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‘Tomorrowland’: el futuro es una ciudad de Calatrava

Ya podemos reivindicar nuestro niño interior y predicar lo bonito de ver el mundo a través de sus ojos inocentes, que cuando empezamos a hablar de una película nos sale el crítico del ‘Cahiers du Cinéma’ y no pasamos ni una. ‘Tomorrowland’ hay que verla del mismo modo que veíamos ‘Herbie, torero’ y todas esas delicias que venían en formato VHS dentro del mitiquísimo estuche blanco de ‘Walt Disney Home Entertainment’. Todo lo demás es… es… de adulto. *escalofrío*

Porque, sí, el director es Brad Bird. “Del director de ‘Los increibles’ y ‘Ratatouille’ llegaaaaa… ¡‘Tomorrowland’!” Pero eso es algo que solo nos importa a los que hicimos EGB. ¿Cuándo averiguaste el nombre del director de ‘Los Goonies? Suponiendo que lo sepas, claro. Por otro lado, el protagonista (o algo) es George Clooney, que para nuestro niño es intercambiable 100% por cualquier señor de más de 30 años aunque a la madre que paga la entrada le cueste entenderlo.

Además, si tan racionales quisiéramos ser nos tendríamos que negar en redondo en participar como espectadores en cualquier proyecto que involucre a Damon Lindelof. ¿No nos gusta jugar a la imdb? ¿Eh? Entonces, ¿qué estamos haciendo volviendo una y otra vez a las estupideces de este hombre? ¿Cuántas pruebas más necesitamos de que mucho lirili y poco lerele? Que sí, que plantea puntos de partida efectistas y atractivos pero es incapaz de concretarlos y darles recorrido en algo tan mundano como un guion.

Para mí, lo que tiene que molar de ‘Tomorrowland’ mola: la empatía con la protagonista y el efectismo visual. Si yo fuera chaval me rendiría ante el carisma de Casey Newton, me fascinaría Athena y me haría pis con todo el despliegue de Tomorrowland. Muy posiblemente la pega que le buscaría a la peli es que la ciudad del futuro sale poco y que mola mucho más cuando es una maravilla luminosa y etérea que cuando reconoces el edificio ese que hay en Valencia. Como niño, también me hubiera gustado que el malo fuera más malo porque en la maldad está lo que mola. Este malo habla mucho y hace poco de malo. Los que malos que sí molan son los hombres de negro y el tipo de la sonrisa chunga. Y los de la tienda de friquis son la puta caña.

Y, si fuera niño, a lo mejor, qué bonito es soñar, resulta que dentro de 20 años me dará un ataque de nostalgia por conseguir un pin con una T azul sobre fondo naranja.