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La era del teatrodisgusting: reflexiones tras ‘Blasted’ y ‘Mount Olympus’

Fui a ver ‘Blasted’ la semana después del ‘Mount Olympus’ de Madrid y, lo admito, a lo mejor me monté yo solo una película en mi cabeza. El caso es que ahora no sé si es que el montaje de Sarah Kane en el Teatre Nacional de Catalunya me decepcionó por blando o es que yo tengo una mente posmoderna totalmente depravada y sin moral alguna.

En capítulos anteriores: ‘Mount Olympus’ fue una movida en los Teatros del Canal que duró 24 horas seguidas pim pam y todo muy subido de tono. Yo no fui, que no soy nadie, pero he podido leer largo y tendido sobre el tema y me lo imagino un poco como la rave en ‘Matrix Reloaded’, pero con ambientación de tragedia griega y mucho más explícito. Con decir que al pobre Hércules le hicieron fist fucking en el escenario. Aunque fue a las 6 de la mañana, tras 11 horas de espectáculo y a lo mejor fue un sueño.

No creo fuera de lugar comentar que si Jean Fabre llegó a ese extremo en un escenario fue, en parte, gracias a que autores como Sarah Kane escribieran obras como ‘Blasted’, donde hay (así en plan spoiler abstracto) dos violaciones, un suicidio, canibalismo y a un personaje le arrancan los ojos con una cuchara. Las críticas furibundas sobre las orgías gratuitas y de mal gusto de ‘Mount Olympus’, no se diferencian tanto de las que, en 1995, ponían ‘Blasted’ como una cosa muy grosera y asquerosa.

Que, a ver, ‘Blasted’ yuxtapone la violencia de género en una pareja y el horror de la guerra, inspirándose en el conflicto de los Balcanes de principios de los 90. O sea que muy agradable de ver tampoco es que deba ser. El tema es que yo iba como muy preparado para sacudirme entero en el asiento y al final resultó que lo que me tuve que sacudir fue el sopor. Un poco. Pero vamos, que la cosa es de perfil bajo aunque vayas sin expectativas.

La primera violación se produce durante una elipsis temporal. La segunda, con la ropa puesta y una botella de agua mineral con gas simulando el orgasmo. Hablando de agua y de metáfora pacata, una bolsa de plástico rellena hace de bebé. O sea, que en la puesta en escena de Alícia Gorina todo es de supermentira.

Y aquí es donde me siento yo peor, volviendo a mi párrafo inicial. Mi parte cultureta quiere pensar que lo que importa que sea de verdad son los sentimientos. El texto, digamos. La puesta en escena es parte de una convención teatral y la directora nos presenta unos códigos visuales que son, eso: un lenguaje para entendernos. La intención es que esos códigos nos ayuden. Que, por el contrario, me saquen de la obra, me preocupa. ¿De verdad necesito ver un refrote piel con piel para sentir la crudeza del momento? Porque al final y al cabo el teatro no es solo una experiencia intelectual. Por lo menos para mí, la magia es la posibilidad de empatizar con un intérprete que tienes respirando a pocos metros. Para entender el texto, me lo puedo leer. Si me siento en la butaca, espero que sea todo más… cómo decirlo… ¿orgánico? ¿Tanto que me salpiquen los lefazos? Pregunto. Porque, al mismo tiempo, para entender que a Hércules las pasa canutas con la serpiente creo que no hace falta que le metan a nadie el brazo por el culo.

No sé, quizás es lo burdo de la resolución de las escenas escabrosas de este montaje de ‘Blasted’ en concreto lo que me ha dejado frío. Que omitan la primera violación, pero que entiendas perfectamente lo que ha pasado, es una cosa. Está bien. Es elegante. Lo de usar bolsas que son bolsas en lugar de bebés me parece dar un golpe de efecto formal en una dirección distinta a la que la autora pretendía.

Aunque, bueno, el ejército de señoras de Sants, público estándar en estas jornadas teatrales, salió revuelta de ‘Blasted’. O sea que va a ser que después de todo sí que va a ser una cuestión generacional…

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‘El perro del hortelano’: tribulaciones de una mujer Libra (Barcelona, Teatre Nacional de Catalunya)

A ver, esto de que Diana, la condesa de Belfor, es Libra me lo saco yo de la manga. Me tomo la licencia desde el petardismo que me caracteriza y la autoridad que me otorga mi amplia experiencia sufriendo la eterna indecision de los nativos de octubre.

