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Box populi Domini sui vocem

‘OT 2017’: en este pase de micros me maté yo

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Alfred medio aturdido, medicado después de haber tenido un ataque de ansiedad momentos antes. Cantando en piloto automático, desde el instinto y aferrándose a la música. Como, sospecho, lleva haciendo toda su vida Su pase individual se lo saltaron, pero quiso hacer el dúo.

Amaia, tan dulce como siempre. Si no más. Parece que cante para darle fuerzas a Alfred. Se acarician para reconfortarse, más allá de la ternura que inspira la canción. Antes de empezar comentan cómo sentarse y qué hacer y les sale natural ponerse cara a cara y formar un corazón con sus brazos.

Yo ya digo siempre que soy más de realities que de Eurovision. Por eso no me sabe nada mal que esta semana estemos viviendo la resolución de las tramas de la Academia más que la preselección española. Según lo veo yo, los temas propuestos le dan la espalda al festival y se concentran en lo que (me) importa: los concursantes de ‘OT 2017’. Este video de Amaia y Alfred contiene la esencia de lo que ha sido el programa y me da lo mismo que en Europa no lo entiendan o que el tema se parezca a anteriores canciones del festival. La emoción de verlos ahí, así, y la satisfacción de que esto acaba como tiene que acabar no la cambio por un top 10 en Lisboa.

Lo mismo aplica al resto de finalistas. Quizás los temas no han sido escritos para ellos, con su nombre y apellidos pero me parece evidente que se los han asignado para encajar en el concepto de artista que cada uno se ha trabajado durante el programa. Quizás odiemos las canciones desde un punto eurovisivo, pero los seguidores de ‘OT’ podemos leer de dónde viene cada decisión detrás del reparto.

El pequeño eurofan que empiezo a ser llora, claro, porque un año más parece que vamos a tomarnos Eurovisión como un trámite más que hay que cumplir por estar en la UER. Pero, mira, yo que sé… apenas llevamos un año de ‘A Million Voices’ y en cambio son 18 desde ‘Gran Hermano’. ¿Mentiendes?

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Ars gratia artis

‘El gran showman’: no dejes que la realidad te mejore una peli mediocre

Me siento solo en esto de decir que ‘El gran showman’ es una castaña importante. Lejos de parecerme el rico helado de piña para el niño y la niña, la película me hace aguas por todas partes. Y que conste que no hablo (solo) por despecho. La primera vez que la vi, efectivamente, mis expectativas de encontrar la nueva ‘Moulin Rouge’ fueron destruidas sin compasión en los diez primeros minutos. Culpa mía por tragarme el trailer. Pero es que volví una segunda vez, masoca de mí, para verla con ojos desapasionados y el espíritu libre. Ni así. Menudo rollo, colega.

‘El gran showman’ es una interpretación libertina de la vida de P.T. Barnum. Poco más se puede decir sin caer en el error, porque cualquier afirmación adicional puede ser mentira. A fuerza de hacer avanzar escenas no se profundiza en nada, por lo que la sensación es que todo el brilli brilli está al servicio de la moraleja final y poco más. No estamos ante un biopic en el que importe la vida, obra o personalidad del protagonista. Tampoco es una historia sobre la evolución del circo, en su concepto más genérico, ni la de este circo en concreto, refiriéndonos a la troupe de Barnum. Las relaciones familiares (y todas las demás) están dibujadas con brocha gorda, como todo en la película. Y así no se puede.

