman como The Duffer Brothers, que es como muy de teloneros de Blake Shelton y Miranda Lambert.

Me da un poco de respeto que se esté hablando en serio de hacer una segunda temporada porque, como ya digo, el experimento les ha salido redondo en la primera. En ocho episodios consiguen un buen puñado de momentos de tensión muy efectivos, con escenas icónicas como la movida que se llevan con las luces de Navidad, y todo culmina en un chim-pon en plan epílogo que te deja con el culo torcido y ganas de sí pero no. Pero no. O sea, no. Por mi parte que lo dejen todo como está. No hace falta ni que le crezca el pelo a Once.

Qué bonita es Once. Y qué bien lo hace Millie Bobby Brown. Me pregunto qué pensará Penélope Cruz al ver que una niña de esta edad la supera como actriz con sólo enarcar una ceja. Bueno, supongo que Pe no deberá molestarse ni en pensar sobre Millie. Que ya tiene un porrón de Oscars y Goyas y ya pa’qué.

Lo de Winona es otro rollo. Va más pasada de vueltas y a veces da un poco de risilla. Pero es que interpreta a la madre del niño desaparecido y, si lo piensas fríamente, si acabas tomando como ciertas según qué tipo de teorías es que muy cuerda y muy normal no estás. De sufrir en plan para dentro, pues no.

Winona Stranger Things

Para mí lo peor es la parte de Matthew Modine. Porque, ya que lo sacaban, podrían haberle dado un poco mas de chicha al personaje. Pero hace de tipo del Gobierno, así en plan misterio, y en el misterio se quedan. Puestos a ponerle peros, quizás el mayor de ‘Stranger Things’ es que pasa deliberadamente por encima de ciertos puntos que agradecerían un pelín más de cariño.

Pero, vaya, que nada que objetar. Para mí esta es la serie del verano. Del 2016. El año que viene, Dios proveerá.

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‘Juego de Tronos’: todos somos Cersei Lannister (con spoilers del final de la sexta temporada)

Lo que hizo Cersei en el último episodio de la sexta temporada trasciende su propia historia de venganza y nos reivindica a todos nosotros, los espectadores. Con especial énfasis a los sufridos lectores de las novelas, que éramos todo risas y maravilla en las primeras temporadas de la serie y hemos acabado como puta por rastrojo. Que digo ‘puta’ porque hablo de ‘Juego de Tronos’ y queda propio. Igual que podría decir ‘coño’ o ‘teta’ o ‘niño asesino’.

Hasta la batalla de Aguasnegras nos las prometíamos felices. Anticipar las reacciones de los espectadores no avisados formaba parte importante de la diversión. Aunque tampoco hacía falta ser un genio para adivinar lo que acabaría pasando: la serie adelantó a los libros y acabó volando libre. De orgullosos privilegiados pasamos a ser confundidos espectadores del montón. Y George R. R. Martin, mientras, de bolo en bolo, atiborrándose de canapés en las convenciones de friquis y sin pegar palo al agua. Total, hace tiempo que les contó el final que tenía en mente para la saga a los pringados encargados de terminarla en televisión. Para qué vas a ser escritor cuando puedes ser productor ejecutivo.

En la parte positiva, las mentes detrás de la serie han resultado ser mucho más capaces que la de Martin. Cuanto más se alejaba de las novelas, mejor se volvía la serie. En todos los aspectos. Ya no es que los diálogos fueran brillantes, que ya lo eran, sino que las tramas eran mucho más coherentes y más potentes que las originales. Ahí está Sansa, por ejemplo. O Brienne, pobrecita mía, que ya me dirás tú qué cuadro lo del cuarto libro. Ese cuarto libro, joder, que no hay quien se lo acabe.

Recuerdo que, de postadolescente, me fascinó el concepto «novela río». Me acerqué a ‘Canción de hielo y fuego’ por esta obscenidad conceptual. Pero, claro, no me imaginaba que la cosa se desparramaría de semejante manera y Martin acabaría ahogado en el río de marras. El problema de la saga no es que haya muchos personajes. El drama es que a partir del tercer libro el autor no sabe qué hacer con más de la mitad de ellos.