También, un poco, para darle una dimensión humana a un personaje que de otro modo sería una perfecta hija de puta. En esto de no comer ni dejar comer hay un punto de sadismo bastante chungo que no se justifica si no es por alguna tara interna o algún elemento externo. En el contexto de la obra, está claro que es la diferencia de clase entre la condesa y su amado secretario el motor de tanta tensión. Pero en este frenético montaje de Helena Pimenta sobre la versión de Álvaro Tato hay tanta intensidad, es tan radical el balanceo entre el “no me importa el qué dirán” y el “mejor me caso con un marqués”, que solo puedes pensar que Diana es una loca perversa. O una Libra cuqui.

Claro que en ‘El perro del hortelano’ los personajes no son precisamente buenas personas. No hay un solo modelo de conducta. El mismo Teodoro es un trepa de manual sin escrúpulos, capaz de seguirle el ritmo a la loca de Diana. ¿Que me hace caso la condesa? Me caso y me hago conde. ¿Que no me hace caso? Me caso con la otra y mojo el churro. Aquí la banca nunca pierde. De hecho (spoiler) al final todo el mundo acaba contento, incluso los que se supone que tendrían que estar más puteados.

El público también, claro, que al final todo esto es comedia. Del siglo de oro y en verso, pero actualizada de un modo muy acertado. El texto suena a redondilla y soneto, al tiempo que el tono y el lenguaje corporal son muy contemporáneos. Del mismo modo, la puesta en escena tiene el esplendor de las enaguas y las pelucas barrocas pero también elementos modernos, como el uso expresionista de la iluminación e, incluso, un “amor ciego” en forma de maromo poderoso que va lanzando sus dardos por el escenario con pasos de baile de contemporáneo. Que vale que a lo mejor sale mucho, hasta en el cartel este intensito que se gastan en el TNC. Pero algún momento de respiro debe haber en las dos trepidantes horas de este montaje.

Esta versión de la Compañía Nacional de Teatro Clásico se pudo ver en Madrid el año pasado y está casi terminando su escala en Barcelona, en el Teatre Nacional de Catalunya. Queriendo decir con esto que 1) solvencia contrastada de directora y elenco entero del primero al ultimo, a ver si os vais a ir con el primer amateur que pase, y 2) más vale que os deis prisa si queréis verla por vosotros mismos.

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‘Ragazzo’: no t’atreveixis ni a tossir

Confesso que sóc un espectador tímid, dels que se sent còmode darrere de la quarta paret. Els espectacles teatrals m’agraden immensos, excessius, perquè com més gran és el que passa a escena, més petit i més llunyà puc ser jo. M’aterroritza la possibilitat que, algun día, un intèrpret hipermotivat em pugi a l’escenari i jo no tingui ni punyetera idea del que espera de mí.

Per aquest motiu, ja vaig posar el cul al seient una mica inquiet pel fet d’entrar a la sala pràcticament ensopegant amb el cos de l’Oriol Pla, únic actor de ‘Ragazzo’. El que poc m’imaginava és que justament d’això va l’obra: de penetrar en la comoditat del públic i fer que es regiri en el seu seient.

En aquesta intenció s’entrelliguen dramaturgia i interpretació d’una manera especial.

D’una banda, el text de la Lali Álvarez, qui també es directora del muntatge. ‘Ragazzo’ és un monòleg vibrant, que durant hora i mitja llargues dibuixa amb gran efectivitat un protagonista carismàtic i ens endinsa en el clima prebèl·lic de la reunió del G8 a Gènova, el 2001. És, per tant, un relat des de l’interior de l’activisme que, pel meu gust, funciona millor com menys activista es mostra. Hi ha moments en què les consignes i explicacions resulten redundants en un context de rendició absoluta de l’espectador i, en certa manera, desmereixen el clima general de l’obra.

Potser si l’intèrpret de l’obra no fos tan excepcional farien més servei. Però. ¡Però! És literalment increïble el prodigi físic de l’Oriol Pla a escena. Els seus esclats d’hiperactivitat t’arrosseguen al centre del camp de batalla. Cada passa i cada salt se saben coreografiats al mil·límetre i, just per això, es perceben súper naturals. Però també té moments de subtilesa que fan que, o bé t’acostis a ell en sentir la seva rialla, o et sentis descobert si se t’acut tossir o fer cruixir la teva butaca.