Por ejemplo, el circo de Barnum pasa de museo de cera a espectáculo de varietés completo en un solo número musical. Ahí, quemando mecha. No hay sentimiento de triunfo, ni de esfuerzo, ni de comunión entre compañeros, ni de nada. Eso sí, requetechuli el número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Por ejemplo, Barnum se curra ahí un número musical todo virguero con unos chupitos de whisky para convencer a Carlyle de que se una al negocio. La clave es que el personaje de Zac Efron le tiene que dar una pátina de dignidad al espectáculo para que la clase media-alta acuda al circo. Y digo yo… ¿qué hace Carlyle una vez en el curro, además de enamorarse y hacer de cover de Barnum? Nada. O sea, nada. El espectáculo es exactamente el mismo antes y después de los chupitos: un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Por ejemplo, el drama recurrente que parece ser el eje motor de la película es que Barnum no tolera que infravaloren su arte. Que lo llamen chanchullero y que digan que el circo es una cosa menor basada en la mentira. Y, sí, vemos como Barnum monta un espectáculo con un montón de freaks, en el sentido más Tod Browning. Pero es curioso observar que le pone zancos a un tío que ya tiene gigantismo (y que es ruso, no irlandés). O que al más gordo del lugar le añade cojines bajo la camisa para hacerlo parecer… gordo. Y toda esta movida convive con una mujer barbuda, que es mujer de verdad y barbuda de verdad, y con un tío peludo al que llaman “el chico perro” (menos mal que son sus amigos) y con otro con escamas en la cara. Que, obviamente, están puteadísimos y se marcan uno de los números estrella de la peli, con canción-alegato-power-inspiradora. O sea, la mujer barbuda, el chico con hirsutismo y el que tiene psoriagrís reivindicando su derecho a ser auténticos y tal como son al lado del gordo de los cojines y el alto de los zancos (y que es ruso, no irlandés). Todo muy confuso. Por cierto, la manifestación pro-freak culmina en… un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Luego, hay decisiones de estilo muy cuestionables. Si en ‘Moulin Rouge’ el empaste entre ambientación de época y canciones contemporáneas quedaba fenomenal, sobre todo gracias al lenguaje visual que Baz Luhrmann desplegaba en el minuto 0, aquí la mezcla queda forzada y extraña. No hay nada en la película (ni dentro de ella ni en la forma de estar rodada) que justifique tanta gloria sandunguera. El despiporre ya es cuando te presentan a una súper estrella de la ópera que cuando le dan la ocasión de abrir la boca se pone a cantar un descarte de Broadway en vez de una aria. ¡Por lo menos no es Lady Gaga!

Total, un cuadro. Ni siquiera puedo alabar la grandiosidad de los números musicales porque, habéis adivinado, la mayoría son un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo. Que no está mal, ojo cuidao. Pero no están a la altura de la superproducción que pretende ser ‘El gran showman’. El mal uso del espacio y el abuso (pero abuso) del ordenador a mí me dio claustrofobia. Me daba la sensación de que rodaron en el comedor de casa de Hugh Jackman, todos apiñados en el centro después de haber arrinconado la mesa, y que lo demás es chroma. Cuanto más grandes y magníficos parecen los elefantes que dibujan, peor. El único número que yo destacaría es el de Zac Efron y Zendaya y todo el sube-baja del trapecio… en la pista central del circo.

Es una pena que la película se pierda no sé muy bien en qué, cuando la vida real de P.T. Barnum es apasionante, a poco que le deis dos tientos a la Wikipedia. No entiendo el invent sexy-fucker de la película en la relación con Jenny Lind. O sí, lo entiendo del mismo modo en que percibo el acento pijo de Londres que gasta una señora que representa que es sueca: si Hugh Jackman es bello, Rebecca Ferguson es bella y el acento británico es bello… ¡a follar! Es imposible que haya otra opción en una estructura tan  simplista. Ya son ganas de desperdiciar un montón de historias con posibilidades. Hasta el disperso de Ryan Murphy dibujó mejor un freak show en la temporada correspondiente de ‘American Horror Story’. Para qué profundizar más en los personajes si el enano ya triunfa y resulta la monda cuando suelta sus frases cachondas.

Pero, vaya, válgame Dios de decirle a Bill Condon lo que tiene que hacer. Y que se ve que la música de la peli la han hecho los de ‘La La Land’ y, bueno, para qué quieres más. Ojalá me hubiera gustado, que necesito un nuevo ‘Moulin Rouge’ en mi vida. Pero es que como dijo aquella: ‘buah, qué horror’.

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Domini sui vocem

Lady Gaga: Joanne Tour, Barcelona, 14 de enero de 2018

Lady Gaga trajo, por fin, su coño a Barcelona. Un coño más grande que todo el Palau Sant Jordi. Mis preocupaciones sobre cómo sería el espectáculo y en qué se iba a centrar Gaga en esta era country resultaron vanas: Gaga se centra en Gaga. Más grande que el Sant Jordi y más grande que la música.

