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‘Pacific Rim: Insurrección’: mierda de la buena

Antes de nada, dejemos claro dónde tengo el listón. A mí me pones dos horas de robots y lagartos gigantes partiéndose la cara en una ciudad y ya está, ya me tienes. Ni diálogos, ni argumentos, ni interpretaciones. Su poquito de nu metal en plan banda sonora, si me apuras, y ya estoy en éxtasis. Por tanto, queridos lectores, ‘Pacific Rim: Insurrección’ me parece una mierda maravillosa.

Elaboro, por si no se me entiende: me parece una mierda, pero me parece maravillosa.

Sigo elaborando, por si las moscas: ni guilty pleasures ni pollas. Nadie te a va dar un pin por tu vocación erudita, no te van a querer más por abrazar la alta cultura, no tienes por qué avergonzarte de nada lo que te gusta. Y la mierda te puede gustar, claro que sí. Del mismo modo que te encantan tantas y tantas cosas imperfectas. Y no me refiero a guarrindongadas como la Nutella con chorizo, sino a algo más cursi como el amor que tienes por tu amiga la vegana o tu novio el que nunca cierra el bote de champú.

Así las cosas, la única pena que tengo respecto a ‘Pacific Rim: Insurrección’ es que se haya desmarcado de la primera película’. Es bastante significativo que no se llame ‘Pacific Rim 2’ (¡PACIFI RIM DÓ!). No por nada en concreto, que conste. No le tengo ninguna devoción a Guillermo del Toro, mucho menos después de que casi me mate con sus novelas de vampiros. Pero cuando vi la primera ‘Pacific Rim’ inmediatamente pedí un universo expandido con secuelas, serie animada, cómics y cualquier movida sacacuartos que se quisieran sacar de la manga. Quería más de los chinos, de los rusos y de todo bicho que aparecía en pantalla. Mi dolor es que ‘Insurrección’ casi parece un reboot y no me responde a ninguna pregunta que me planteara en su momento. Pero, volviendo al hilo: robots, lagartos, tortazos. Muy bien.

Incluso diría que en el tema de los guantazos esta secuela es mucho mejor que la primera. En esta reformulación de la saga han dado un pasito hacia el rollo ‘Transformers’. Que sé que os acabo de generar un escalofrío a la mayoría, pero ya os había perdido antes de llegar aquí, ¿verdad? A mí me parece fenomenal. Del Toro disfraza su apropiación dándole forma de homenaje desde la madurez del director al niño friqui que fue. ‘Insurrección’ es más honesta y, directamente, mete el rollito Evangelion por la trituradora pop para marcarse un ‘Top Gun 2018 Mecha Teriyaki Edit’ sin ningún tipo de disimulo ni rubor.

La misma poca vergüenza que tengo yo en recomendar esta mierda de película, claro.

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‘El gran showman’: no dejes que la realidad te mejore una peli mediocre

Me siento solo en esto de decir que ‘El gran showman’ es una castaña importante. Lejos de parecerme el rico helado de piña para el niño y la niña, la película me hace aguas por todas partes. Y que conste que no hablo (solo) por despecho. La primera vez que la vi, efectivamente, mis expectativas de encontrar la nueva ‘Moulin Rouge’ fueron destruidas sin compasión en los diez primeros minutos. Culpa mía por tragarme el trailer. Pero es que volví una segunda vez, masoca de mí, para verla con ojos desapasionados y el espíritu libre. Ni así. Menudo rollo, colega.

‘El gran showman’ es una interpretación libertina de la vida de P.T. Barnum. Poco más se puede decir sin caer en el error, porque cualquier afirmación adicional puede ser mentira. A fuerza de hacer avanzar escenas no se profundiza en nada, por lo que la sensación es que todo el brilli brilli está al servicio de la moraleja final y poco más. No estamos ante un biopic en el que importe la vida, obra o personalidad del protagonista. Tampoco es una historia sobre la evolución del circo, en su concepto más genérico, ni la de este circo en concreto, refiriéndonos a la troupe de Barnum. Las relaciones familiares (y todas las demás) están dibujadas con brocha gorda, como todo en la película. Y así no se puede.