No ets sents segur, a la teva butaca del Teatre Lliure, durant ‘Ragazzo’. No hi ha quarta paret. Però bé. Molt bé. Aquí, es tracta d’això.

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‘Priscilla, reina del desierto’: el musical definitivo

Ya hace un par de años largos que ‘Priscilla, reina del desierto’ se estrenó en Madrid. Ahora anda de gira por España y yo me muero de ganas de irme con ellos y que no me dejen nunca.

Las canciones

El motivo más obvio para esta obsesión con ‘Priscilla’ es la parte musical. Aunque no es la que me hace sentir más orgulloso. Al final, somos seres vagos y débiles que vamos a lo seguro: es mucho más fácil ir a ver un musical del que conoces las canciones que arriesgarte a ver algo nuevo. Pero, en este caso concreto, a ver quién es el valiente que se resiste.

No estamos hablando de tragarte hora y media de gente en mallas para escuchar un ratito de ‘Memory’. En ‘Priscilla’ aparece hit tras hit de solvencia contrastada. En el peor de los casos, si no los has escuchado nunca antes, es imposible que no te arrastren con su poderío pop. En el caso más común, que es haberte comprado la entrada a ritmo de ‘I Will Survive’, la realidad supera cualquier expectativa y sólo tu propio sentido del ridículo te frena de participar como uno más en el show.

Vale, las canciones ya estaban en la película original. Pero, eh, aquí escribe uno que fue a ver ‘Sister Act, el musical’ todo emocionado y se llevó el chasco de su vida al ver que no había ni una sola canción de la peli.

La puesta en escena

Recuerdo la sensación de apabullamiento al ver la obra en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid. De sentir cómo me caía dentro del espectáculo casi literalmente porque hay momentos en los que pasan muchas cosas espectaculares al mismo tiempo en escena.

Algunas de ellas se abalanzan literalmente sobre el público, como las tres divas que descienden de los cielos a cada momento con sus portentosas voces. Luego está la maravilla de contar con un autobús en el escenario que, lejos de molestar en plan armatoste, permite un nivel de virguería impresionante: lo abren, lo cierran, lo giran, lo quitan, lo ponen…

Y, por supuesto, está la cuestión del maquillaje y vestuario, que es casi obsceno. Hay hasta modelos de salir a saludar, al final de la obra, cosa que me parece una locura fantástica y una sobrada de esas de ‘porque yo lo valgo’. Sublime.

Los personajes

‘Priscilla’ es una road movie (o como se llame el equivalente en teatro), por lo que la trama es lo de menos. Lo que importa es el viaje, sobre todo el emocional que hacen los personajes.

En ese sentido, el planteamiento es simple. Bernadette y Felicia son los polos opuestos en eterno conflicto. La vieja gloria que peleó por cada uno de sus derechos (ya no digamos por los privilegios) y la alocada joven que, aparentemente, se lo encontró todo hecho. En medio, Mitzi, necesario pivote sobre el que giran las otras dos y que brinda el contexto en el que las diferencias terminan siendo menos radicales de lo que parecían.

Si algo tan arquetípico funciona tan bien es, sobre todo, por el talento y el carisma de los actores. Algo que se puede decir de los tres protagonistas, claro está, pero que es extensible a todo el elenco. En ‘Priscilla’ hay lugar para todos: para enamorarte de las tres divas a la vez, descubrir actores revelación como Christian Escuredo y hasta para robaescenas a golpe de vagina como Etheria Chan.

Es un lugar feliz

‘Priscilla’ te arranca de la butaca y te envuelve en un espectáculo colorido lleno de gente estupenda. Desde el primer momento se establece una dinámica de buen rollo y diversión tan embriagadora que, cuando aparece el drama, requiere cierto esfuerzo cambiar la perspectiva.

Me pareció curioso que, en las dos ocasiones que he visto la obra, parte del público rompiera a reír en un par de momentos donde irrumpe la homofobia. Punto a favor del texto, que consigue detener la carcajada-porque-sí y gestionar el ritmo, haciendo que el público se replantee lo que está viendo y no caiga en una simple dinámica de guateque.

Incluso con los sustos y los inevitables tragos amargos, ‘Priscilla’ es de esas joyas que no quieres que acaben nunca. Que no te abandonen los personajes, que no se lleven la música, que no apaguen las luces.

¡Que se me lleven con ellos de gira!

