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Box populi Noli me tangere

‘Drácula’: leer detenidamente las instrucciones de uso

Vaya por delante que

[Bueno, vaya por delante que te puedes comer algún spoiler mayúsculo de la serie]

mi problema con ‘Drácula’ es personal e intransferible. Es la historia de una decepción. De no enterarse de qué va la cosa hasta que es demasiado tarde. De pecar de inocente. La culpa es solo mía, lo asumo, pero el resultado es el mismo: odio ‘Drácula’. Deberíais saberlo.

Primer elemento para tener en cuenta: soy alguien que mantiene (o algo) un blog llamado ‘Abadía de Carfax’. Cualquier #dracula me dispara las hormonas y hace que me relama en anticipación. No atino a procesar información de modo racional en ese estado.

Segundo elemento para considerar: justamente información es lo que sobra en este mundo. No me da la vida para procesar la mitad de los datos que necesitaría para no meter la pata menos a menudo. Entiendo perfectamente que Beyoncé solo siga 10 cuentas en Twitter.

Por tanto, cuando vi la primera foto de Claes Bang como el conde entré en frenesí, compré la serie de manera automática y puse mi ansia en modo reposo hasta que, pum, estrenaron la serie hace unos días. ¿Qué podía salir mal? La BBC, con todo su lujo y oropel, preparando una versión de ‘Drácula’ que apelaba a la imagen de los clásicos de la Hammer. Cualquier dato que recabara durante la espera solo me haría sufrir de impotencia, hacerme pis de los nervios y remover eso tan vulgar que los tuiteros llaman “hype”. Qué necesidad.

Claes Bang como el conde Drácula

En todo esto había un dato fundamental: que las manos gestionando el presupuesto de la BBC eran las de Mark Gatiss y Steven Moffat. En mi calentón por el sexy vampiro, pasé de puntillas por el hecho de que estos dos fueran responsables de la versión contemporanizada de ‘Sherlock’, serie que me parece meh tirando a bien y en la que no tengo ni la milésima parte de cariño hacia el material original del que tengo por ‘Drácula’.

[Ahora viene el spoiler gordo, yo aviso]

“Contemporanizada”. En esta palabra que me acabo de inventar, según el corrector de Word, está la clave. No vi venir ni por asomo que Gatiss y Moffat fueran a hacerlo de nuevo. Que su objetivo último era repetir la fórmula de colocar en el mundo actual un personaje literario clásico. Por eso viví en completa indignación el primer capítulo de ‘Drácula’, me dejé llevar por el segundo hasta que se me torció el culo al final y seguí así durante todo el tercero. Bien por el factor sorpresa (que os acabo de joder si no hacéis caso de los corchetes), fatal por la pureza de mi corazón draculesco.

Indignado por ‘Drácula’

Supongo que el orígen de Drácula les parecía demasiado poderoso como para obviarlo en una transición a la época moderna y arrancar ya con el conde en el siglo XXI. O a lo mejor es que, directamente, no habría excusa para usar la propiedad intelectual ‘Drácula’ si se cargaban a todos los personajes principales de la novela.

El caso es que, de haber podido anticipar el percal, yo me hubiera cabreado menos con los giros que dan al principio. Me refiero, casi exclusivamente, a la personalidad del conde, que digo yo que habrán querido darle un rollo moderno para que tenga continuidad en ambas épocas. Pero es que la interacción que tiene con Jonathan Harker me provoca sarpullidos, con líneas de diálogo tremebundas entre los dos. Cada réplica pensada para hacer reír al espectador es un estacazo en mi alma. “Somos lo que comemos”, dice el tío. Es que menudo cuadro.