Por ejemplo, el circo de Barnum pasa de museo de cera a espectáculo de varietés completo en un solo número musical. Ahí, quemando mecha. No hay sentimiento de triunfo, ni de esfuerzo, ni de comunión entre compañeros, ni de nada. Eso sí, requetechuli el número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Por ejemplo, Barnum se curra ahí un número musical todo virguero con unos chupitos de whisky para convencer a Carlyle de que se una al negocio. La clave es que el personaje de Zac Efron le tiene que dar una pátina de dignidad al espectáculo para que la clase media-alta acuda al circo. Y digo yo… ¿qué hace Carlyle una vez en el curro, además de enamorarse y hacer de cover de Barnum? Nada. O sea, nada. El espectáculo es exactamente el mismo antes y después de los chupitos: un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Por ejemplo, el drama recurrente que parece ser el eje motor de la película es que Barnum no tolera que infravaloren su arte. Que lo llamen chanchullero y que digan que el circo es una cosa menor basada en la mentira. Y, sí, vemos como Barnum monta un espectáculo con un montón de freaks, en el sentido más Tod Browning. Pero es curioso observar que le pone zancos a un tío que ya tiene gigantismo (y que es ruso, no irlandés). O que al más gordo del lugar le añade cojines bajo la camisa para hacerlo parecer… gordo. Y toda esta movida convive con una mujer barbuda, que es mujer de verdad y barbuda de verdad, y con un tío peludo al que llaman “el chico perro” (menos mal que son sus amigos) y con otro con escamas en la cara. Que, obviamente, están puteadísimos y se marcan uno de los números estrella de la peli, con canción-alegato-power-inspiradora. O sea, la mujer barbuda, el chico con hirsutismo y el que tiene psoriagrís reivindicando su derecho a ser auténticos y tal como son al lado del gordo de los cojines y el alto de los zancos (y que es ruso, no irlandés). Todo muy confuso. Por cierto, la manifestación pro-freak culmina en… un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Luego, hay decisiones de estilo muy cuestionables. Si en ‘Moulin Rouge’ el empaste entre ambientación de época y canciones contemporáneas quedaba fenomenal, sobre todo gracias al lenguaje visual que Baz Luhrmann desplegaba en el minuto 0, aquí la mezcla queda forzada y extraña. No hay nada en la película (ni dentro de ella ni en la forma de estar rodada) que justifique tanta gloria sandunguera. El despiporre ya es cuando te presentan a una súper estrella de la ópera que cuando le dan la ocasión de abrir la boca se pone a cantar un descarte de Broadway en vez de una aria. ¡Por lo menos no es Lady Gaga!

Total, un cuadro. Ni siquiera puedo alabar la grandiosidad de los números musicales porque, habéis adivinado, la mayoría son un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo. Que no está mal, ojo cuidao. Pero no están a la altura de la superproducción que pretende ser ‘El gran showman’. El mal uso del espacio y el abuso (pero abuso) del ordenador a mí me dio claustrofobia. Me daba la sensación de que rodaron en el comedor de casa de Hugh Jackman, todos apiñados en el centro después de haber arrinconado la mesa, y que lo demás es chroma. Cuanto más grandes y magníficos parecen los elefantes que dibujan, peor. El único número que yo destacaría es el de Zac Efron y Zendaya y todo el sube-baja del trapecio… en la pista central del circo.

Es una pena que la película se pierda no sé muy bien en qué, cuando la vida real de P.T. Barnum es apasionante, a poco que le deis dos tientos a la Wikipedia. No entiendo el invent sexy-fucker de la película en la relación con Jenny Lind. O sí, lo entiendo del mismo modo en que percibo el acento pijo de Londres que gasta una señora que representa que es sueca: si Hugh Jackman es bello, Rebecca Ferguson es bella y el acento británico es bello… ¡a follar! Es imposible que haya otra opción en una estructura tan  simplista. Ya son ganas de desperdiciar un montón de historias con posibilidades. Hasta el disperso de Ryan Murphy dibujó mejor un freak show en la temporada correspondiente de ‘American Horror Story’. Para qué profundizar más en los personajes si el enano ya triunfa y resulta la monda cuando suelta sus frases cachondas.