Herederos de este pestiño argumental, y mucho más conscientes de lo que viene siendo el mundo real, en la serie han tomado medidas. ¿Seis temporadas y aún tenemos a Margaery que no se sabe si va o viene? ¿En serio tenemos que volver a sacar a Edmure Tully? Y las chicas estas que mandamos a rodar en Sevilla, ¿qué se sabe de ellas? ¿Han cenado bien? Oye, que aún tenemos que pensar qué hacemos con Lady Corazón de Piedra y ya que hicimos ese capitulo con El Perro habría que darle recorrido. Por cierto, lo de resolver quién se queda con el Trono de Hierro, ¿lo resolvemos antes o después del enfrentamiento con el Rey de la Noche?

Ah, que quedan diez capítulos, nada más… Ok. Vamos a simplificar. Morralla fuera.

Cersei, dale.

boom

 

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‘El Ministerio del Tiempo’: yo me compré un Blu-ray de una serie española

Y no sólo eso, sino que ‘El Ministerio del Tiempo’ es la única serie de los últimos años que me ha hecho volver a estar pendiente de su día y hora de emisión. Abandonar los envíos en diferido del primo de Wisconsin para seguir una serie ‘en vivo’, fiel cada semana frente a la tele. Y no un canal cualquiera, sino La Primera. O La Uno de Televisión Española. O como diantres se llame ahora, que ha llegado a ser tan irrelevante para mí que ni sé nombrarla con propiedad.

Todo empezó en Internet. Supe de la serie días antes de su emisión. No recuerdo un hype exagerado, pero a nivel íntimo y personal me llamó poderosamente la atención el planteamiento mismo. ¿Una serie española sobre una patrulla de viajeros en el tiempo que arreglaba potenciales paradojas? Eso no me lo podía perder yo. Así que vi el primer capítulo. Al terminar, volví a Internet para contrastar si mis sentidos no me engañaban. Parecía que no. Entonces ya fui consciente del ruido. Conversaciones de espectadores emocionados que buscaban la confirmación de los demás, igual que yo. «Hemos visto lo que hemos visto, ¿verdad?». Semanas más tarde, el miedo: parecía que las cifras de audiencia real no acompañaban. «Que no nos la quiten», primero. «Que la renueven», después. Yo me dejé arrastrar por toda esta corriente de amor y sufrimiento fan. Lo de comprarme el Blu-ray fue un símbolo. Los audímetros no me representaban. No me fiaba de los trending topic. Pretendía hablar directamente con no sé muy bien quién pero en un idioma que seguro que entenderían: el dinero. «Estoy dispuesto a pagar por esto. Dádmelo».

¿Es tan buena ‘El Ministerio del Tiempo’? Pues no tanto. Es decir, es una buena serie, que recomendaría a cualquiera con los ojos cerrados, pero lo que de verdad merece las movilizaciones y los desvelos es que exista. Su nacimiento parece fruto de una carambola cósmica, por lo que contribuir a que se mantenga con vida es un deber emocional. Somos una generación de españoles educados de forma autodidacta con productos extranjeros. Poco a poco, a fuerza de descargas, hemos demostrado ser un público tan fiel como exigente. Capaces de no dormir para ver la final de ‘Perdidos’ en la tele de aquí al mismo tiempo que en Estados Unidos. Que llenamos nuestras horas siguiendo decenas de series a la vez, en plan cuántico, y, aún así, no soportamos la espera de una nueva temporada de ‘Juego de Tronos’ hasta el próximo abril. Es más, con la práctica hemos aprendido conceptos como ‘el demográfico‘ de las audiencias. Así que, si somos el objeto de deseo de los anunciantes porque somos los que aflojamos la pasta, nos merecemos que en las series españolas dejen de incluir abuelos y niños por aquello de reunir a toda la familia delante del televisor. Aquí estamos solos mi gato y yo.

‘El Ministerio del Tiempo’ es la primera serie en España en dialogar con su audiencia, sabiendo que entre su público hay experimentados consumidores de ficción que, por si fuera poco, son capaces de convivir con el espectador medio de la televisión pública. Supongo que esta serie no habría llegado de no haber existido otras como ‘Águila Roja’, que explora el terreno del género de aventuras, además de otras, como ‘Isabel’, que conectan con el sentido de la pertinencia de una serie histórica en un canal público. Pero sólo ‘El Ministerio del Tiempo’ fue capaz, en su primer capítulo, de plantear una escena tan enorme y de forma tan consciente. El momento es tan gratuito que mantenerlo ahí es una declaración de intenciones. Algo se desgarró en el tejido de la existencia de las series españolas cuando Rodolfo Sancho se reivindicó como el nuevo Curro Jiménez, saliendo de su ficción para entrar en otra, tirando de su genealogía real pero pretendiendo que todo formaba parte de la diégesis de su serie. Este agujero de gusano que conecta nuestra televisión con la de más allá es el que tenemos que luchar para mantener abierto a toda costa.