Aunque, ¿ves? La historia esta que se montan con que el vampiro absorbe la esencia de sus víctimas a través de la sangre podría comprarla. Este giro sí resulta interesante, así como el que le han dado a Van Helsing. La primera que sale, por lo menos. Por otro lado, como digo, el segundo capítulo y el rollo ‘Diez negritos’ que se gasta me pareció simpático. Se conoce que tampoco le tengo mucho apego a la Christie…

Otra adaptación al montón

Es curioso, esto de ser tan fan de ‘Drácula’, en cuanto a adaptaciones de la novela se refiere. Las películas de la Hammer que han construido el ideario colectivo sobre los monstruos ahora nos resultan adorables, aunque tienen tela marinera. Mucho más tarde, Coppola tuvo la petulancia de llamar a su película ‘Bram Stoker’s Dracula’, pasándose por el forro de sus santos cojonazos la naturaleza misma del personaje. No seré yo el que se ponga puntilloso con la fidelidad en la adaptación. Que existe ‘Brácula: Condemor II’, por la gloria de mi madre.

Pero en todos estos ejemplos yo veía dos cosas básicas: autoría e intención. Sí, incluso en el caso de Chiquito. Adaptar una obra ajena va, según creo, de esto. De dar tu visión. Alinearlo con tu concepto del mundo para la historia de otro se cuente con su voz. Siguiendo con los ejemplos, Coppola hizo bueno a Drácula (bueno, digamos bienintencionado) porque era lo que pedía la historia que quería contar, junto con un vestuario con personalidad propia, una banda sonora poderosa, una fotografía muy concreta… y, sí, hasta la cursilada esa de “he cruzado oceános de tiempo para encontrarte”.

En el ‘Drácula’ de Gatiss y Moffat yo no encuentro ni la autoría ni la intención, más allá de su ripio personal del vampiro clásico en el mundo moderno. Incluso, a mis ojos, se lanzan en plan kamikaze a reproducir secuencias enteras de otros y salen perdiendo de manera bochornosa. El acojone del Harker de Keanu Reeves era orgánico, era precioso y era sexual, como toda historia de vampiros debería ser. Lo que vi el otro día en el Netflix me pareció triste.

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Sors immanis et inanis

‘XCOM 2’: esto es la jodida guerra

Esto es la guerra. No sé qué coño hiciste hace 20 años, en el primer ‘X COM’, pero el caso es que no sirvió para nada.

Llevamos años invadidos por los alienígenas, en un falso estado de cooperación. Los extraterrestres nos gobiernan con la promesa de hacer progresar a la Humanidad hasta el próximo nivel. Y nosotros los seguimos como corderitos. Pero donde vamos es el matadero.

La verdad es que no acabo de entender por qué tanta emoción con lo de recuperarte como Comandante, viendo el desastroso resultado de la primera vez. Pero, sea como sea, yipi ka yei, vuelves a estar al mando. Pero déjame darte algunos consejos, no la vuelvas a cagar.

Te lo repito: esto es la guerra. Los soldados vienen a morir. Ni se te ocurra encariñarte con ese recluta de la misión del tutorial al que ves ascender día a día. No va a llegar al final. O, si lo hace, será a costa de exprimirte la paciencia y retrasar hasta el aburrimiento la salvación del planeta.

La guerra es así. Cruel. Aleatoria. Da igual que equipes a tu comando con la última tecnología que hayas obtenido por ingeniería inversa después de invertir calculadamente tiempo y recursos. No importa que despliegues a tus soldados de forma metódica y racional, acorde con su rol y habilidades. Ese francotirador al que has desarrollado con tanto cariño será capaz de fallar el tiro tres turnos seguidos aun con el 90% de probabilidad de éxito, justo a tiempo de morir por el soplido de un enemigo que, fíjate tú, se saca de la manga un crítico.

¿Te crees muy listo? A la teoría de la probabilidad le importa un jodido carajo.

Así que solo hay un modo de disfrutar esto: dejarte llevar por el viento divino y, pum, patadón en la puerta. Triturar blindajes a fuerza de granadas y plantear cada turno como si ya estuvieras muerto. Para qué vas a andar perdiendo el tiempo en despliegue, cobertura y guardia si, en el momento de la verdad, todos los miembros de tu equipo pueden perfectamente fallar todos sus ataques de oportunidad. Qué coño. Ya sé que habías albergado esperanzas de un rollito más ninja al ver personajes con espadas. Pero también comparto tu desilusión al ver que una mole de dos metros y medio y doscientos kilos es capaz de esquivar un mandoble cuerpo a cuerpo. Esquivando metralla no son tan chulitos.