Pero, vaya, válgame Dios de decirle a Bill Condon lo que tiene que hacer. Y que se ve que la música de la peli la han hecho los de ‘La La Land’ y, bueno, para qué quieres más. Ojalá me hubiera gustado, que necesito un nuevo ‘Moulin Rouge’ en mi vida. Pero es que como dijo aquella: ‘buah, qué horror’.

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‘Insidious: la última llave’: tribulaciones de una cazademonios madura

La protagonista de ‘Insidious: la última llave’ es una mujer de 70 años. Solo este hecho ya debería despertar nuestro sentido de la maravilla. Las Tangina Barrons de la historia han sido reivindicadas en la figura de Elise Rainier, que tras cuatro películas se erige en el personaje central de toda la franquicia. Las mediums ya no necesitan ser señoras friquis ni hace falta llamar a un señor cura con pinta de boxeador para erradicar al demonio.

A partir de ahí, ‘Insidious 4’, que es como la llamamos cariñosamente en casa, es ante todo coherente: una peli de terror sin hormonas y una pieza más en el complejo puzzle de una saga. Podrá interesar más o menos (en Rotten Tomatoes parece que interesa poco), pero hay que reconocer el tremendo sentido del pulso que Leigh Whanell mantiene sobre el timón de ‘Insidious’. Incluso con su amigui James Wan ocupado en otras cosas.

Aquí no hay cuotas de adrenalina y testosterona que cumplir. Hay sustos, sí, y algún que otro golpe de efecto y maquillaje malrollero. Pero el mal rollo de verdad se desata cuando Elise se pone a hurgar en su propio pasado. Casi sin salir de casa ni cruzar al más allá, como mandaría el canon. Lo interesante en esta historia está aquí y lo que hay al otro lado de la puerta es secundario. Esto incluye al demoño de turno, que sin resultar anecdótico termina siendo algo genérico.

Si por esto hay que decir que ‘Insidious 4’ es más peli de misterio que de terror, pues se dice y ya está. Que la pasión por el susto ni la devoción al género no os estropee la diversión.

La cuarta película de esta saga consigue, además de ser muy disfrutable, atar un montón de cabos de lo que se ha contado hasta ahora y, además, abrir la puerta a nuevas expansiones en la franquicia. Que, a ver, tal como están las cosas me parece un triunfo brutal. De la hermosa sororidad que se plantea en esta entrega nace el germen de una nueva heroína. Puede que Elise no pueda jubilarse jamás (que el Mal no descansa), pero a lo mejor Lin Shaye está ya hasta el toto de interpretarla.

¡Larga vida a ‘Insidious’! O no.

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‘Passengers’: violación cósmica

A veces es jodido que el trailer no te cuente la película, porque luego te llevas sustos morrocotudos. Como el que me llevé yo con ‘Passengers’. Yo iba dispuesto a ver una cosa edulcorada y cuqui, con Chris Pratt y Jennifer Lawrence en plan ‘Titanic’ a la inversa (primero chocan con el iceberg y luego se enamoran) y resulta que no. Que, bueno, que también, pero que la peli tiene alguna sorpresa, siendo la mayor de ellas una trama basada en un evento chungo. Chunguérrimo.

Por ello, pretendo enmendar la debilidad del trailer y explicar mejor de lo que va ‘Passengers’. Me preocupa menos que os comáis los spoilers que os llevéis un susto en la sala de cine.

Quiero pensar que aquí lo que ha habido es un problema de guión o un montaje accidentado. Un conflicto de intereses en encontrar un punto de equilibrio entre la ciencia ficción para friquis y el romanticismo para las masas. En general, la película me parece muy torpe profundizando en los puntos clave, incluso cuando pretende explicártelo del modo más obvio que se les ocurre.

Por un lado tenemos el conflicto del personaje de Chris Pratt. El tipo de planteamiento propio de un cuento de ciencia-ficción con tintes de terror. La versión ‘Star Trek’ de ‘El resplandor’, un poco. El problema, creo, es que la peli pasa de puntillas por esta situación. Con apenas un par de postizos capilares y unas escenas meramente estéticas pretenden que empaticemos a tope con el personaje y estemos dispuestos a comprar que llegue a los extremos que llega. Y no.

