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Domini sui vocem

Florence + The Machine ‘How Blue Tour’: encontré una nueva fe

No hay nada como conocer cara a cara a las personas. Esta verdad universal aplica tanto a esos contactos del Facebook con los que llevas meses intercambiando likes como para las bandas de música. En mi caso, acudir al concierto de esta noche de Florence + the Machine ha servido para pasar de una condescendencia tirando a fría al fervor más absoluto. Soy un Florencer. O Machiner. O como coño se llamen.

Siempre me había parecido que había una distancia enorme entre la intensidad que vende Florence Welch, con esa teatralidad de cuento de hadas, y su música, que es lo que verdad importa. Aunque reconocía buenas canciones y una calidad vocal intachable, el hecho es que no me emocionaba de ese modo absurdo y entregado con el que, para mi bochorno, sucumbo a los encantos de cualquiera matada popera de turno. Por tanto, esa carga estética de la Florence, ese despliegue de gasas etéreas, coronas de flores feéricas y mohínes de caer tuberculosa perdida al suelo en cualquier momento me desconcertaban. No había para tanto, hombre.

He tenido que ir a un concierto suyo para entender que sí, que hay para tanto y algo más. Los discos de Florence + the Machine no les hacen ninguna justicia. Incluso ahora que me he puesto sus canciones para escribir esto suenan como si estuvieran encerrados ahí bien en lo hondo del CD. Ni siquiera la portentosa voz de Florence suena como debería sonar.

Con razón sufría minutos antes del concierto, con el escenario ya a la vista, pensando si a la pobreta no se la comería la Nada en el Sant Jordi. Además, el despliegue no es pequeño: la banda típica misma de batería, guitarra, bajo y teclista queda casi engullida por un set completo de percusión, coristas y hasta un cuarteto de viento metal. Que no falte de na’. ¿Se sobrepondría Florence al empuje de timbales y trombones? ¿Sería capaz de mover a la gente en un espacio tan grande?

La respuesta a esta y otras preguntas, respondidas en menos de un minuto de reloj. Lo que ha tardado el puto Palau Sant Jordi entero en corearle la primera canción. Jamás en mi vida he visto público tan entregado de forma tan masiva (han llenado lo que han querido) ni de un modo tan simbiótico. Es que, por el amor de Dios, hasta el acompañamiento de palmas surgía de modo espontáneo desde pie de pista hasta la grada más alta. Es difícil conservar el escepticismo cuando hay tanta magia alrededor.

Técnicamente el concierto ha sido impecable. Un diseño de luces fantástico y efectivo, a la par que efectista, y una escenografía simple que en ningún momento ha sido limitante. Jamás volveré a burlarme de los vídeos en vertical, porque las virguerías que se veían en las pantallas laterales del escenario eran hipnóticas. La calidad del sonido ha estado a la altura y, sin duda, el hecho de que sonara la artillería a todo trapo ha contribuido a hacer añicos mis ideas previas. Que sí, que ‘Spectrum’ es una cosa muy épica y dramática y suenan ahí unos timbales a lo lejos, como si el vecino estuviera haciendo prácticas mientras la otra canta. Pero lo que ha sonado hoy en el Sant Jordi no puedes ponértelo de fondo: se te traga y te transporta donde Florence quiere. Porque Florence es muy jefa. Menuda es Florence.

Florence Welch está chalada perdida, eso vaya por delante. Posiblemente por eso resulta tener un carisma arrollador que provoca esta comunión absoluta con el público. A mí me ha ganado con sus anécdotas personales. Contaba, emocionada de verdad, cómo flipa al pensar que ha pasado de tocar en Razzmatazz hace 10 años a las cuatro de la mañana a llenar un Sant Jordi en prime time. Siendo tan adorable, le compras su rollo de pirada que canta descalza y de puntillas como si estuviera esperando a Pan. Tampoco tiene un plano malo, la tía, y es innegable que sabe jugar la baza estética, aunque sea a fuerza de Guccis maravillosos. Pero, por encima de todo, Florence Welch tiene una voz prodigiosa. Ya no es solo un timbre curioso y reconocible y blabla, no. Es que hace lo que quiere con su voz y, además, se nota que si no hace más es porque no le hace falta. No ha tenido ni medio segundo de flaqueza en un concierto que ha durado dos generosas horas y en las que correteaba de punta a punta del escenario con sus saltitos de bailarina.

Así que, Florence, querida, ha sido un auténtico placer haberte conocido. Vuelve cuando quieras, que yo voy. Saca el vídeo de la gira pronto. Y, haznos un favor: despide a tus productores. Porfa. Un beso.

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Ars gratia artis

‘Julieta’: drama a fuego lento

‘Julieta’ es un drama. Un dramón que te cagas. La protagonista es profesora de Literatura Clásica y explica a sus aplicados estudiantes de los ochenta cosas profundas sobre Calipso y la juventud eterna, pero su propia vida es una tragedia griega nunca vista, que diría Homero. Tiene Julieta un gafe encima que no puede con él y por eso pasa por la vida en plan lánguido y desconectado. Que yo no sé cómo puede alquilarse los pisazos en los que vive, la cabrona, porque cuando no se pasa semanas visitando a su madre catatónica se tira en el sofá a destilar su pena. Es tan pava, Julieta, que cuando parece que por fin rehace su vida, de repente se cruza con David Delfín y Bimba Bosé y vuelve a hundirse en la miseria. Aunque esta vez es para que nosotros, como espectadores, nos enteremos de su vida y, como suele pasar en estos casos, para por fin encontrar el cierre a tanto drama. Con más drama. Pero por lo menos ya no es suyo. Porque la ojeriza de los dioses se transmite por vía materna, aparentemente.

Hay muchos modos de explicar semejante material. Hay uno muy orgánico, con mujeres desgarradas, rotas de dolor, replegándose sólo para tomar impulso y contraatacar hechas una hidra. Que está muy bien y ha dado películas y libros sensacionales, este estilo. Pero también hay una manera contenida, que necesita de la empatía del espectador para rellenar huecos. Una cosa más intelectual, si se quiere llamar así, menos epatante pero que hurga un poco más en la conciencia de quien mira.

Este último es el escogido por Almodóvar en ‘Julieta’. No hay ninguna estridencia en la película. Si acaso una Rossy de Palma transmutada en una Chus Lampreave, pero en plan ultra light. Por lo demás, las escenas se van sucediendo en pantalla con la misma languidez con la que pasa Julieta por la vida. Las actrices que encarnan a Julieta son Emma Suárez y Adriana Ugarte. No Marisa Paredes. No sé si me explico.

A partir de ahí, sobre gustos, colores. El tono sosegado de la película puede resultar aburrido y, de hecho, la película tarda un buen rato en encarrilar la trama de un modo evidente. A pesar de eso, yo creo que hay suficiente saber hacer como para evitar el tedio: desde las interpretaciones a la dirección de arte, sin dejarse ninguna migaja que va soltando el guión. Desconozco los relatos en los que está basada la película, pero me parece que este Almodóvar está más cercano a un Murakami que a otro Almodóvar. Cuando se encienden las luces, de forma abrupta, sí, pero habiendo contado todo lo que había que contar, uno se da cuenta de que hay varias capas en la aparente sencillez de lo que hemos visto.