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Tres motivos para ver ‘Relato de un náufrago’ (Barcelona, Teatre Lliure)

Si estuviste atento en el cole cuando explicaban Gabriel García Márquez, ya sabrás todo lo que hay que saber sobre ‘Relato de un náufrago’. Seguramente se te hayan escapado perlas, como que en 1996 sirvió de inspiración para un videoclip de Isabel Pantoja (!!??), pero lo básico lo tienes cubierto. Puede que te interese la adaptación teatral del libro por su trasfondo político, el punto de inflexión que supuso en la vida del escritor o por la reflexión sobre la autoría en el arte.

Si, por el contrario, los libros de Gabo se te caían de las manos o tú eras más de la Rodoreda, hay tres razones morrocotudas para ir al Teatro Lliure (de Gràcia) a ver ‘Relato de un náufrago’:

La adaptación del texto

El libro de García Márquez se transforma en un monólogo teatral a dos voces: la del náufrago que vivió la experiencia de pasarse 10 días a la deriva en una balsa y la del autor que le dio forma literaria para contarla al gran público. Gran parte del interés de la obra está en ver cómo encajan estas dos perspectiva que, además, se complementan con ‘la versión oficial’ del régimen. Pero, sí, sigue siendo un monólogo. Si cuando digo que la adaptación (de Ignacio García May) es un motivo de peso para ir a ver la obra, es que lo es.

El trabajo actoral

Este monólogo bitonal no funcionaría sin unos actores en perfecta sintonía. El texto fluye de un lado a otro del espejo, va, vuelve… un personaje termina la frase del otro, se corrigen mutuamente, concluyen ideas al unísono. Ni la intensidad de la obra (hora y media del tirón) ni la rigidez en el texto son obstáculo para que la magia ocurra.

Emilio Gutiérrez Caba es el autor y Àngel Llàcer es el náufrago. Lo de Llàcer va más allá de la interpretación y se mete en el terreno de la coreografía, prácticamente. Es fascinante verlo clavar cada movimiento de forma inconsciente, inmerso en el texto. Ante semejante despliegue, el papel de Gutiérrez Caba es el de generoso compañero de escena que eleva el conjunto. Que no es poco.

La escenografía

A veces, por más explicaciones que se den, la evidencia termina gritándote a voces desde el escenario. El barco pirata de ‘Mar i Cel’. El autobús de ‘Priscilla’. La mesa-balsa de ‘Relato de un náufrago’. Dejar de citar a Jon Berrondo por sacarse de la manga el concepto más molón de los últimos tiempos sería un crimen. Podrías darles a los mismos actores el mismo texto, pero si les quitas la mesa ya no sería lo mismo.

Estas tres razones apuntan, claro está, a la dramaturgia de Marc Montserrat-Drukker. Nada en este juego de voces y ecos es casual, ni siquiera los momentos de metaficción más locos, como las citas al Donald Trump de las elecciones de 2016. La verdadera grandeza de todo esto es que, con semejante material y recursos, incluso parece fácil e inevitable que ‘Relato de un náufrago’ sea la gran obra que es.

 

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‘Infàmia’: de vocaciones y otras intensidades

Eva Dolç es una profesora de interpretación despiadada. Tiene triturados a sus dos alumnos, que encajan los golpes como pueden. Ella, Sara, se aferra a estas lecciones en plan masoquista como su última oportunidad de conseguir un papel relevante en una obra de teatro, a sus 32 años. Para él, Aleix, todo es más relativo porque ya sale en una serie de la tele y, oye, hoy en día eso viene a ser el éxito. Cuando la tensión de este triángulo de personajes parece haber llegado a un punto de no retorno aparece Toni, un veterano actor de éxito capaz de hablarle a Eva de tú a tú y darle donde le duele.

Teatro dentro del teatro, ‘Infàmia’ pretende reflexionar sobre el oficio actoral. Si la cosa va de abrirse las carnes en cada función para transformarse en otra persona, ¿cuánto tiempo se puede aguantar tanta tormenta emocional? Si uno opta por distanciarse y desenvolverse en el escenario de forma mecánica, ¿representa un timo para el espectador? ¿Qué pasa cuando uno abandona su vocación poderosa a pesar del éxito? ¿Y cuando el éxito no llega a pesar del poder de la vocación? Por cierto, ¿qué es el éxito? Evidentemente, cada uno de los cuatro personajes aporta su punto de vista sobre estas cuestiones.