La solución al conflicto que encuentra el protagonista me parece incluso lícita si esa es justo la historia que pretenden contar. Lo que me sorprende es que, a estas alturas, no anticipen que optar por ese giro de los acontecimientos nos mete en el terreno de la violencia de género y la cultura de la violación. Me parece un error plantearla como una historia de amor entrañable y ligerita, donde además hacen trampas desviando el conflicto real hacia peligros del espacio exterior.

Una vez metidos hasta la cintura en el barro, nos encontramos con la evolución del personaje de Jennifer Lawrence. Aquí también creo que han errado el tiro. Hay un atisbo de aportar un argumento más o menos profundo, cuestionando si los planes de vida que nos montamos en nuestra cabeza merecen realmente nuestra devoción. Pero el modo de introducirlo es tan obvio y chapucero que pierde toda la fuerza. Gana, así, la idea de que lo mejor que te puede pasar es quedarte atrapada a solas con un chulazo como Chris Pratt por toda la eternidad. Tan guapo, tan apuesto, tan héroe. Una basura.

Por lo menos, la parte bonita lo es mucho. Chris Pratt y Jennifer Lawrence revientan cualquier medidor de adorabilidad y guapura y todo lo que los rodea es igual de radiante. Pero justo cuando llegan al cenit de su hermosura surge de nuevo la duda: ¿pretenden que la irresistible belleza de Pratt jugando a baloncesto en camiseta de tirantes sea por sí misma lo que necesitemos para olvidar?

Yo hubiera necesitado ver a un Chris Pratt más desquiciado al principio. Ver de verdad que despertar a Jennifer Lawrence era incluso preferible a su propia muerte. No justificarla en plan deus ex machina a toro pasado. Y hubiera querido verla a ella tomando alguna decisión. Por pequeñita que fuera. En un sentido u otro. Algo.

 

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‘Doctor Extraño’: Dimensión Divertida (¡es la fiesta!)

Cada vez resulta más difícil valorar las películas del Universo Cinemático Marvel, teniendo en cuenta eso. Que forman un todo y que se rigen por sus propias leyes. Cómo, si no, podrían plantearse excentricidades como detener el esquema narrativo de ‘Los Vengadores: la era de Ultrón’ para meter un cortometraje que explique la génesis de su nuevo Spider-Man. Cualquier decisión que se tome en una película sirve al interés general de la franquicia, por difícil que resulte de asimilar a corto plazo.

De ‘Doctor Extraño’ se puede decir que es una película hecha con plantilla. Es la tópica historia de un personaje en las antípodas de lo heroico que tiene una epifanía y, tras ciertos momentos de reajuste, termina abrazando su destino, salvando el mundo y, en una coda final, manifestando que está preparado para lo que tenga que venir. Siendo esto que tiene que venir, casi con toda seguridad, una película de Los Vengadores.

Está claro que a Marvel la plantilla le funciona. Lo de ‘la fórmula del éxito’ describe a la perfección el chollo que han encontrado. Sirve igual para presentar los pilares de la saga (por lo menos Iron Man, que el resto venían héroes de serie) como para introducir personajes secundarios como un Ant-Man o un Doctor Extraño. Veremos si también un Pantera Negra, aunque con este también invirtieron ya preciosos minutos en la última de Los Vengadores.

El hecho de que a Marvel le sirva la plantilla no quiere decir que no me parezca mejorable. Por un lado, aprecio que la sensación de ver todas estas películas se parezca mucho a la experiencia con los cómics: las tramas locas, los crossovers imposibles y el mogollón de personajes con poderes cada vez más límite. Pero lo que en los cómics me parece entrañable, en las películas me llega a molestar. Y no tengo ni idea de por qué. Estoy abierto al debate.