Lo malo es que la pervivencia de ‘El Ministerio del Tiempo’ se consigue, de momento, a costa de sacrificar posibilidades valiosas. Por ejemplo, ‘Los misterios de Laura’ cayó muerta por fuego amigo: no había presupuesto para mantener ambas series en Televisión Española. Como la de la detective era más difícil de reflotar, ‘El Ministerio’ se quedó agarrado a la tabla salvadora cual Rose DeWitt Bukater mientras ‘Laura’ se hundía en el oscuro océano de la cancelación definitiva. Eso sí, pronto veremos la versión americana de ‘Los misterios de Laura’, que para comprar las dos primeras temporadas, cosas veredes, sí hay dinero.

Hoy empieza la emisión de la segunda temporada de ‘El Ministerio del Tiempo’. Trece episodios en lugar de los ocho originales. Una mejora envenenada porque la amenaza persiste. Los creadores de la serie trabajan con presupuestos cuatro veces inferiores a los de producciones parecidas en otros países y eso no sólo desluce el acabado final sino que limita las tramas mismas. Pero, en fin, no seamos agoreros. Es hermoso ver cómo el diálogo entre serie y público continúa y en esta segunda temporada hay nuevos rincones para el amor: una especie de radionovela, un videoblog, un episodio «de realidad virtual interactivo» (sic) y recursos de guerrilla como grupo de Whatsapp oficial. Cualquier cosa vale con tal de mantener la llama viva.

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‘Gossip Girl’, el último culebrón adolescente

Hubo una época en que ser adolescente era ya suficiente drama. Que tu máxima preocupación era elegir entre Luke o Ryan o perder la virginidad con tu profesora. Ni siquiera los problemas con las drogas eran mayor inconveniente porque, total, tu madre tambén lo había sido. Solo los muy losers sufrían de verdad ante la amenaza de no graduarse con el resto de sus compañeros (¡GRADUAD A DONNA MARTIN!).

Así eran las chicas antes de Katniss
Así eran las chicas antes de Katniss

Ahora ya no. Los adolescentes de hoy en día viven existencias ultraputeadas. A sus tonterías de años hormonales se les añaden dificultades sobrenaturales, a veces de forma literal. La cosa va a modas. Hubo una racha de dramas vampíricos, por ejemplo, y no me refiero a los que perecieron bajo el tacón de las botas de Buffy (aunque Joss Whedon ahí estuvo la mar de visionario). Últimamente se llevan más las distopías. Ya no puedes petarte los granos ante el espejo en este mundo, que tienes que hacerlo en alguna cruel variación futurista. Si es bajo un inminente peligro de muerte y después de haber matado a alguno de tus amienemigos, mejor.

2007 fue un año clave: estalló una crisis económica global que aún nos tiene a todos deprimidos y, a otro nivel de jodienda, a alguien se le ocurrió adaptar al cine una novelucha que corría por ahí llamada ‘Crepúsculo’. Pero en CW vivían ajenos al marrón que se avecinaba y quemaban cycles de ‘America’s Next Top Model’ como si no hubiera un mañana. Lo de dramas con pretensiones de trascendencia les pillaba lejos, así que estrenaron una cosa muy ligerita y banal llamada ‘Gossip Girl’ o, como dieron en llamarla en una traducción internacional, la Reina Cotilla. ¡Enorme!

‘Gossip Girl’ pretendía dar una vuelta de tuerca a los dramas de instituto acercándolos a ‘Sexo en Nueva York’. Esto lo digo yo, como todo lo de este blog, y me quedo tan ancho. Pero, ya para empezar, formalmente es innegable que ambas series estructuraban los episodios alrededor de una voz en off femenina que escribía sobre los sucesos que ocurrían en la trama. Además, el escenario común era un Nueva York aspiracional a tope. Y, como dato más residual, las dos ficciones estaban basadas en novelas que nunca nos hemos preocupado de leer. ‘Gossip Girl’ partía como el refugio de los huérfanos de Carrie Bradshaw, finada tres años antes, y los de Kristen Bell, traumáticamente desahuciada de ‘Veronica Mars’ ese mismo año.

