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‘Drácula’: leer detenidamente las instrucciones de uso

Vaya por delante que

[Bueno, vaya por delante que te puedes comer algún spoiler mayúsculo de la serie]

mi problema con ‘Drácula’ es personal e intransferible. Es la historia de una decepción. De no enterarse de qué va la cosa hasta que es demasiado tarde. De pecar de inocente. La culpa es solo mía, lo asumo, pero el resultado es el mismo: odio ‘Drácula’. Deberíais saberlo.

Primer elemento para tener en cuenta: soy alguien que mantiene (o algo) un blog llamado ‘Abadía de Carfax’. Cualquier #dracula me dispara las hormonas y hace que me relama en anticipación. No atino a procesar información de modo racional en ese estado.

Segundo elemento para considerar: justamente información es lo que sobra en este mundo. No me da la vida para procesar la mitad de los datos que necesitaría para no meter la pata menos a menudo. Entiendo perfectamente que Beyoncé solo siga 10 cuentas en Twitter.

Por tanto, cuando vi la primera foto de Claes Bang como el conde entré en frenesí, compré la serie de manera automática y puse mi ansia en modo reposo hasta que, pum, estrenaron la serie hace unos días. ¿Qué podía salir mal? La BBC, con todo su lujo y oropel, preparando una versión de ‘Drácula’ que apelaba a la imagen de los clásicos de la Hammer. Cualquier dato que recabara durante la espera solo me haría sufrir de impotencia, hacerme pis de los nervios y remover eso tan vulgar que los tuiteros llaman “hype”. Qué necesidad.

Claes Bang como el conde Drácula

En todo esto había un dato fundamental: que las manos gestionando el presupuesto de la BBC eran las de Mark Gatiss y Steven Moffat. En mi calentón por el sexy vampiro, pasé de puntillas por el hecho de que estos dos fueran responsables de la versión contemporanizada de ‘Sherlock’, serie que me parece meh tirando a bien y en la que no tengo ni la milésima parte de cariño hacia el material original del que tengo por ‘Drácula’.

[Ahora viene el spoiler gordo, yo aviso]

“Contemporanizada”. En esta palabra que me acabo de inventar, según el corrector de Word, está la clave. No vi venir ni por asomo que Gatiss y Moffat fueran a hacerlo de nuevo. Que su objetivo último era repetir la fórmula de colocar en el mundo actual un personaje literario clásico. Por eso viví en completa indignación el primer capítulo de ‘Drácula’, me dejé llevar por el segundo hasta que se me torció el culo al final y seguí así durante todo el tercero. Bien por el factor sorpresa (que os acabo de joder si no hacéis caso de los corchetes), fatal por la pureza de mi corazón draculesco.

Indignado por ‘Drácula’

Supongo que el orígen de Drácula les parecía demasiado poderoso como para obviarlo en una transición a la época moderna y arrancar ya con el conde en el siglo XXI. O a lo mejor es que, directamente, no habría excusa para usar la propiedad intelectual ‘Drácula’ si se cargaban a todos los personajes principales de la novela.

El caso es que, de haber podido anticipar el percal, yo me hubiera cabreado menos con los giros que dan al principio. Me refiero, casi exclusivamente, a la personalidad del conde, que digo yo que habrán querido darle un rollo moderno para que tenga continuidad en ambas épocas. Pero es que la interacción que tiene con Jonathan Harker me provoca sarpullidos, con líneas de diálogo tremebundas entre los dos. Cada réplica pensada para hacer reír al espectador es un estacazo en mi alma. “Somos lo que comemos”, dice el tío. Es que menudo cuadro.

Aunque, ¿ves? La historia esta que se montan con que el vampiro absorbe la esencia de sus víctimas a través de la sangre podría comprarla. Este giro sí resulta interesante, así como el que le han dado a Van Helsing. La primera que sale, por lo menos. Por otro lado, como digo, el segundo capítulo y el rollo ‘Diez negritos’ que se gasta me pareció simpático. Se conoce que tampoco le tengo mucho apego a la Christie…

Otra adaptación al montón

Es curioso, esto de ser tan fan de ‘Drácula’, en cuanto a adaptaciones de la novela se refiere. Las películas de la Hammer que han construido el ideario colectivo sobre los monstruos ahora nos resultan adorables, aunque tienen tela marinera. Mucho más tarde, Coppola tuvo la petulancia de llamar a su película ‘Bram Stoker’s Dracula’, pasándose por el forro de sus santos cojonazos la naturaleza misma del personaje. No seré yo el que se ponga puntilloso con la fidelidad en la adaptación. Que existe ‘Brácula: Condemor II’, por la gloria de mi madre.