En ‘Doctor Extraño’ no llegan al nivel de «tu madre se volvió subatómica» de ‘Ant-Man’ pero los brochazos con los que pintan la historia en algunos aspectos me desorientan. ¿Será porque pretenden encubrirlos con fuegos artificiales y brilli brilli? Me voy a poner en plan Carrie Bradshaw nerda: ¿me enternece que los cómics sean como son en su candidez y modestia, mientras que las pelis de alto presupuesto y soberbia de medios me ponen a la defensiva?

Por ejemplo, uno de los elementos más valorados de ‘Doctor Extraño’ es su increíble despliegue visual. Y, sí, llevan un paso más allá los famosos planos de ‘Inception’ de la ciudad doblándose sobre sí misma, lo cual sitúa la película, ya de entrada, por encima del anuncio del Nissan Qashqai. Pero por más que la puesta en escena sea inmejorable, yo no puedo evitar sonreír ante la cantidad de cosas que dicen en mayúsculas, asumiendo que con eso ya está explicado todo: Dimensión Espejo, Dimensión Oscura, Anillo Doble… Eso sí, lo que de verdad importa lo dicen bien clarito: «Hola, mira, esto de aquí es una Gema del Infinito». Claro que también lo dicen en mayúsculas, ahora que lo transcribo. Pero, claro, lo de las gemas ya viene explicado de antes. Bueno, tampoco de mucho antes. Lo explicaron en ‘Guardianes de la Galaxia’, si no recuerdo mal, pero aplicaba con efecto retroactivo hasta el Teseracto.

¿Veis a lo que me refería? Ni siquiera puedo decir con la boca llena que ‘Doctor Extraño’ se siente inconclusa o está mal explicada porque antes de abandonar la sala ya sabes que (uno) Strange estará en la próxima película en la que salga Thor y (dos) habrá ‘Doctor Extraño 2’ y ya tenemos villano. Cualquier duda que te quede sobre cómo funciona la movida esta de dimensiones y portales te la resolverán en algún momento que les convenga mejor.

Así que, respondiéndome a mí mismo, sí. Cuando me siento a ver una película de la Marvel subo el listón respecto a los cómics inconscientemente. Primero me enfado un poquito porque no se lo curren tanto como deberían y luego vuelvo a mi ser, porque al fin y al cabo estas cosas las hacemos para pasar el rato. Debería limitarme a disfrutar de la batalla de pómulos entre Benedict Cumberbatch y Mads Mikkelsen. Que sobre el trabajo de casting de la Marvel no me vais a oír  ni media protesta.

Y, no. ‘Doctor Extraño’ no es una película divertida. Por lo menos no en plan «ay, que me desorino, qué de risas colega». Me apetecía titular esta entrada en plan homenaje a Paco Pil, aunque el 99% de lectores de este humilde blog no sepáis quién es, ni ganas que tenéis.

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Peli vs libro: ‘Perseguido’ contra ‘El fugitivo’

Me fascina cuando la diferencia de criterio en la traducción aporta exactamente los matices necesarios. Justo venía a explicaros algo que ya se intuye enfrentando los títulos en castellano de la película y la novela: mientras que en la primera al protagonista lo persiguen, en el libro huye. No sé fue una decisión voluntaria y estilística o más bien una cuestión de marketing, pero me encanta. En inglés ambas son ‘The Running Man’, que tiene un rollo más abstracto y talmente se podría aplicar a lo de que habla Haruki Murakami cuando habla de correr.

Stephen King publicó ‘El fugitivo’ en 1982, bajo el seudónimo de Richard Bachman. El mismo King explica que creó un alter ego para dar salida a su fiebre productiva, que le llevaba a tener listas para imprenta dos (o más) novelas al año. Quiero creer que, aunque él fuera un torrente de arte y brío narrativo, alguien en su(s) editorial(es) se dedicaba a pensar más en lo que viene siendo el duro arte de vender y repartía las obras intentando preservar el posicionamiento de ‘genio del terror’. Entiendo que todo lo que no encajaba dentro del concepto marca de la casa de ‘terror de lo cotidiano’ (el perro se vuelvo diabólico, el coche se vuelve diabólico…) salía con la etiqueta Bachman.

Cuento todo esto porque ‘El fugitivo’ es, para mí, una tentativa del King en el terreno de la ciencia ficción… que o no le acabó de salir o el tiempo ha tratado nada más que regular.