Quizás se te haga repetitiva tanta aleatoriedad. Joder, no sé… a lo mejor es raro que todos los VIP del mundo se pongan de acuerdo para solicitar extracciones a la vez. O lo último que te apetece es desactivar una transmisión alienígena cuando ya llevas tres. Pero por si no te ha quedado claro: esto es la guerra. A nadie le importa tu jodida diversión. Hay un trabajo que hacer.

Esto es la guerra y la gente muere. Y tiene ataques de pánico aunque tengan los cojones de mármol después de diez misiones. Si lo que buscas es el colorín, que el jodido efecto piedra se pueda curar con una jodida aguja de oro y poder ir tirando de Lázaro++ haberte alistado en el puto ‘Final Fantasy Tactics’.

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Box populi

‘Sense8’: lo hacemos y ya vemos

Hace dos semanas que acabó ‘Sense8’. Supongo que se puede hablar ya del tema sin herir a nadie con crudos spoilers. Aunque me temo que ni aunque quisiera: si la serie nunca se ha caracterizado por su solidez argumental, lo del último capítulo fue ya un desparrame de caos y confusión. A estas alturas sigo sin tener claro quién era el malo o qué coño querían decir con lo de los drones. Lo que sí puedo decir es que estoy muy feliz porque salen todos todos (pero todos) los personajes y hay orgía. ¡Biba! ¡Arriba ‘Sense8’!

Y es que la narrativa de ‘Sense8’ va muy en sintonía con la idiosincrasia de las redes sociales y el video on demand (el Netflix de los maratones, vaya). Lo fundamental es la conexión emocional con el espectador y el sentido de la maravilla. No hace falta que se entienda. ‘Sense8’ es un lugar feliz donde todo el mundo tiene su hueco. La cancelación de la serie supuso un drama a los seguidores, en primer lugar, porque hoy en día todo es un puto drama y más si se puede tuitear. Pero los lamentos que se oían con más fuerza eran acerca del valor simbólico de la serie por la visibilidad y representación afectiva y de género. Que tampoco era plan de dejar a Wolfgang de aquella manera. Pero, sobre todo, qué pena que nos quitaran una serie TAN BONITA.

El fenómeno no es nuevo. ‘Lost’ (‘Perdidos’) inauguró esta nueva manera de vivir las series con medio mundo enganchado a un follón que no entendían pero compartiendo su fascinación común en Internet. ‘Lost’ conectaba con el ‘mainstream friqui’; la gente que se burlaba de que leyeras cómics en el cole y ahora llevan a sus hijos a ver ‘Los Vengadores’ al cine. ‘Sense8’, en cambio, apela al núcleo duro de los freaks. Los raros de verdad. Los que hablan de género fluido y poliamor. Parece mentira, pero desde ‘Lost’ hemos dado un cambio generacional y hemos llegado a lo que José Luís Algar reivindica como “La venganza de lxs inadaptadxs”:

En ‘Sense8’ es evidente que Lana Wachowski se reivindica a sí misma y transforma su dolor en celebración con la complicidad de los espectadores. En el mismo sentido, Javier Calvo y Javier Ambrossi llevan la exaltación de los raritos hasta el extremo más literal en ‘La llamada’. Este es otro caso de guion básico que soporta a duras penas un análisis objetivo, pero que termina siendo una película maravillosa gracias a la conexión con su público (y una obra de teatro prorrogada hasta el infinito gracias a eso mismo y a ‘OT 2017’, que es otro ejemplo perfecto de todo esto que estoy queriendo decir sobre la narrativa de las emociones y el poder del Twitter).