Personalmente tengo sentimientos encontrados. Por un lado, ayer me gustó todo mucho más cuanto más se alejaba del concepto de giras anteriores. Pero, al mismo tiempo, la Gaga ‘badromancera’ es imprescindible. Por más que lleve con la misma puta coreografía desde el principio, su modo de bailar entre la pasión alucinada y la autoconciencia paródica es parte del mito. Cuando actúa como si la estuviera doblando Desahogada, Gaga es más Gaga.

Lo peor de la noche fue, sin duda, el sentido del tempo del espectáculo. No sirve de nada levantar un estadio entero con ‘Telephone’ para dejarla a medias en seco, lo mismo que interrumpir ‘Joanne’ para cambiar de set es un rollo, sobre todo si el reprise es una versión más interesante que el original. Los entreactos para cambiarse de peluca se vivían como un descanso para mirar el móvil y hacer un pis.

Luego hay cosas que lo Gagas o lo dejas, como el minuto de reloj que pasa después de ciertos temas en los que ELLA se queda congelada bajo el peso de su propia intensidad, recreándose en el aplauso del público. O los discursos de igualdad, paz y amor que se pega la tía, que suenan tan antiguos como la coreo del ‘Bad Romance’. De verdad que cuando habla de eventos que te sacuden y te cambian la vida de un modo que ya no reconoces quién eras antes de eso y te dejan cicatrices de por vida (sic) no puedo evitar pensar que qué mierda de vida sin eventos tengo. Por no hablar, y me voy a meter un jardín, que unirse al dolor por el atentado de las Ramblas a estas alturas  suena forzado (y más si lo haces tres veces durante la velada). Pero así es Gaga, ya digo, intensa como el fuego de tres soles y tan universal como… el… universo.

Pero, vaya, que no, que maravilla. Conciertazo de los que aunque duran dos horas y media saben a poco. Ya digo que me sonaron mucho mejor los temas nuevos, favorecidos por una puesta en escena flexible. Por ejemplo, el arranque con ‘Diamond Heart’ y ‘A-YO’ en un escenario apenas desplegado tuvo unos ecos rockeros fantásticos. Luego, con los temas mamarrachos, llegaría el desparrame de pelucas y plataformas móviles. Quién me iba a decir que ‘Scheiße’ sería uno de los momentos de la noche…

Viendo el concierto de anoche me dió la sensación de que Lady Gaga está en un momento muy dulce. Algo irónico teniendo en cuenta que no es su mejor época en ventas y relevancia. Pero desde el punto de vista artístico tiene a una legion fiel de ‘pequeños mostros’ (que decía ella ayer) a los que se ha unido público algo más talludito gracias a la innegable calidad musical de sus últimos temas. Hay un montón de gente a la que no solo le gusta ‘A Million Reasons’, sino que también conoce versiones acústicas de ‘Paparazzi’ que funcionan a la perfección.

Todo esto, además, teniendo en cuenta que Lady Gaga es infalible en un escenario. Ni fibromialgia ni leches, lo de anoche fue un despliegue de prodigio físico y capacidad vocal. Con todo su coño.

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Ars gratia artis

‘Insidious: la última llave’: tribulaciones de una cazademonios madura

La protagonista de ‘Insidious: la última llave’ es una mujer de 70 años. Solo este hecho ya debería despertar nuestro sentido de la maravilla. Las Tangina Barrons de la historia han sido reivindicadas en la figura de Elise Rainier, que tras cuatro películas se erige en el personaje central de toda la franquicia. Las mediums ya no necesitan ser señoras friquis ni hace falta llamar a un señor cura con pinta de boxeador para erradicar al demonio.

A partir de ahí, ‘Insidious 4’, que es como la llamamos cariñosamente en casa, es ante todo coherente: una peli de terror sin hormonas y una pieza más en el complejo puzzle de una saga. Podrá interesar más o menos (en Rotten Tomatoes parece que interesa poco), pero hay que reconocer el tremendo sentido del pulso que Leigh Whanell mantiene sobre el timón de ‘Insidious’. Incluso con su amigui James Wan ocupado en otras cosas.