Pero en todos estos ejemplos yo veía dos cosas básicas: autoría e intención. Sí, incluso en el caso de Chiquito. Adaptar una obra ajena va, según creo, de esto. De dar tu visión. Alinearlo con tu concepto del mundo para la historia de otro se cuente con su voz. Siguiendo con los ejemplos, Coppola hizo bueno a Drácula (bueno, digamos bienintencionado) porque era lo que pedía la historia que quería contar, junto con un vestuario con personalidad propia, una banda sonora poderosa, una fotografía muy concreta… y, sí, hasta la cursilada esa de “he cruzado oceános de tiempo para encontrarte”.

En el ‘Drácula’ de Gatiss y Moffat yo no encuentro ni la autoría ni la intención, más allá de su ripio personal del vampiro clásico en el mundo moderno. Incluso, a mis ojos, se lanzan en plan kamikaze a reproducir secuencias enteras de otros y salen perdiendo de manera bochornosa. El acojone del Harker de Keanu Reeves era orgánico, era precioso y era sexual, como toda historia de vampiros debería ser. Lo que vi el otro día en el Netflix me pareció triste.

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‘Sense8’: lo hacemos y ya vemos

Hace dos semanas que acabó ‘Sense8’. Supongo que se puede hablar ya del tema sin herir a nadie con crudos spoilers. Aunque me temo que ni aunque quisiera: si la serie nunca se ha caracterizado por su solidez argumental, lo del último capítulo fue ya un desparrame de caos y confusión. A estas alturas sigo sin tener claro quién era el malo o qué coño querían decir con lo de los drones. Lo que sí puedo decir es que estoy muy feliz porque salen todos todos (pero todos) los personajes y hay orgía. ¡Biba! ¡Arriba ‘Sense8’!

Y es que la narrativa de ‘Sense8’ va muy en sintonía con la idiosincrasia de las redes sociales y el video on demand (el Netflix de los maratones, vaya). Lo fundamental es la conexión emocional con el espectador y el sentido de la maravilla. No hace falta que se entienda. ‘Sense8’ es un lugar feliz donde todo el mundo tiene su hueco. La cancelación de la serie supuso un drama a los seguidores, en primer lugar, porque hoy en día todo es un puto drama y más si se puede tuitear. Pero los lamentos que se oían con más fuerza eran acerca del valor simbólico de la serie por la visibilidad y representación afectiva y de género. Que tampoco era plan de dejar a Wolfgang de aquella manera. Pero, sobre todo, qué pena que nos quitaran una serie TAN BONITA.

El fenómeno no es nuevo. ‘Lost’ (‘Perdidos’) inauguró esta nueva manera de vivir las series con medio mundo enganchado a un follón que no entendían pero compartiendo su fascinación común en Internet. ‘Lost’ conectaba con el ‘mainstream friqui’; la gente que se burlaba de que leyeras cómics en el cole y ahora llevan a sus hijos a ver ‘Los Vengadores’ al cine. ‘Sense8’, en cambio, apela al núcleo duro de los freaks. Los raros de verdad. Los que hablan de género fluido y poliamor. Parece mentira, pero desde ‘Lost’ hemos dado un cambio generacional y hemos llegado a lo que José Luís Algar reivindica como “La venganza de lxs inadaptadxs”:

En ‘Sense8’ es evidente que Lana Wachowski se reivindica a sí misma y transforma su dolor en celebración con la complicidad de los espectadores. En el mismo sentido, Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan la exaltación de los raritos hasta el extremo más literal en ‘La llamada’. Este es otro caso de guion básico que soporta a duras penas un análisis objetivo, pero que termina siendo una película maravillosa gracias a la conexión con su público (y una obra de teatro prorrogada hasta el infinito gracias a eso mismo y a ‘OT 2017’, que es otro ejemplo perfecto de todo esto que estoy queriendo decir sobre la narrativa de las emociones y el poder del Twitter).