Imaginad si se vinieron arriba con ‘Gossip Girl’, que la CW decidió resucitar la mismísima ‘Sensación de vivir’ con una secuela a la que llamaron ‘90210’ por aquello del minimalismo y el diseño. La euforia dio hasta para un ‘Melrose Place’ 2009 Edition, aunque ya era demasiado tarde. Para aquél entonces ya todo estaba infectado de vampirismo. Estos fueron también los años en los que ‘Vampire Diaries’ vio la luz (artificial, se entiende) y ahí sigue, spin-off incluido (‘The Originals’).

Pero pensemos en cosas bonitas y centrémonos en ‘Gossip Girl’ y sus problemas del Primer Mundo.

La típica foto de los protagonistas tumbaditos juntos
La típica foto de los protagonistas tumbaditos juntos

‘Gossip Girl’ era, como buen culebrón, una serie que no tenía ninguna lógica. Ni interna ni externa. Es más, la única regla que hay en el género es que no hay reglas. Una serie es mejor cuanto más se sumerja en la locura y olvide los complejos. Y ‘Gossip Girl’ era experta en olvidar.

Repasemos algunos puntos por los que la serie era tan maravillosa:

1) La Reina Cotilla

La premisa de la serie era que una desconocida bloguera aireaba en tiempo real todos los cotilleos de los niños guapos de Nueva York, con especial saña en los de la casquivana Serena van der Woodsen, de los van der Woodsen de toda la vida. Conforme avanzaba la serie, el interés por desenmascarar a Gossip Girl iba creciendo y ocupando tramas, de modo que mientras los protas eran niñatos de instituto les daba como más igual, pero bastó con que se hicieran mayores y manejaran empresas millonarias para que, de repente, les entrara la urgencia de jugar a los detectives. Incluso hubo uno que pretendió derrocar el blog de mierda de la Cotilla para construir un imperio editorial en su lugar. Vamos, como yo con este blog.

Lo más grande llegó al final, cuando por fin se desvelaba quién estaba detrás de Gossip Girl. Resolvieron la cuestión de forma atroz. No solo había cientos de situaciones escenificadas a lo largo de la serie que contradecían la explicación oficial sino que, de propina, consiguieron cargarse la magia del estilo narrativo. La voz en off de Kristen Bell, sus reflexiones y juegos de palabras y el «xoxo, Gossip Girl» marca de la casa quedaban fuera de lugar, por más que pretendieran hacer un guiño a los espectadores haciendo aparecer a la actriz en pantalla en el último episodio.

De todos modos, recordemos: «atroz» en este caso está bien. Tomarse a chufla el tema de la Reina Cotilla fue la última grandeza de ‘Gossip Girl’.

2) Los personajes

Al principio de la serie todo parecía indicar que la estrella absoluta sería Serena. Serena van der Woodsen, o sea por favor. No le pones a un personaje Serena van der Woodsen para que sea un secundario. Pues, mira, al final resultó que la protagonista era su amiga, la fea. Blair Waldorf. Que, como nombre, tampoco está mal. Pero no es van der Woodsen, por el amor de Dios.

Terry Richardson emputece todo lo que toca, ¿no? Pero de verdad que Blair y Serena son chicas cuquis
Terry Richardson emputece todo lo que toca, ¿no? Pero de verdad que Blair y Serena son chicas cuquis

Este baile de protagonismos fue posible gracias al ojo educado de los guionistas. Cuando había personajes que no cuajaban e, incluso, despertaban el odio de las masas, desaparecían de forma más o menos elaborada (hola Jenny Humphrey, hola Vanessa). En cambio, hubo personajes episódicos que fueron robando escenas y ganándose reapariciones estelares gracias, en gran medida, al talento de las actrices (hola Dorota, qué tal Georgina). Saber gestionar esto fue uno de los grandes logros de la serie.

Y no es que Blake Lively, interpretando a Serena van der Woodsen (no me cansaré de escribirlo entero) lo hiciera mal. Al revés, creo que fue la única actriz que entendió que estaba interpretando a una chica de 17 años. Era imposible no enamorarse de ella cuando hacía esos mohínes y sonreía como una chica, por más que insistieran en hacer que los personajes juveniles actuaran como adultos. Estamos hablando de chavales de 17 años que se sirven whisky del mueble bar y degustan la copa con intensidad de magnate del petróleo. ¿Dónde quedaron las incursiones en la licorería con el carné de identidad falso?