¿Significa esto que cualquier cosa que incluya géneros y sexualidades de las que hacen enfurecer a los militantes de Vox ya tiene que molar, automáticamente, aunque esté mal hecha? Pues no. Ahí está, por ejemplo, Esty Quesada haciendo aguas con ‘Looser’, una webserie que tiene todos los mimbres del universo Calvo-Ambrossi (tal cual, además) pero que está concretada de modo pésimo. Como youtuber que comparte su amargo videodiario con el mundo, Soy Una Pringada encontró con éxito una voz y estilo que provocaban la magia. Como guionista… pues, chica, aún le falta.

Todo esto cobra una especial dimensión si observamos otros ámbitos culturales. La caverna de los videojuegos vive revolucionada estos días porque de repente aparecen mujeres en portadas de juegos de guerra, personajes icónicos muestran abiertamente su sexualidad (y lo que sucede a continuación te sorprenderá) y a una saga de prestigio se le ha ocurrido dejar elegir el sexo y la orientación sexual del avatar del jugador. Son cambios prácticamente estéticos para muchos, pero que ponen el mundo patas arriba para muchos más.

Supongo que aún queda camino por recorrer. Ahí está ‘Sense8’, durmiendo el sueño de las series mutiladas y canceladas por las leyes del libre mercado. Pero qué tiempo este para tener un router, ¿eh?

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Ars gratia artis

‘Pacific Rim: Insurrección’: mierda de la buena

Antes de nada, dejemos claro dónde tengo el listón. A mí me pones dos horas de robots y lagartos gigantes partiéndose la cara en una ciudad y ya está, ya me tienes. Ni diálogos, ni argumentos, ni interpretaciones. Su poquito de nu metal en plan banda sonora, si me apuras, y ya estoy en éxtasis. Por tanto, queridos lectores, ‘Pacific Rim: Insurrección’ me parece una mierda maravillosa.

Elaboro, por si no se me entiende: me parece una mierda, pero me parece maravillosa.

Sigo elaborando, por si las moscas: ni guilty pleasures ni pollas. Nadie te a va dar un pin por tu vocación erudita, no te van a querer más por abrazar la alta cultura, no tienes por qué avergonzarte de nada lo que te gusta. Y la mierda te puede gustar, claro que sí. Del mismo modo que te encantan tantas y tantas cosas imperfectas. Y no me refiero a guarrindongadas como la Nutella con chorizo, sino a algo más cursi como el amor que tienes por tu amiga la vegana o tu novio el que nunca cierra el bote de champú.

Así las cosas, la única pena que tengo respecto a ‘Pacific Rim: Insurrección’ es que se haya desmarcado de la primera película’. Es bastante significativo que no se llame ‘Pacific Rim 2’ (¡PACIFI RIM DÓ!). No por nada en concreto, que conste. No le tengo ninguna devoción a Guillermo del Toro, mucho menos después de que casi me mate con sus novelas de vampiros. Pero cuando vi la primera ‘Pacific Rim’ inmediatamente pedí un universo expandido con secuelas, serie animada, cómics y cualquier movida sacacuartos que se quisieran sacar de la manga. Quería más de los chinos, de los rusos y de todo bicho que aparecía en pantalla. Mi dolor es que ‘Insurrección’ casi parece un reboot y no me responde a ninguna pregunta que me planteara en su momento. Pero, volviendo al hilo: robots, lagartos, tortazos. Muy bien.

Incluso diría que en el tema de los guantazos esta secuela es mucho mejor que la primera. En esta reformulación de la saga han dado un pasito hacia el rollo ‘Transformers’. Que sé que os acabo de generar un escalofrío a la mayoría, pero ya os había perdido antes de llegar aquí, ¿verdad? A mí me parece fenomenal. Del Toro disfraza su apropiación dándole forma de homenaje desde la madurez del director al niño friqui que fue. ‘Insurrección’ es más honesta y, directamente, mete el rollito Evangelion por la trituradora pop para marcarse un ‘Top Gun 2018 Mecha Teriyaki Edit’ sin ningún tipo de disimulo ni rubor.

La misma poca vergüenza que tengo yo en recomendar esta mierda de película, claro.