¿Significa esto que cualquier cosa que incluya géneros y sexualidades de las que hacen enfurecer a los militantes de Vox ya tiene que molar, automáticamente, aunque esté mal hecha? Pues no. Ahí está, por ejemplo, Esty Quesada haciendo aguas con ‘Looser’, una webserie que tiene todos los mimbres del universo Calvo-Ambrossi (tal cual, además) pero que está concretada de modo pésimo. Como youtuber que comparte su amargo videodiario con el mundo, Soy Una Pringada encontró con éxito una voz y estilo que provocaban la magia. Como guionista… pues, chica, aún le falta.

Todo esto cobra una especial dimensión si observamos otros ámbitos culturales. La caverna de los videojuegos vive revolucionada estos días porque de repente aparecen mujeres en portadas de juegos de guerra, personajes icónicos muestran abiertamente su sexualidad (y lo que sucede a continuación te sorprenderá) y a una saga de prestigio se le ha ocurrido dejar elegir el sexo y la orientación sexual del avatar del jugador. Son cambios prácticamente estéticos para muchos, pero que ponen el mundo patas arriba para muchos más.

Supongo que aún queda camino por recorrer. Ahí está ‘Sense8’, durmiendo el sueño de las series mutiladas y canceladas por las leyes del libre mercado. Pero qué tiempo este para tener un router, ¿eh?

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‘OT 2017’: en este pase de micros me maté yo

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Alfred medio aturdido, medicado después de haber tenido un ataque de ansiedad momentos antes. Cantando en piloto automático, desde el instinto y aferrándose a la música. Como, sospecho, lleva haciendo toda su vida Su pase individual se lo saltaron, pero quiso hacer el dúo.

Amaia, tan dulce como siempre. Si no más. Parece que cante para darle fuerzas a Alfred. Se acarician para reconfortarse, más allá de la ternura que inspira la canción. Antes de empezar comentan cómo sentarse y qué hacer y les sale natural ponerse cara a cara y formar un corazón con sus brazos.

Yo ya digo siempre que soy más de realities que de Eurovision. Por eso no me sabe nada mal que esta semana estemos viviendo la resolución de las tramas de la Academia más que la preselección española. Según lo veo yo, los temas propuestos le dan la espalda al festival y se concentran en lo que (me) importa: los concursantes de ‘OT 2017’. Este video de Amaia y Alfred contiene la esencia de lo que ha sido el programa y me da lo mismo que en Europa no lo entiendan o que el tema se parezca a anteriores canciones del festival. La emoción de verlos ahí, así, y la satisfacción de que esto acaba como tiene que acabar no la cambio por un top 10 en Lisboa.

Lo mismo aplica al resto de finalistas. Quizás los temas no han sido escritos para ellos, con su nombre y apellidos pero me parece evidente que se los han asignado para encajar en el concepto de artista que cada uno se ha trabajado durante el programa. Quizás odiemos las canciones desde un punto eurovisivo, pero los seguidores de ‘OT’ podemos leer de dónde viene cada decisión detrás del reparto.

El pequeño eurofan que empiezo a ser llora, claro, porque un año más parece que vamos a tomarnos Eurovisión como un trámite más que hay que cumplir por estar en la UER. Pero, mira, yo que sé… apenas llevamos un año de ‘A Million Voices’ y en cambio son 18 desde ‘Gran Hermano’. ¿Mentiendes?

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Box populi Noli me tangere

Netflix, tú antes molabas

Netflix es como ese enamoramiento perfecto que te deja hecho mierda cuando menos te lo esperas. De repente y sin previo aviso el amor de tu vida resulta ser tan vulgar y traicionero como aquel ex del que echas pestes.

Yo por Netflix dejé la delincuencia. Decidí dejar de descargar contenido ilegal porque ya no había excusas de «ay, que en esta cosa de pago no está la serie que quiero ver» o «uy, es que es muy complicado verlo en plan bien en la tele del salón». Y me da igual que me digáis que lo de los torrents es perfectamente legal. Ya nos entendemos. Si lo tienes en el mando de la tele, ¿qué necesidad hay de bajártelo y sincronizar subtítulos?