La novela es una distopía de manual en la que King juega con un concepto tan propio del género como el de un Estado que envenena el aire y no solo consiente que los ciudadanos enfermen y mueran sino que, además, saca partido de ello. Siguiendo el manual orwelliano al dedillo, resulta que uno de los principales mecanismos para mantener el status quo es la ‘librevisión’, que tiene en ‘El fugitivo’ su programa de más éxito. El concursante de ‘El fugitivo’ es un declarado enemigo del Estado y, como merece la muerte, será perseguido implacablemente por los Cazadores. Pero como el Estado también sabe ser clemente, el fugitivo de marras puede ganarse el perdón si sobrevive 30 días.

Para mí el problema de la novela es que pretende abarcar demasiado. La persecución es solo un complemento a la parte que narra el descubrimiento de los tejemanejes del Gobierno. Y, al final, ni una cosa ni otra: el punto de destino de ‘El fugitivo’ es el punto de partida de muchas otras obras más memorables y los personajes no van mucho más allá tampoco. No ahonda en apenas nada y se limita a quemar trama, que en mi humilde opinión no sería la elección más adecuada para esta novela.

Estamos, pues, ante uno de esos casos en los que la peli me parece más recomendable que el libro. Básicamente porque el guión de Steven E. de Souza es más consciente de lo que quiere contar y resulta más efectivo al centrarse en una sola idea. Para el caso, ‘Perseguido’ se presenta como un producto televisivo muy específico, pensado hasta el detalle y, por tanto, con mayor carga de maldad por parte de la organización. Sin ir más lejos, convertir a los inanes Cazadores de la novela en personajes con entidad propia, superestrellas sacadas de algún videojuego, con su grupo de fans y todo me parece un acierto sensacional. De entender incluso mejor que King el material que había en la novela. Por cierto, aprovecho para reivindicar que vuelva ‘Gladiadores americanos’. Gracias.

Total: que la peli consigue doble premio. Por un lado el espectador conecta fácilmente una televisión tan manipuladora con un Gobierno cruel (por lo que ya está, misión cumplida) y, por otro lado, con esta peli consiguieron poner encima de la mesa reflexiones sobre la influencia de los medios que aún siguen vigentes. Lo que viene a ser marcarse un clásico. Vista tantos años después ‘Perseguido’ solo me flaquea en lo barato de su estética, con esos escenarios a oscuras y ese pijama de la muerte que me lleva Schwarzenegger. Aunque también nos mola por eso, por supuesto.

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‘Kingsglaive: Final Fantasy XV’: qué pasote de cinemática, ¿no?

Pues sí, Square-Enix se ha marcado una cinemática de casi dos horas. Y la ha metido en un Blu-Ray separado del juego y hasta la han puesto en salas de cine. Y se siente incompleta y tiene una narrativa rota. Pero es espectacular cuando quiere y disfrutable si uno quiere. Y si no, pues no pasa nada. En serio.

Como, al fin y al cabo, esto es un blog personal, debo decir que yo estoy dispuesto a comprar ‘Final Fantasy XV’. No solo el juego, claro, sino el concepto. Yo quiero abrazar el hype. Después de la decepción del XII, el timo del XIII y la vergüenza del XIV aquí sigo, romántico empedernido o tonto del bote, no sé, esperando que vuelva la magia. Por eso me planté en la sala Phenomena de Barcelona, una de las pocas donde se ha podido ver ‘Kingsglaive’ en pantallote y sonidote. Claro que precisamente verla en plan espectacular hace que mi experiencia sea más positiva. También influye el hecho de que soy de la generación que fue al cine a ver ‘Akira’ y esperaba pacientemente que Selecta Visión sacara los DVD de ‘Neon Genesis Evangelion’ uno a uno. Que nos digan algo, a nosotros, sobre narrativas sincopadas.

En fin. Que eso. Que ‘Kingsgalive’ es la culminación de esto:

No sé vosotros, pero yo lo veo una clara mejora.

Y con la voz de Cersei, nada menos.