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Acta est fabula

La era del teatrodisgusting: reflexiones tras ‘Blasted’ y ‘Mount Olympus’

Fui a ver ‘Blasted’ la semana después del ‘Mount Olympus’ de Madrid y, lo admito, a lo mejor me monté yo solo una película en mi cabeza. El caso es que ahora no sé si es que el montaje de Sarah Kane en el Teatre Nacional de Catalunya me decepcionó por blando o es que yo tengo una mente posmoderna totalmente depravada y sin moral alguna.

En capítulos anteriores: ‘Mount Olympus’ fue una movida en los Teatros del Canal que duró 24 horas seguidas pim pam y todo muy subido de tono. Yo no fui, que no soy nadie, pero he podido leer largo y tendido sobre el tema y me lo imagino un poco como la rave en ‘Matrix Reloaded’, pero con ambientación de tragedia griega y mucho más explícito. Con decir que al pobre Hércules le hicieron fist fucking en el escenario. Aunque fue a las 6 de la mañana, tras 11 horas de espectáculo y a lo mejor fue un sueño.

No creo fuera de lugar comentar que si Jean Fabre llegó a ese extremo en un escenario fue, en parte, gracias a que autores como Sarah Kane escribieran obras como ‘Blasted’, donde hay (así en plan spoiler abstracto) dos violaciones, un suicidio, canibalismo y a un personaje le arrancan los ojos con una cuchara. Las críticas furibundas sobre las orgías gratuitas y de mal gusto de ‘Mount Olympus’, no se diferencian tanto de las que, en 1995, ponían ‘Blasted’ como una cosa muy grosera y asquerosa.

Que, a ver, ‘Blasted’ yuxtapone la violencia de género en una pareja y el horror de la guerra, inspirándose en el conflicto de los Balcanes de principios de los 90. O sea que muy agradable de ver tampoco es que deba ser. El tema es que yo iba como muy preparado para sacudirme entero en el asiento y al final resultó que lo que me tuve que sacudir fue el sopor. Un poco. Pero vamos, que la cosa es de perfil bajo aunque vayas sin expectativas.

La primera violación se produce durante una elipsis temporal. La segunda, con la ropa puesta y una botella de agua mineral con gas simulando el orgasmo. Hablando de agua y de metáfora pacata, una bolsa de plástico rellena hace de bebé. O sea, que en la puesta en escena de Alícia Gorina todo es de supermentira.

Y aquí es donde me siento yo peor, volviendo a mi párrafo inicial. Mi parte cultureta quiere pensar que lo que importa que sea de verdad son los sentimientos. El texto, digamos. La puesta en escena es parte de una convención teatral y la directora nos presenta unos códigos visuales que son, eso: un lenguaje para entendernos. La intención es que esos códigos nos ayuden. Que, por el contrario, me saquen de la obra, me preocupa. ¿De verdad necesito ver un refrote piel con piel para sentir la crudeza del momento? Porque al final y al cabo el teatro no es solo una experiencia intelectual. Por lo menos para mí, la magia es la posibilidad de empatizar con un intérprete que tienes respirando a pocos metros. Para entender el texto, me lo puedo leer. Si me siento en la butaca, espero que sea todo más… cómo decirlo… ¿orgánico? ¿Tanto que me salpiquen los lefazos? Pregunto. Porque, al mismo tiempo, para entender que a Hércules las pasa canutas con la serpiente creo que no hace falta que le metan a nadie el brazo por el culo.

No sé, quizás es lo burdo de la resolución de las escenas escabrosas de este montaje de ‘Blasted’ en concreto lo que me ha dejado frío. Que omitan la primera violación, pero que entiendas perfectamente lo que ha pasado, es una cosa. Está bien. Es elegante. Lo de usar bolsas que son bolsas en lugar de bebés me parece dar un golpe de efecto formal en una dirección distinta a la que la autora pretendía.

Aunque, bueno, el ejército de señoras de Sants, público estándar en estas jornadas teatrales, salió revuelta de ‘Blasted’. O sea que va a ser que después de todo sí que va a ser una cuestión generacional…

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Box populi Domini sui vocem

‘OT 2017’: en este pase de micros me maté yo

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Alfred medio aturdido, medicado después de haber tenido un ataque de ansiedad momentos antes. Cantando en piloto automático, desde el instinto y aferrándose a la música. Como, sospecho, lleva haciendo toda su vida Su pase individual se lo saltaron, pero quiso hacer el dúo.