La cuestión es que el personaje de Serena van de Woodsen era demasiado intenso y muy serio para lo que acabó siendo ‘Gossip Girl’. Blair daba más juego, era más parodiable. Porque otra cosa que molaba eran…

3) Las tramas inverosímiles

Obviamente, ‘Gossip Girl’ era la historia de amor de Serena van der Woodsen y Dan (solo Dan). También la de Blair y Chuck. De rebote y de relleno, la de otros que pasaban por ahí. Pero, cuando acabaron con las combinaciones amatorias de personajes, fueron tirando de tramas más o menos serias. Ninguna de ellas, por supuesto, llegó a importar nunca.

La que más me ha fascinado siempre es la de los estudios universitarios de estos chicos. Durante un montón de episodios el campo de batalla de sus traiciones mutuas era el acceso a alguna universidad de la Ivy League. Este tema suele ser siempre el problema de las series de instituto porque, claro, tienen que dejar de serlo a la fuerza y los apaños argumentales suelen flojear. En ‘Gossip Girl’ llegó un momento en el que, simplemente, dejaron de hablar de la universidad. Todos ellos. Nadie estudiaba. El campus y los profesores desaparecieron como el rocío de la mañana. O como el hijo secreto de dos personajes que, después de muchas tribulaciones, se reencuentra con sus padres biológicos para que estos, muy emocionados, lo monten en un autobús de regreso a casa en plan «vuelve cuando quieras».

Se nota la emoción de la graduación en sus miradas
Se nota la emoción de la graduación en sus miradas

Pero para trama inverosímil, (SPOILER, BITCH!) la delirante historia de (HE DICHO QUE SPOILER) cómo Blair Waldorf llegó a princesa de Mónaco. ¡Princesa de Mónaco, tía! No solo es el hecho de que inventaron un Grimaldi ad hoc y todas las idas y venidas que esto dio de sí. Es que, desarrollando esta trama, los guionistas abrazaron completamente la locura y llevaron a sus personajes al límite de la parodia. ¿Que esta niña Waldorf se cree una princesita neoyorkina? ¡Pues toma Principado!

El descoque argumental necesitaba que los personajes sostuvieran una cosa y la contraria de un episodio para otro. No exagero cuando digo que a veces, si parpadeabas durante un capítulo, de repente no entendías por qué Fulanita y Menganita se habían hecho amigas otra vez después de odiarse con la intensidad de dos concursantes de ‘Gran Hermano’.

4) La autoconsciencia

Todas estas locuras se perdonaban no solo porque es lo que se esperaba del género, sino porque ‘Gossip Girl’ siempre tuvo ese aire autoconsciente tan divertido y, a la vez, cómplice. Era maravilloso ver cómo los personajes, a veces, hacían comentarios irónicos que introducían el sentir del público (mención honorífica a los chistes sobre la evolución del pelo de Dan). También eran muy disfrutables todas las referencias al universo propio que fueron apareciendo a lo largo de la serie (¡meta!). Mis preferidas eran las relacionadas con la iconografía de los años de instituto: los escalones del Met, las diademas…  y, en ese sentido, mis personajes preferidos de todos los tiempos fueron las dos niñatas lectoras de Gossip Girl que se atrevían a increpar a los protagonistas por la calle.

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Atención al look postcoital de Dan

Pero todo esto se perdió, como lágrimas en la lluvia. Pocas series adolescentes de hoy se pueden permitir introducir estos elementos en la gravedad de sus tramas. Si acaso, las series de superhéroes que (sobre)pueblan CW dan este tipo de juego, aunque sea un factor más bien heredado de los cómics en los que se basan. Que, por otro lado, son de DC y tampoco es que se propongan copiar el sistema Whedon de crear universos cinemáticos (Whedon, otra vez Whedon, siempre Whedon).

¿Vale la pena recuperar ‘Gossip Girl’ en 2016? Pues sí. Aunque sea como ejercicio de reivindicación. Que además está en Netflix, hombre.

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‘UnREAL’: más allá de lo tróspido

El reciente estreno de ‘Un principe para tres princesas’ nos ha devuelto la alegría de lo tróspido. Esto es: un reality editado a tope, donde el humor surrealista surge tanto de la excentricidad de los participantes como de la inspiración de los editores del programa. El resultado es tan delirante que, sin adjetivos a mano para definir lo que veíamos en pantalla, alguien en Twitter acuñó el neologismo ‘tróspido’. Y cuajó.