La obra también trata de forma explícita de la relación que los espectadores establecemos con lo que ocurre en escena. Por eso me permito decir, que sí, que muy bien, pero que ‘Infàmia’ puede trasladarse a existencias con menos glamour dramático. Todos nos cuestionamos, en mayor o menor grado, si lo que estamos haciendo en la vida nos llena completamente y hasta qué punto estamos dispuestos a abrimos a los demás y su tormenta emocional.

‘Infàmia’ está hecha por encargo y eso se nota. Incluso la sala donde se representa, La Villarroel, es el marco ideal para este juego meta: el escenario está situado entre dos gradas de butacas, de modo que los espectadores de primera fila están literalmente en escena. A su vez, el autor, Pere Riera, puso como condición que Emma Vilarasau protagonizara la obra. Ella está intensa, como no podía ser de otro modo. Dándole réplica, un Jordi Boixaderas que también parece tener un papel escrito a medida. Los dos representan los actores veteranos, cada uno con su concepto de la profesión y el peso de las decepciones a sus espaldas. En cuanto a los jóvenes, Anna Moliner está maravillosa en su trauma de querer vivir el Arte con mayúsculas a pesar de haber fallado al mundo y a sí misma por no haber triunfado antes de los 20 años, mientras que Francesc Ferrer desengrasa y ofrece contrapuntos de comedia con un personaje menos implicado en todos estos dramas de actores.

Aunque ya digo que cada espectador se verá reflejado a su modo en esta obra, es innegable que cuanto más espacio tengamos en nuestro corazón para las artes escénicas, más nos resonará esta ‘Infàmia’. La excusa argumental de que los personajes estén ensayando un ‘Hamlet’ ofrece innumerables momentos de fascinación, hasta llegar al intenso broche final del espectáculo.

‘Infàmia’ estará en cartel hasta el 28 de febrero en La Villarroel. Dura 1h 35′, no hay entreacto y se representa íntegramente en catalán del bueno.

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‘La plaza del diamante’

Sentada en un banco, la señora Natàlia empieza a rememorar su vida desde el momento en que un tal Quimet la saca a bailar. Para ella todo empieza en ese entoldado de la plaza del Diamante y, aunque nosotros ya sepamos cómo termina, asistimos al relato de esa mujer con el corazón en un puño.

La responsable de ello es Lolita Flores, que durante hora y pico desarrolla este monólogo. Ella nos toma de la mano, explicándonos la inocente aproximación al matrimonio de una niña, y ya no nos soltaremos aunque crucemos por el horror de la guerra y nos encontremos frente a una mujer desesperada al borde de la locura homicida. Todo ello sin florituras, sin apenas moverse del sitio, adoptando cierta monotonía al desgranar los diferentes episodios de su vida. Se me ocurren mil tópicos sobre interpretaciones orgánicas y simbiosis de actriz y personaje, pero me temo que para quienes no hayan mirado a los ojos a Lolita sobre escenario cualquier cosa se queda en eso, en una frase hecha.

Esta es la segunda versión teatral que Joan Ollé hace de la novela de Mercè Rodoreda. Es un montaje minimalista, en el que la puesta en escena consiste en un banco y una guirnalda de luces. También hay una sola actriz que narra toda la historia, en lugar de las tres actrices de distintas edades de la primera versión. Es una apuesta arriesgada que repercute en el ritmo de la obra pero que beneficia notablemente la empatía del espectador.

Reducir la novela a la esencia, a la voz de la protagonista narrando su historia, es un acierto. Incluso teniendo en cuenta lo familiarizado que está el público catalán con el texto (bueno, espero que siga siendo así). De hecho, es incluso un valor añadido que el testimonio de la protagonista ejerza de filtro sobre lo que, como lectores, ya sabemos. Es curioso percibir la versión entrañable de Quimet a través de los ojos inocentes de Natàlia, incluso cuando le impone algo tan irrespetuoso como cambiarle el nombre a Colometa. Por poner un ejemplo. Por eso, para mí, este montaje está más cerca de la novela original que la película protagonizada por Silvia Munt en 1982 y que diría que es el referente del 90% de espectadores de la versión teatral.

‘La plaza del diamante’ estará en el Teatre Goya de Barcelona hasta el 3 de mayo (para ceder escenario a ‘Guapos & pobres, el musical’) pero solo para seguir una gira que empezó hace meses en Madrid.