Durante nuestra luna de miel, Netflix me parecía casi sobrenatural. Precio, calidad del servicio, atención al cliente… todo era maravilloso. Demasiado. Y en esta poligamia galopante yo no era el único que se sentía así. Se iba forjando una leyenda universal. En cualquier parte del mundo, los friquis abandonados a su suerte por las cadenas generalistas se refugiaban en Netflix. ¿De dónde surgió esa fe ciega en que si tu serie de nicho favorita peligraba podía salvarse gracias al poder del streaming?

Visto ahora en perspectiva, resultó ser todo un engaño del marketing. «Dejad que los marginales se acerquen a mí», pensaba la aviesa Netflix. Como con las pelis de Marvel, pelotones de nerds allanaron el camino para el mainstream más ignorante. Con el tiempo, la plataforma empezó a producir contenido a lo loco, en plan maníaco. Cosas para empollones, sí, que no bastaba con un ‘Daredevil’ que necesitaron dar luz verde a cinco putas series del mismo universo de defensores callejeros. CINCO. Pero es que si no es por esta enajenación, no se explica cómo pensaron que era buena idea resucitar ‘Padres forzosos’ y darle dos temporadas a a una serie aberrante. Pero el objetivo era claro: hacer que hasta las señoras criogenizadas en los 90 y redivivas en el nuevo siglo podían apuntarse a Netflix, que seguro que lo gozarían.

Netflix era un lugar feliz. Si tenías Netflix, molabas. Eras parte de algo. Y cómo molaban sus Community Managers de cualquier región, con esas promos tan locas, tan de hablarte de tú a tú, de enfermito de la tele a enfermito de la tele. ¿Se puede estar enamorado de un «canal de tele»? Parece que sí. Otra vez. Si alguna vez te peleaste en el patio del cole con un imbécil que pensaba que molaba más Antena 3 que Telecinco sabes de lo que hablo. Y también sabrás del desengaño, de cuando empezaste a llamarlos Atresmedia y Mediaset.

Para mí ‘Sense8’ era el cénit del amor por Netflix. Del amor en Netflix. Los que dicen que la serie era mala están en otro nivel. Ni por arriba ni por abajo, simplemente estamos hablando de cosas diferentes. ‘Sense8’ era amor. Era inclusiva. Emocional. Autoconsciente. Conectada con el espectador. Y todo eso porque sí, solo porque había un lugar (Netflix) donde podía ser. Por mí ‘Sense8’ podía ser un bucle de escenas de los ocho haciendo cosas, que yo contento.

Ese lugar ya no existe. Sigue ahí, pero no es el mismo. El bofetón ha sido fuerte, pero así son los golpes del amor. Ni Netflix es perfecto ni se basa en el amor. Es un servicio de video en streaming que, por más enrollados que sean sus CM, no tiene por qué hacerte ningún favor.

Si Netflix se ha disparado en el pie cancelando ‘Sense8’ lo veremos en unos meses. Supongo que hoy habrá varios miles de cancelaciones de servicio. Rupturas pasionales. Pero por fuerte que sea el chasco, siempre terminamos olvidando. Y nos volvemos a enamorar. «Unos vienen, otros se van, la vida sigue igual», que cantaba aquel. «Y lo sabes».

 

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Obviedades que confirmé en el concierto de ‘OT: el Reencuentro’

‘Operación Triunfo’ me fascina de un modo profundo y absoluto. Es un microcosmos perfecto para analizar quiénes somos cada uno como individuo y cómo nos comportamos como sociedad. Es un ente con vida propia que nació, tuvo su propia historia, murió… y sigue perdurando. Podemos banalizar todo lo que queramos y reducirlo hasta el absurdo, pero creo que es estúpido ignorar las grandes verdades que contiene este fenómeno.

Durante las últimas tres semanas hemos asistido a un ejercicio de nostalgia masivo. Ni siquiera el concierto de anoche era una cuestión musical, por más que haya críticos hoy analizando el espectáculo desde su perspectiva, con extra de ensañamiento. No entiendo esta superioridad moral, cuando son incapaces de articular una crítica profesional de un evento alrededor de un análisis cultural. Se supone que están en posición de dar contexto y no detenerse en el vestido de Geno.