Amaia, tan dulce como siempre. Si no más. Parece que cante para darle fuerzas a Alfred. Se acarician para reconfortarse, más allá de la ternura que inspira la canción. Antes de empezar comentan cómo sentarse y qué hacer y les sale natural ponerse cara a cara y formar un corazón con sus brazos.

Yo ya digo siempre que soy más de realities que de Eurovision. Por eso no me sabe nada mal que esta semana estemos viviendo la resolución de las tramas de la Academia más que la preselección española. Según lo veo yo, los temas propuestos le dan la espalda al festival y se concentran en lo que (me) importa: los concursantes de ‘OT 2017’. Este video de Amaia y Alfred contiene la esencia de lo que ha sido el programa y me da lo mismo que en Europa no lo entiendan o que el tema se parezca a anteriores canciones del festival. La emoción de verlos ahí, así, y la satisfacción de que esto acaba como tiene que acabar no la cambio por un top 10 en Lisboa.

Lo mismo aplica al resto de finalistas. Quizás los temas no han sido escritos para ellos, con su nombre y apellidos pero me parece evidente que se los han asignado para encajar en el concepto de artista que cada uno se ha trabajado durante el programa. Quizás odiemos las canciones desde un punto eurovisivo, pero los seguidores de ‘OT’ podemos leer de dónde viene cada decisión detrás del reparto.

El pequeño eurofan que empiezo a ser llora, claro, porque un año más parece que vamos a tomarnos Eurovisión como un trámite más que hay que cumplir por estar en la UER. Pero, mira, yo que sé… apenas llevamos un año de ‘A Million Voices’ y en cambio son 18 desde ‘Gran Hermano’. ¿Mentiendes?

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Ars gratia artis

‘El gran showman’: no dejes que la realidad te mejore una peli mediocre

Me siento solo en esto de decir que ‘El gran showman’ es una castaña importante. Lejos de parecerme el rico helado de piña para el niño y la niña, la película me hace aguas por todas partes. Y que conste que no hablo (solo) por despecho. La primera vez que la vi, efectivamente, mis expectativas de encontrar la nueva ‘Moulin Rouge’ fueron destruidas sin compasión en los diez primeros minutos. Culpa mía por tragarme el trailer. Pero es que volví una segunda vez, masoca de mí, para verla con ojos desapasionados y el espíritu libre. Ni así. Menudo rollo, colega.

‘El gran showman’ es una interpretación libertina de la vida de P.T. Barnum. Poco más se puede decir sin caer en el error, porque cualquier afirmación adicional puede ser mentira. A fuerza de hacer avanzar escenas no se profundiza en nada, por lo que la sensación es que todo el brilli brilli está al servicio de la moraleja final y poco más. No estamos ante un biopic en el que importe la vida, obra o personalidad del protagonista. Tampoco es una historia sobre la evolución del circo, en su concepto más genérico, ni la de este circo en concreto, refiriéndonos a la troupe de Barnum. Las relaciones familiares (y todas las demás) están dibujadas con brocha gorda, como todo en la película. Y así no se puede.