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‘Montenegro’

Asistir a una representación de ‘Montenegro’ requirió cierto trabajo de investigación previo. A mi edad ya se me atragantan las propuestas que van de modernas, por muy avaladas que vengan por grandes nombres. Desde que vi en el mismísimo Liceu de Barcelona a un Don Giovanni ponerse a jugar con muñecas vestidas de hawaiana justo antes de que se lo lleven los demoños (perdón por el spoiler) ya no me fío un pelo.

En este caso concreto, además, la amenaza del factor moderni era realmente patente, teniendo en cuenta que la esencia misma del espectáculo era refundir en una sola representación tres obras de Valle-Inclán, las conocidas como ‘Comedias bárbaras’. La excusa perfecta para que el dramaturgo de turno sometiera el material original a su capricho creativo. No contribuyó a mi tranquilidad el hecho de leer que Valle-Inclán poco menos que consideraba sus obras como impracticables, en el sentido que las acotaciones y necesidades de la puesta en escena se excedían más allá de las limitaciones del teatro. Por lo que desde su concepción nos encontramos con textos pensados para ser leídos y no representados. Hemos cantado línea, vamos para bingo.

Mis temores se disiparon al poco rato de empezar la función. Las excentricidades se reducían a aspectos formales de la puesta en escena, con soluciones a problemas concretos como por ejemplo el mogollón que se te forma para poner en el escenario un caballo, seguido de un barco, seguido de dos caballos más, un par de perros y un rebaño entero de ganado. En ese sentido, me pareció muy acertado y plásticamente bien resuelto que fueran los actores mismos quienes se cosificaran en los elementos de atrezo necesarios en cada momento. Decididamente la escenografía era uno de los puntos fuertes del espectáculo, con destacables trabajos de iluminación y, sobre todo, vestuario.

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Foto: Valentín Álvarez

En cuanto al argumento, no sé si por condicionamiento previo, quise ver ciertas lagunas e inconsistencias causadas por los obligados recortes en las tres obras originales para embutirlas en una de sola, por más que ésta dure dos horas largas. No es ya que haya personajes que queden solamente apuntados o reducidos al arquetipo, sino que hay tramas enteras que desaparecen con ellos en el momento en que dejan de ser necesarios.

En ‘Montenegro’ se apuesta todo a la conexión emocional con el espectador. Prácticamente la obra se siente, más que se ve. Los personajes gritan, gritan todo el rato, dejándose llevar por pasiones viscerales. Se pegan, se follan, se disparan y se violan mientras nos cuentan la historia de los Montenegro, una familia donde el patriarca es un cabrón que aún conserva cierta caballerosidad de los viejos tiempos pero los hijos son genuinamente perversos y egoístas. Así que el nuevo orden de las cosas se impone de un modo convulso y violento en el que, si por si acaso el espectador se sintiera a salvo con tanto estruendo, incluso te aparecen actores de la nada por el patio de butacas llorando a lágrima viva o enarbolando incensarios.

Para mí éste es el gran acierto de esta obra. Más allá del audaz ejercicio de estilo, que para quienes desconocemos las fuentes resulta menos valorable, el éxito radica en una puesta en escena impecable que hipnotiza y un magnífico trabajo actoral.

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Foto: Valentín Álvarez

Con todo, esta intensidad es difícil de mantener en una representación tan larga. Desde la audacia que otorga la ignorancia, puesto que no conozco los textos originales, me parece que el trabajo de adaptación de Ernesto Caballero podría haber ido un poco más allá y haber llevado al extremo su propia interpretación. Curiosa ironía la mía, de acercarme con cautela a la versión para acabar pidiendo más. Pero es que en este relato desarbolado de sus tramas secundarias y matices el protagonista se erige en el representante abstracto de los últimos coletazos del feudalismo. Lo cual conlleva que, sabiendo cómo acabará la cosa, el trayecto se antoje poco interesante por sí mismo.

Por otro lado, hay dos elementos que abaratan considerablemente el montaje. Uno es el hecho de que los actores principales usen micrófonos, lo cual me parece una ordinariez. Y una chapuza, si tenemos en cuenta que los quienes no lo llevan apenas se oyen en comparación. Es algo que no me esperaba de un Centro Dramático Nacional y un Premio Nacional de Teatro. El otro elemento es la omnipresente música, que subraya el dramatismo de las escenas de un modo tan abusivo y ajeno a la diégesis que resulta anticlimático.