La fórmula se ha repetido en programas que son variaciones sobre el mismo tema: alguien que busca el amor y varios pretendientes que compiten por su favor. El objetivo es hacer reír, por lo que los participantes son los primeros que no se toman muy en serio a sí mismos. Hay una complicidad perfecta entre las tonterías que dicen unos, los efectos de sonido y montaje que ponen otros y el ánimo jocoso de los espectadores.

Pero esto es en España, donde somos muy de reirnos de nosotros mismos. En Estados Unidos la cosa es muy seria, bitch, y te inculcan desde la cuna el rollo individualista y el ser la reina del baile. ¿Cómo sería la versión americana de ‘Un príncipe para Corina’? Pues sería ‘UnREAL’. Bueno, mejor dicho, sería ‘Everlasting’, que es el reality donde se ambienta la acción de ‘UnREAL’. Es todo muy metatelevisivo, pero intentaré explicarme clarito.

¿Que encontramos en ‘Everlasting’?

Mujeres peleando por un hombre. No hay una princesa cuqui besando sapos hasta encontrar a su príncipe. Lo que hay son un montón de hermanastras tirándose de los pelos por pillar cacho. Que es que los tíos estarían ahí todo el día en plan «hey bro» bebiendo cerveza y viendo futbol y no darían juego. ¿Alguien dijo machismo? Qué va, esto es espectáculo.

UnREAL - Candidatas
Ni una normal

Una productora ejecutiva sin escrúpulos. Una tía dura, curtida en mil batallas, cuyo sentido del espectáculo televisivo solo iguala a su falta de escrúpulos. En cada temporada de ‘Everlasting’ debe haber una villana, una heroína y cuanto más drama mejor. Mira si es jefa, la tía, que se llama Quinn. Bueno, se apellida. Bueno, eso.

Quien avisa no es traidor
Quien avisa no es traidor

Redactores mentalistas. Una imagen que ha desaparecido de nuestro ‘Gran Hermano’ es la del concursante expulsado llegando a plató acompañado de «su redactor». Un signo más del que el programa está en franca decadencia, si me permitís el inciso reivindactivo. El caso es que en ‘UnREAL’ los redactores compiten entre ellos incluso más ferozmente que las candidatas al corazón del príncipe. Para conservar el pellejo, porque ríete tú de la reforma laboral, tienen que producir todo el drama que sean capaces, jugando con las frágiles y simples mentes de sus, ejem, protegidas.

UnREAL

La gracia de ‘UnREAL’ es que no se centra exclusivamente en el desarrollo de ‘Everlasting’. En un juego de espejos bastante conseguido, pronto vemos que aquellos que tiran de los hilos de sus marionetas televisivas tienen bastante tela que cortar en su ‘vida real’, que diría mi madre. Ni la Reina Madre del cotarro es tan chunga y todopoderosa como parece, por ejemplo, ni la redactora estrella es tan hábil manejando su propia vida como mangoneando la de sus minions.

El planteamieno de ‘UnREAL’ es poderoso, por lo menos desde mi modesto punto de vista, que por eso me la he visto. Ciertamente la serie podría ser mejor, más que nada porque en una temporada de diez episodios es bastante significativo que la cosa pierda fuelle a la mitad. Pero con esto de las series ya se sabe, que lo que para los guionistas está siendo una temporada única de repente se transforma, desde el despacho de la cadena, en dos temporadas con extra de queso y que no me caigan las audiencias, por favor. (Sí, ‘UnREAL’ tendrá segunda temporada)

Así que, por favor, la próxima vez que estéis en una de esas reuniones donde ninguno veis ‘Gran Hermano’ y digáis eso de que es todo guion y que vaya cosa más denigrante… que sepáis que podría ser mucho más destroyer, el tema. No me seáis.