Y con la voz de Jessie. El de ‘Breaking Bad’, digo, pero que no parece Jessie y lo hace muy bien.

Y sale Sean Bean. Spoiler alert.

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‘Nerve’: pequeña joya flúor

Cuando hasta el product placement sirve a los propósitos de la narración sabes que estás ante una gran película. Los primeros minutos de ‘Nerve’ ocurren, literalmente, en una interfaz de Apple y encadenan Spotify con Google Chrome, Gmail y el inevitable Facebook. «Vamos a arreglar esta habitación y a ponerla en Airbnb», le sugiere la protagonista a su madre con toda la naturalidad de sus 18 años en una escena que, por si fuera poco, es atinadísima en la descripción del contexto de los personajes y sus personalidades.

Si te sientes como pez en el agua en tamaña inmersión digital, enhorabuena, estás dentro. ‘Nerve’ es para ti y la vas a disfrutar a tope. Si, por el contrario, te agobias y ahogas sin saber qué leches estás viendo… pues, mira, déjalo ya. Consuélate pensando que puedes seguir diciendo lo buena que es la escena de ‘El club de la lucha’ en que el apartamento del protagonista se convierte en un catálogo de Ikea. Pero sé consciente que eso ocurría en 1999, cielo. Feel old yet?

Tras la pantalla de login, ‘Nerve’ resulta ser una maravilla acid. Es ligera, vibrante e inconsistente y por eso mismo nos gusta tanto. ¿Para qué detenerte en elaborar detalles de trama fundamentales cuando tienes al espectador totalmente entregado y agarrado por los huevos? Incluso resulta pertinente que, al final, te sacudan en la cara con líneas de diálogo que explican la moraleja de la historia. La chavalada de hoy no está para subtextos ni para leer entre líneas. Claro que no.

Para mí la magia de ‘Nerve’ está en haber encontrado el tono justo. De haberse tomado a sí misma algo más en serio, habría sido ridícula. Esto no es ‘Black Mirror’. Pero, al mismo tiempo, no cae en recursos fáciles como el humor de gatillo flojo tan común hoy en día. Se nota que hay frases hechas para epatar intelectualidades en vías de desarrollo pero que, oye, tampoco pasa nada si nadie se acuerda de ellas pasado mañana.

Ah, y la protagonista es Emma Roberts, que resulta ser capaz de interpretar algo más que la zorra máxima de ‘American Horror Story: Coven’ o ‘Scream Queens’.

Ah, y sale Juliette Lewis en un papel absurdo pero es Juliette Lewis y ya vale con Winona, ¿no?

Ah, y sale una actriz de ‘Orange is The New Black’ a la que hemos llorado mucho y es bonito ver aquí. De hecho salen dos actrices de la serie, pero no daré más pistas que luego dicen que si el spoiler.

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‘Buscando a Dory’: llegué 13 años tarde

Pues no, no he visto ‘Buscando a Nemo’. Me he pasado trece años oyendo bromas sobre la amnesia y la Dory de marras y, a lo mejor precisamente por esta insistencia, no he tenido nunca el impulso de ponerme a verla. Lo que me parecía evidente que Pixar rescataría a personaje tan carismático (*toses*) para estirar la broma algo más. Por qué la han estrenado en salas y no directamente en vídeo es un misterio que no soy capaz de comprender, aunque supongo que forma parte de la misma fórmula secreta que dicta que la secuela llegue trece años después de la primera. Sabemos que la nostalgia vende, pero es que esto es absurdo.

Las secuelas son un mal innecesario y una peste que tenemos que aguantar, en la mayoría de casos, por motivos más económicos que creativos. Creo que solo me resultan más molestos los reboots, aunque estos los compensan con polémicas de patio de colegio la mar de entretenidas (hola, nuevas Cazafantasmas) o con la sádica satisfacción de ver fracasar una y otra vez la misma franquicia (¿qué tal, 4 Fantásticos). En el caso que nos ocupa, ‘Buscando a Dory’ se sostiene principalmente por el vínculo emocional con ‘Buscando a Nemo’. O sea: técnicamente es impecable, y un timing cómico fantástico pero para niños de alma vacío como yo nos viene a dar un poco igual. No dudo de la grandeza de la primera, pero ésta me ha parecido hecha con el piloto automático. No lleva a los personajes a ningún sitio e, intuyo, que las diferencias de argumento vienen más por la localización de la acción que por el esquema narrativo.

