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‘Revival’: Stephen King, una y otra vez

Siempre he creído que Stephen King es mejor cuanto más se aleja de los elementos sobrenaturales. Lo cual es una putada, porque en las novelas de terror lo que rompe la rutina para que la historia merezca ser contada no suele ser de este mundo.

Fruto de la habilidad costumbrista del autor, los libros de King suelen ser preciosos microcosmos. O un cosmos hecho de varios micros, si tenemos en cuenta que la mayoría de novelas están interconectadas en diferentes niveles. Tienen también cierto halo de nostalgia, e incluso cuando el narrador mira atrás para hablar de un horror acontecido en el pasado, ese momento nos suele parecer más hermoso que el presente. Los niños, especialmente, son adorables como los de un cuadro de Goya. Mirad, por ejemplo, la cucada que nos parece el niño de ‘Cementerio de animales’ y cómo eso hace que todo lo que viene detrás funcione. En ‘El resplandor’ eso no pasa, porque Danny Torrance lleva dentro el elemento sobrenatural y, mira, si lo mata su padre, pues que lo mate, oye. Si combinamos niños y nostalgia histórica, nos encontramos con éxitos como ‘El cuerpo’ (la novela corta en la que basarían la película ‘Cuenta conmigo’) e ‘It’.

Unas cuantas reflexiones, con spoilers de ‘It’ (aunque ya me vale avisar, que la novela es del 86 y la serie del 90): ¿Nos hubiéramos tragado más de mil páginas de ‘It’ si la pandilla protagonista no fuera carismática? Imposible. ¿Es Pennywise un icono del terror? Supongo, aunque en eso gran parte de responsabilidad la tiene el enorme Tim Curry. ¿De verdad tienen que acabar todas esas páginas de épica peleando contra una puta araña? Pues me hace un poco escaso, la verdad. Las Entidades Cósmicas deberían poder plantar cara más dignamente a una panda de perdedores…

Claro que mi problema con los finales de King es, pues eso… mío. Viene dado, precisamente, por disfrutar tanto de la parte mundana de las novelas que cualquier cierre a la parte sobrenatural me parece, por agravio comparativo, torpe y mal desarrollado. ¿Que por qué digo esto? Porque ‘Revival’ usa, entre otros cebos publicitarios, el de que tiene el mejor final de una novela de King en años. Pues, mira, no. No para mí. Que no me quejo. Pero es que es un final normal. De King. El de las arañas y esas cosas.

Pero vaya, que soy un flojo cuando se trata de este hombre. Me leí el libro en una noche, del tirón. Y eso que no alimenta especialmente el pasar páginas. Apenas las cuatro referencias puntuales, en ese estilo tan King, como de pasada, que anticipan desenlaces por sorpresa. «Me despedí de ellos con la mano. Esa mano que me mordió un zombi en 1998 y que me tuvieron que amputar en el asiento trasero de un Cadillac del 68 mientras sonaba Eric Clapton en la radio».

‘Revival’ hace honor a su título arrancando en el Maine (cómo no) de 1962. Es, por tanto, el acostumbrado festival remember del autor. Además, con niño: un tal Jamie Morton, de seis años, que resulta bastante majo para el lector pero sobre todo para el nuevo joven reverendo del pueblo. Y, aunque lo acabo de escribir suene fatal, resulta que ambos personajes desarrollarán una relación muy bonita. Por lo menos al principio. Luego, cuando Jamie ya es adulto, su amistad se complica a medida que va ganando fuerza el factor sobrenatural.

También se va torciendo la novela, pero una de las características de ‘Revival’ es que es exageradamente larga en su desarrollo. Hasta la página 165 (de 413) no entramos en materia. Esto puede resultar un rollo para los que busquen mambo gore en una novela de King pero es una suerte para mí. Es imposible no sentirse integrado en la numerosa familia Morton, con sus cinco hijos, ni cogerle cariño a la vida en Harlow. Mientras el autor nos esconde la zanahoria y se dedica a confundirnos con una larga retahíla de páginas explicando la adolescencia de Jamie, su primer amor y sus inicios como guitarra, yo me lo trago todo encantado. Es una gozada volver a encontrar al King de siempre, con su estilo inconfundible, aunque como lector yo no tenga ni idea de dónde quiere ir.