Tu cara me suena
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Adam, el premio de ‘Everlasting’, es Luke en ‘Pitch Perfect’. Al final resulta que sí debería aflojar con las hamburguesas…
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A Anna, una de las pretendientas más cuqui, la podemos ver en ‘Quantico’ opositando a agente del FBI.
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Chet, el showrunner excéntrico y caradura, fue uno de los novios de Carrie en ‘Sexo en Nueva York’. Pobre.
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‘Person of Interest’ se va volviendo interesante


Existe un nicho de series ‘ligeritas’, de las que ver mientras planchas o cuando no tienes un plan mejor. Suelen reunir dos características que se complementan: tramas simples y episodios autoconclusivos. Las series ‘ de asesinatos’ son ejemplos de manual, desde ‘Se ha escrito un crimen’ a cualquier franquicia de ‘CSI’. Puedes perderte unos cuantos episodios o verla desordenada, que el efecto global viene a ser el mismo.

‘Person of Interest’ empezó muy así pero durante sus, hasta ahora, cuatro temporadas ha ido desarrollando una mitología propia que la hace muy interesante (diría que es una ‘serie of interest’, pero no quiero forzar la máquina…). La grandeza es que no solo no se toma demasiado en serio a sí misma sino que ha hecho de su autoconciencia un elemento adictivo para el espectador.

La cuestión es que hay un tipo muy listo que crea una máquina con una inteligencia (artificial) aún más lista. La Máquina (que la llaman así, como en mayúscula) trabaja para el Gobierno de los Estados Unidos de América (y olé) identificando amenazas relevantes para la seguridad de la Nación (que la llaman así, como en mayúscula). Lo hace filtrando todos los datos disponibles en la red (vídeos de vigilancia, llamadas telefónicas, correos electrónicos…). ¿Qué pasa? Que como hoy en día todos tenemos nuestras miserias on line, La Máquina también es capaz de identificar movidas que para lo que viene siendo los Estados Unidos son irrelevantes pero no dejan de ser marrones que hacen de sufrir a las personitas de bien. Por eso, el creador de La Máquina, que se llama Finch, contrata a un tipo duro, que se llama Reese, para poder solucionar todos los pollos irrelevantes que van surgiendo. Por lo menos en Nueva York, que si no vives en la Gran Manzana eres irrelevante de verdad y te jodes lo más grande.

Así que la primera temporada va, básicamente, de esto. La Máquina arroja un número, por el cual se puede identificar a una persona. Finch investiga desde su sillita usando sus súper habilidades de hacker y Reese hace el trabajo de campo en plan máquina de matar. En sus andanzas pronto se alía con un detective de la Polícia de Nueva York (que es como una señora del Facebook, pero con placa), que a pesar de lo súper ilegal que es todo termina comprendiendo la bondad del plan de Finch y haciéndole de side kick para solucionar el caso diario.

Sobre el papel (y en pantalla) es todo un poco monótono. Si yo empecé y aguanté fue por el rollete Gran Hermano del tema y porque Michael Emerson, el Benjamin Linus de ‘Lost’, hace del empollón creador de La Máquina. Pero es de esas series que es fácil dejar colgadas por falta de nervio y personalidad.

Por fortuna, los creadores se dieron cuenta del tema y fueron arreglando cosetas. Por ejemplo, el personaje de Reese, a pesar de tener sus traumas de ex combatiente en Afganistán y tal, va justito de carisma. No ayuda que lo interprete un Jim Caviezel que se estudió el ‘método MAS para interpretar El Duque’. Pues, por suerte para nosotros, la serie se va haciendo cada vez más coral y permite que los secundarios roben planos y tramas a tutiplén. Además, lo hacen con gracia, construyendo un equipo que funciona a base de sus one liners y chascarrillos. Y qué personajes: una poli ultra chunga (interpretada por la diosa Taraji P. Henson, de ‘Empire’), una ex Marine ultra chunga y una chunga ultra chunga (que es Amy Acker, que si Joss Whedon la ama, tú también).

Por otro lado, temporada a temporada se van introduciendo tramas más largas, con villanos complejos y atractivos (uno de ellos, además, interpretado por Enrico Colantoni, el señor Mars en persona) y que explotan cada vez más y mejor las verdaderas implicaciones del tema que la serie tiene entre manos: la pérdida de libertades individuales en favor de una supuesta seguridad universal.

Me gusta cómo la serie va jugando con sus propios códigos, empezando por todo lo que hace referencia a la interfaz de La Máquina y cómo ayuda a narrar incluso en la transición entre escenas. También el modo en que desarrolla las relaciones entre personajes, de un modo a veces sutil, a veces muy petardo. Y, cómo no, los ritos de cada capítulo: el móvil clonado y el disparo salvador que aparece en el último momento, por no hablar de auténticos gags recurrentes como el del tiro en la rodilla.