Aquí no hay cuotas de adrenalina y testosterona que cumplir. Hay sustos, sí, y algún que otro golpe de efecto y maquillaje malrollero. Pero el mal rollo de verdad se desata cuando Elise se pone a hurgar en su propio pasado. Casi sin salir de casa ni cruzar al más allá, como mandaría el canon. Lo interesante en esta historia está aquí y lo que hay al otro lado de la puerta es secundario. Esto incluye al demoño de turno, que sin resultar anecdótico termina siendo algo genérico.

Si por esto hay que decir que ‘Insidious 4’ es más peli de misterio que de terror, pues se dice y ya está. Que la pasión por el susto ni la devoción al género no os estropee la diversión.

La cuarta película de esta saga consigue, además de ser muy disfrutable, atar un montón de cabos de lo que se ha contado hasta ahora y, además, abrir la puerta a nuevas expansiones en la franquicia. Que, a ver, tal como están las cosas me parece un triunfo brutal. De la hermosa sororidad que se plantea en esta entrega nace el germen de una nueva heroína. Puede que Elise no pueda jubilarse jamás (que el Mal no descansa), pero a lo mejor Lin Shaye está ya hasta el toto de interpretarla.

¡Larga vida a ‘Insidious’! O no.

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Acta est fabula

‘El perro del hortelano’: tribulaciones de una mujer Libra (Barcelona, Teatre Nacional de Catalunya)

A ver, esto de que Diana, la condesa de Belfor, es Libra me lo saco yo de la manga. Me tomo la licencia desde el petardismo que me caracteriza y la autoridad que me otorga mi amplia experiencia sufriendo la eterna indecision de los nativos de octubre.

También, un poco, para darle una dimensión humana a un personaje que de otro modo sería una perfecta hija de puta. En esto de no comer ni dejar comer hay un punto de sadismo bastante chungo que no se justifica si no es por alguna tara interna o algún elemento externo. En el contexto de la obra, está claro que es la diferencia de clase entre la condesa y su amado secretario el motor de tanta tensión. Pero en este frenético montaje de Helena Pimenta sobre la versión de Álvaro Tato hay tanta intensidad, es tan radical el balanceo entre el “no me importa el qué dirán” y el “mejor me caso con un marqués”, que solo puedes pensar que Diana es una loca perversa. O una Libra cuqui.

Claro que en ‘El perro del hortelano’ los personajes no son precisamente buenas personas. No hay un solo modelo de conducta. El mismo Teodoro es un trepa de manual sin escrúpulos, capaz de seguirle el ritmo a la loca de Diana. ¿Que me hace caso la condesa? Me caso y me hago conde. ¿Que no me hace caso? Me caso con la otra y mojo el churro. Aquí la banca nunca pierde. De hecho (spoiler) al final todo el mundo acaba contento, incluso los que se supone que tendrían que estar más puteados.

El público también, claro, que al final todo esto es comedia. Del siglo de oro y en verso, pero actualizada de un modo muy acertado. El texto suena a redondilla y soneto, al tiempo que el tono y el lenguaje corporal son muy contemporáneos. Del mismo modo, la puesta en escena tiene el esplendor de las enaguas y las pelucas barrocas pero también elementos modernos, como el uso expresionista de la iluminación e, incluso, un “amor ciego” en forma de maromo poderoso que va lanzando sus dardos por el escenario con pasos de baile de contemporáneo. Que vale que a lo mejor sale mucho, hasta en el cartel este intensito que se gastan en el TNC. Pero algún momento de respiro debe haber en las dos trepidantes horas de este montaje.

Esta versión de la Compañía Nacional de Teatro Clásico se pudo ver en Madrid el año pasado y está casi terminando su escala en Barcelona, en el Teatre Nacional de Catalunya. Queriendo decir con esto que 1) solvencia contrastada de directora y elenco entero del primero al ultimo, a ver si os vais a ir con el primer amateur que pase, y 2) más vale que os deis prisa si queréis verla por vosotros mismos.