Cierto es que hay varias pistas en el libro. Empezando por el homenaje de la primera página a figuras como Mary Shelley o H.P. Lovecraft (cita de este último incluida) y continuando por el encabezado de cada capítulo en el que se ofrece con tres frases crípticas un resumen de la trama. Hay ahí un tufo a novela de terror gótica que debería (ojo con el condicional) ponernos sobre aviso.

Si sirve como referencia, leyendo ‘Revival’ lloré muchísimo. No de miedo, claro. Pero en las reflexiones constantes sobre el paso del tiempo y nuestro camino en la vida hay escondidos varios icebergs que nos pueden dar duro por debajo de la línea de flotación. Por no mencionar otro recurso típico de King: el cariño que le coges a un personaje es directamente proporcional a lo puteado que termina.

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Ars gratia artis

‘Xanadu’ es un lugar feliz

‘Xanadu’ es de esas películas que reconfortan a los fans y sirven para crear estrechos lazos entre ellos. Es casi mágico ver cómo surge la complicidad entre dos personas cuando a una de ellas se le ocurre confesar que le gusta la película y/o la banda sonora y la otra responde «a mi también». Suele coincidir que ambas sean maravillosas personas, todo hay que decirlo.

Gran parte de este fenómeno se debe a la categoría de película de culto que tiene ‘Xanadu’, concebida hasta el último detalle como un exceso alegórico. Una propuesta audaz en su momento y que, al contrario que los espectadores, el tiempo ha tratado nada más que regular. Porque, no nos engañemos, ni el neón ni los patines molan tanto. De hecho, los patines no molan absolutamente nada. Muerte a los patines.

Aun así, pretender ver ‘Xanadu’ con esos ojos de crítico del ‘Fotogramas’ que se nos ponen cada vez que vamos al cine es más cándido que Olivia Newton-John vestida de blanco y con tirabuzones. Así que protestar por el neón o los patines está fuera de lugar. Ya hay bastante mierda en el mundo como para que los defensores del cine canónico vengan a verter su negrura interior. Que luego venimos con que si Peter Greenaway y sus maletas de las narices.

En ‘Xanadu’ no importa la historia de amor entre los protagonistas, ese enamoramiento súbito y total. La cuestión es que canten canciones cursis de amor. En patines. Tampoco interesa ver cómo el viejo trompetista y el joven pintor consolidan una asociación improbable y luchan por construir su sueño común. El objetivo es recuperar a Gene Kelly y ponerle disfraces de brilli brilli mientras canta y baila. Y ponerle patines.

En ese sentido, jamás se podría decir que ‘Xanadu’ es una mala película o un experimento fallido. No pretende ser más que la fantasía estrambótica que es. El lugar donde nadie se atrevió a ir. La cuestión es, simplemente, si el espectador entra dentro del juego que propone.

Por mi parte, sin ser especialmente fan opino que resulta perfecta a múltiples niveles. Sin entrar en la cuestión de la banda sonora, que ya tuvo en su momento más éxito real que la película misma. Pero me fascina cómo consigue crear una identidad visual personal e intransferible (con el permiso de ‘Tron’, que también se gastó lo suyo en neones de mentira pero, chico, llegó después).

Por supuesto, me toca el corazoncito que Gene Kelly esté ahí. Nadie como él podría simbolizar el ocaso de una época ni la nostalgia de un tiempo que aun sin haberlo vivido nos parece mejor. Si la elección de Olivia Newton-John, novia de América del momento, es incuestionable, la de Gene Kelly es insuperable y le da a la película el empaque metafórico que necesita.

Y si todo esto que digo no convence, la prueba del algodón definitiva: ¿alguien se imagina una película  de ahora, igual de evocadora y reconfortante, hecha con LED? ¿Aunque sean de colores? Pues ya está.