Lo malo de recomendar ahora ‘Person of Interest’ es que cuatro temporadas de 22 episodios se hacen muy cuesta arriba, sobre todo para una serie menor. Si me dijeras, ‘The Good Wife’ te diría que adelante, que ya tardas, pero claro. De todos modos, sé que hay devoradores de serie por ahí fuera capaces de recoger el guante y terminar a tiempo para enganchar la quinta. Menudos sois…

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‘In the flesh’

En esta Abadía apartada del mundanal ruido los zombis son cosa seria. Son fruto de algo tan molón, a la par que censurable, como es la nigromancia. Doblegar fuerzas sobrenaturales para reanimar el cuerpo de los muertos rebaja a categoría de truco de feria cualquier otra manifestación de magia, por lo que los zombis son poco menos que la cima de la hechicería clásica. Que su aspecto tambaleante y limitadito no os engañe: son arte y poderío.

Por eso tardé un poco en asimilar que en las mentes contemporáneas los zombis ya no tienen una interesante conexión con el Más Allá sino que son algo más ramplón. Son enfermitos que se han contagiado, pobres, de un virus. Que es todo como más posmoderno y fíjate tú que el hombre es un demonio para el hombre y que el terror absoluto viene de los laboratorios gubernamentales. A mí los discursos culturales me parecen muy bien, pero es que los zombis de verdad me parecen aún mejor. Además, con razón se van tambaleando por la vida. Si una mal virus gástrico te puede dejar KO imagínate un virus Z. Aburrido.

‘In the flesh’ lleva esta tendencia un poco más allá y propone qué pasaría si los infectados pudieran curarse, llegado el momento. O sea, un mal día estás ahí comiendo cerebros y al día siguiente te ponen una inyección y ya vuelves a ser tú. Una versión intacta pero podrida de ti, claro, que diría aquella. ¿Cómo asumirías tu nueva condición? ¿Cómo gestionarías el recuerdo de unos actos irracionales desde tu recuperada conciencia? Y, al mismo tiempo, ¿cómo te acogería la sociedad a la que te habías propuesto hincarle el diente?

La serie consta de dos temporadas (nueve episodios en total) y, aviso a navegantes, fue cancelada y no habrá una tercera. Como no tiene misterio central ni nada, el final es un chim-pon tolerable pero que deja cierta sensación de vacío, posiblemente porque la serie se va por unos derroteros algo decepcionantes en su tramo final.

Desde mi punto de vista, ‘In the flesh’ mola en la medida que se centra en el drama del protagonista. Resulta brillante en el modo en que explica su sufrimiento y lo pone en un contexto bien acotado. Es difícil no empatizar con el bonico de Kieren viendo el pueblo de mierda en el que vive y la familia tan funcionalmente disfuncional que tiene. Y cuando el suicidio no sirve, porque estabas fuera y te vuelven a meter dentro… ¿qué haces?

Luego, a medida que se van incorporando elementos en la trama, el conjunto se resiente. Sobre todo cuando se pone encima de la mesa un apocalipsis de chichinabo que sacrifica unas reglas claras y concretas (que es lo mínimo que un Armagedón en condiciones debe tener) en favor de un giro argumental cutre. ‘In the flesh’ funciona mucho mejor a nivel de personajes que de tramas, por lo que resulta frustrante que las circunstancias terminen llevando a situaciones que resultan inverosímiles para el canon de la serie. La segunda parte de la segunda temporada es especialmente dolorosas en lo referente, de nuevo a Kieren y su familia. Por no hablar del villano que se buscan para la ocasión, que termina siendo uno de los más prescindibles y absurdos de la historia de la televisión. No hacía falta. Había cosas mucho más interesantes para explorar. No había que irse muy lejos, porque el hecho es que la serie está llena de situaciones maravillosas. El triángulo amoroso de los novios que tienen que convivir con el ex retornado de ella. Las raves a base de sesos de oveja. La suegra cabrona y zombi. Una suegra cabrona y zombi, por el amor de Dios.

Así las cosas, en mi humilde opinión, poco más había que rascar en una supuesta tercera temporada. Para series lentorras de ambientación deprimente hasta prefiero ‘Les Revenants’, una en la que los muertos volvían también en plan hola qué tal, aquí no ha pasado nada, aunque sin el factor zombi. Era todo como más fantasmal. Sobrenatural. Como tiene que ser.