Hace 15 años se hacía este mismo tipo de discurso pasivo-agresivo alrededor de los 16 concursantes de ‘Operación Triunfo’. Que si no eran artistas de verdad, que si su éxito iba a ser efímero… Pues bien, ahora estos concursantes han vuelto y se han prestado a dar testimonio de su viaje de ida y vuelta. Me sorprende que justo aquellos que escribían su historia antes incluso de que ocurriera no sean los más interesados en sentarse, callarse y escuchar lo que tengan que contar. Aunque sólo sea para comprobar que tenían razón. Para mí hay grandes aciertos en todo este reencuentro. Uno de ellos, haber dado tiempo a todos y cada uno de los 16 concursantes para sus reflexiones. Algunos pasajes son oro puro y demuestran una madurez y capacidad de procesar la realidad que me parecen ejemplos insuperables.

Además, como decía, nos devuelven el reflejo de lo que somos como sociedad. ¿Qué es el éxito? ¿El que nosotros queríamos que tuvieran? ¿Y para qué? Todos, incluso los ajenos, coincidimos en que David Bisbal es el gran triunfador de la edición pero también el gran villano del reencuentro. ¿Necesitamos saber que Mireia es una fracasada pero, al mismo tiempo, odiamos a Bisbal porque ningunea a sus compañeros? ¿De dónde salen estas ganas de que nos parezca todo mal… en tanto que lo hagan los demás?

En ese sentido, el asunto de la cobra se erige en la metáfora más descarnada y definitiva. Da igual si hubo o no hubo cobra. Pero la hubo. Queremos que la haya. La mayoría de nosotros tiene bloqueados a nuestros ex y montamos un teatrillo del fin del mundo si nos los volvemos a cruzar. Pero queremos que Chenoa y Bisbal no sólo canten juntos sino que vuelvan. Que se besen. Nos da igual que hayan pasado 15 años y ambos hayan madurado, ella muy por delante de él. Seguimos pensando que ese tío cateto sigue siendo lo mejor que le ha pasado a esa mujer. Nos pasamos el día reforzando el feminismo tweet a tweet a lo Barbijaputa, pero luego no tenemos piedad con la mujer que pende de la mano de un imbécil, descompuesta por una emoción que a lo mejor no tiene que ver con el amor por un hombre.

Anoche esa mujer de apariencia dura y segura de sí misma que es Chenoa se emocionó varias veces. Casi todas las que salió al escenario. Y lo hizo no por Bisbal, sino por el público, el mogollón y medio de público que llenaba en el Sant Jordi y coreaba su nombre. «España es chenoísta», le gritaban. Quizás por los motivos equivocados (también había pancartas de «David, vuelve con Chenoa»). Pero yo creo que sería incapaz de sobrevivir estoicamente ante tal despliegue de efusividad que, por cierto, no sé si se apreciaría en la retransmisión televisiva.

Que, esta es otra. Otra Gran Verdad que se desprende de lo vivido estos días. No queda más remedio que opinar de las cosas porque las vemos en la tele. Pero, ay, eso significa hablar en base a lo que otra gente procesa y nos pone delante, aunque sea con la mejor de las intenciones.

Quien viera el concierto ayer desde su casa se encontraría, efectivamente, con una puesta en escena pobre, unas coreografías más que básicas, un vestuario deplorable y un sonido infame. Lo que viene siendo una puta mierda de concierto. Pero a pie de pista lo que importaba era la catarsis colectiva, cantar hasta con Juan Camus porque hasta los perdedores de la edición fueron parte de nuestra historia y, en definitiva, pasarlo bien. Jamás he estado antes en un concierto donde, canción tras canción, apenas oyera a los del escenario por estar rodeado de público entregado cantando a pleno pulmón. No es que fuéramos a ver cantar a ‘los triunfitos’. Fuimos a cantar con ellos.

Insisto: lo de ayer no iba sobre música. La cuestión era dónde estabas tú hace 15 años y qué has hecho en todo este tiempo. Y, visto lo visto, reflexionar sobre qué tipo de persona quieres ser el tiempo que te queda. Hater de los cojones.