 

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Ars gratia artis Nulla dies sine linea

Peli vs libro: ‘Guerra Mundial Z’

Mañana estrenan en Telecinco ‘Guerra Mundial Z’, película protagonizada por la melena de Brad Pitt y que está basada en una novela de Max Brooks. En caso de que estas cosas os importen, ya os avanzo que os podéis poner a esquivar anuncios sin remordimientos por no haber hecho los deberes. Nos encontramos ante uno de esos casos en los que es del todo estéril discutir si el libro es mejor que la peli: tienen muy poquito que ver.

La película es una correcta historia en plan intriguilla, con un poquito de acción y un aún menos de susto. El tema zombi resulta absurdo de puro exceso, como bien queda reflejado en las imágenes promocionales mismas y esos infectados amontonándose en plan efecto de ordenador descarado. Lo importante es que la melena de Brad Pitt, impertérrita en su absurda configuración, recorre el mundo buscando una cura para el virus de turno.

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La absurda melena de Brad, en Israel

Así, lo de ‘mundial’ del título se reduce a que la melena de Brad va de Estados Unidos a Corea del Sur y de ahí a Israel y Escocia, conservando en todo momento ese acabado ‘me he cortado el pelo con el cuchillo jamonero porque esto es el apocalipsis Z, bitch’ y el detalle de pasarse el mechón por detrás de la oreja, que denota un nivel de testosterona acorde con la empresa a realizar.

Luego ya, cara a cara con un zombi, el mechoncito se achanta
Luego ya, cara a cara con un zombi, el mechoncito se achanta

En cada una de las paradas, la melena de Brad obtendrá por pura chiripa un dato fundamental para llegar a donde tiene que llegar. Todo muy lineal, con un monstruo de final de fase al salir de cada puerto, y una resolución así un poco traída por los pelos (de la melena, JAJAJAJAJA). Ya digo: correcta, la cosa.

Por su parte, el libro está construido a base de testimonios de personajes clave en la Guerra Mundial Z. No hay un protagonista, ni siquiera quien recoge todas esas entrevistas, sino que son los relatos de cada implicado los que construyen la historia. Una estructura ciertamente difícil de plasmar en lenguaje cinematográfico, que imposibilita, en todo caso, el innegable tirón en taquilla de la melena de la starlette de turno.

Si la peli deja en un segundo plano el terror más canónico en beneficio de la tensión (son zombis como podrían ser terroristas chiítas), la novela termina teniendo una clara carga política y social. Geopolítica internacional, que diría La Prohibida. Poco más o menos el tema es describir cómo se iría todo al garete si el frágil equilibrio que nos mantiene a todos cuerdos desde el final de la Guerra Fría se rompiera por algo (son zombis como podrían ser terroristas chiítas). En ese sentido, resultan fascinantes proyecciones que no dejan de ser realistas, como el desencadenante, por fin, de la mútua destrucción asegurada entre potencias nucleares. También las hay hilarantes, como el hecho de que todo Corea del Norte se vaya a vivir bajo tierra y no se vuelva a saber de ellos. La novela también trata temas más delicados, como las estrategias que sacrifican partes importantes de la población para priorizar la salvación de otras.

Cuando la novela se pone espeluznante, lo consigue. Genera imágenes muy potentes de hordas de zombis machacando ejércitos profesionales a las puertas de Nueva York. Igualmente, describe de forma muy gráfica el modo en que los vivos consiguen dar la vuelta a la tortilla. Y para mi arsenal de pesadillas personal quedarán los muertos acuáticos, incapaces de ahogarse con dignidad o de podrirse por compasión.

Así que, aunque no haya comparación, gana la novela. Aunque, ya puestos a declarar este combate nulo, lo verdaderamente bonito debe ser la versión audiolibro con las voces de Mark Hamil, Alan Alda o John Turturro que dice la Wikipedia que sacaron. Al fin y al cabo, si de algo adolece el libro es de la falta de diferenciación entre las diferentes voces que explican la historia.