Aun así, la grandeza de Pixar se hace evidente e impide que los no avisados nos quedemos mirando a la pantalla como las vacas ven pasar el tren. La película es técnicamente prodigiosa y tiene un sentido de la comedia fantástico. Mejor cuanto más se aleja de Dory, porque lo que era un recurso cómico en la primera película (intuyo) aquí se convierte en una constante. De hecho, la razón misma de que exista esta película.

Me he reído a carcajadas con ‘Buscando a Dory’ y me he quidado flipando de lo que consiguen hoy en día animando agua o plasmando la luz. Solo por eso, vale la pena haber visto esta película. También porque, creo, me ahorro ver la primera y saldo así mi cuenta con el Universo. Además, que la he visto doblada por Anabel Alonso y se supone que eso puntúa doble en esto del karma, ¿no?

Hablando de karma: me he ganado el cielo al verla en sesión de tarde dominical. Me fascinan estos padres que llevan a sus hijos al cine, cuando son tan pequeños que no son capaces de entender dónde están. Me ha dado mucha pena el niño que, en el tramo final de la peli, insistía en preguntar «¿Cuándo nos vamos?». Que antes las pelis de animación duraban poquito, pero ahora ya pasan generosamente de la hora y media. Y me pregunto qué habrá pensado esa madre que se ha gastado unos 50 euros en el cine esta tarde para que su hija le pregunte, agarradita de la mano bajando las escaleras, si la película se había acabado ya.

Estos hijos, el día que pierdan de vista a sus padres… ¿volverán a buscarlos? Pregunto.

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‘El niño y la bestia’

A los niños de la posmodernidad ya no nos importa qué cuento nos cuentan, sino cómo nos lo cuentan. Ni siquiera tienen por qué contárnoslo bien: si lo afean, sincopan o pervierten nos da lo mismo mientras sea CHULO. Si sólo pueden ofrecernos refritos de otras historias, por lo menos que nos sorprendan con la estética. Desde esta perspectiva, ‘El niño y la bestia’ es fantástica.

Las historias de las que está hecha ‘El niño y la bestia’ las hemos visto mil veces. La del niño que crece, la del maestro ahogado en la pereza y el alcohol, la del inocente devorado por la oscuridad… Incluso hay referencias explícitas a ‘Moby Dick’, en lo que se refiere a la venganza y, sobre todo, en el juego de espejos. Aun así, la experiencia en el cine se vive con una constante sensación de maravilla, sobre todo en el tramo inicial, que es espectacular. No me extraña que al director, Mamoru Hosoda, nos lo quieran vender como el nuevo Hayao Miyazaki. Ambos directores consiguen que dejes al adulto en la puerta y vivas sus historias con la fascinación de un niño.

Si contara aquí las sorpresas visuales de la película le estaría haciendo un flaco favor. Hay muchos tipos de spoilers y creo que los que se limitan al argumento no son los peores, precisamente. Pero no me puedo resistir a señalar, para que se entienda tanta efusividad por mi parte con la película, que me parecen sensacionales los distintos modos de fotografiar el mundo de los humanos, por un lado, y el de las bestias por el otro. O el uso inteligente del fuera de plano para darle más valor a las escenas. O que si ves la peli en una sala con un buen sistema de sonido (Phenomena, como fue el caso) amortizas directamente el precio de la entrada.

Sí que, quizás, el tramo central, centrado en la reconexión del protagonista con el mundo humano, se hace un poco largo. El peso recae más en el guión y pierde algo de magia, por lo que desmerece algo el resultado final y, para mí, la película no suba al mismo altar en el que tengo Chihiros y otras primas hermanas. De todos modos, le guardo un lugar especial en mi corazón. Su obsesión por sacar de manera tan realista el paso de peatones de Shibuya, con su Starbucks y su 109 al fondo, hace resonar dentro de mí una morriña que no me deja ser para nada imparcial.