Por ejemplo, el circo de Barnum pasa de museo de cera a espectáculo de varietés completo en un solo número musical. Ahí, quemando mecha. No hay sentimiento de triunfo, ni de esfuerzo, ni de comunión entre compañeros, ni de nada. Eso sí, requetechuli el número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Por ejemplo, Barnum se curra ahí un número musical todo virguero con unos chupitos de whisky para convencer a Carlyle de que se una al negocio. La clave es que el personaje de Zac Efron le tiene que dar una pátina de dignidad al espectáculo para que la clase media-alta acuda al circo. Y digo yo… ¿qué hace Carlyle una vez en el curro, además de enamorarse y hacer de cover de Barnum? Nada. O sea, nada. El espectáculo es exactamente el mismo antes y después de los chupitos: un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Por ejemplo, el drama recurrente que parece ser el eje motor de la película es que Barnum no tolera que infravaloren su arte. Que lo llamen chanchullero y que digan que el circo es una cosa menor basada en la mentira. Y, sí, vemos como Barnum monta un espectáculo con un montón de freaks, en el sentido más Tod Browning. Pero es curioso observar que le pone zancos a un tío que ya tiene gigantismo (y que es ruso, no irlandés). O que al más gordo del lugar le añade cojines bajo la camisa para hacerlo parecer… gordo. Y toda esta movida convive con una mujer barbuda, que es mujer de verdad y barbuda de verdad, y con un tío peludo al que llaman “el chico perro” (menos mal que son sus amigos) y con otro con escamas en la cara. Que, obviamente, están puteadísimos y se marcan uno de los números estrella de la peli, con canción-alegato-power-inspiradora. O sea, la mujer barbuda, el chico con hirsutismo y el que tiene psoriagrís reivindicando su derecho a ser auténticos y tal como son al lado del gordo de los cojines y el alto de los zancos (y que es ruso, no irlandés). Todo muy confuso. Por cierto, la manifestación pro-freak culmina en… un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo.

Luego, hay decisiones de estilo muy cuestionables. Si en ‘Moulin Rouge’ el empaste entre ambientación de época y canciones contemporáneas quedaba fenomenal, sobre todo gracias al lenguaje visual que Baz Luhrmann desplegaba en el minuto 0, aquí la mezcla queda forzada y extraña. No hay nada en la película (ni dentro de ella ni en la forma de estar rodada) que justifique tanta gloria sandunguera. El despiporre ya es cuando te presentan a una súper estrella de la ópera que cuando le dan la ocasión de abrir la boca se pone a cantar un descarte de Broadway en vez de una aria. ¡Por lo menos no es Lady Gaga!

Total, un cuadro. Ni siquiera puedo alabar la grandiosidad de los números musicales porque, habéis adivinado, la mayoría son un número de baile a lo Lady Gaga con todo el elenco bailando en la pista central del circo. Que no está mal, ojo cuidao. Pero no están a la altura de la superproducción que pretende ser ‘El gran showman’. El mal uso del espacio y el abuso (pero abuso) del ordenador a mí me dio claustrofobia. Me daba la sensación de que rodaron en el comedor de casa de Hugh Jackman, todos apiñados en el centro después de haber arrinconado la mesa, y que lo demás es chroma. Cuanto más grandes y magníficos parecen los elefantes que dibujan, peor. El único número que yo destacaría es el de Zac Efron y Zendaya y todo el sube-baja del trapecio… en la pista central del circo.

Es una pena que la película se pierda no sé muy bien en qué, cuando la vida real de P.T. Barnum es apasionante, a poco que le deis dos tientos a la Wikipedia. No entiendo el invent sexy-fucker de la película en la relación con Jenny Lind. O sí, lo entiendo del mismo modo en que percibo el acento pijo de Londres que gasta una señora que representa que es sueca: si Hugh Jackman es bello, Rebecca Ferguson es bella y el acento británico es bello… ¡a follar! Es imposible que haya otra opción en una estructura tan  simplista. Ya son ganas de desperdiciar un montón de historias con posibilidades. Hasta el disperso de Ryan Murphy dibujó mejor un freak show en la temporada correspondiente de ‘American Horror Story’. Para qué profundizar más en los personajes si el enano ya triunfa y resulta la monda cuando suelta sus frases cachondas.

Pero, vaya, válgame Dios de decirle a Bill Condon lo que tiene que hacer. Y que se ve que la música de la peli la han hecho los de ‘La La Land’ y, bueno, para qué quieres más. Ojalá me hubiera gustado, que necesito un nuevo ‘Moulin Rouge’ en mi vida. Pero es que como dijo aquella: ‘buah, qué horror’.

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Domini sui vocem

Lady Gaga: Joanne Tour, Barcelona, 14 de enero de 2018

Lady Gaga trajo, por fin, su coño a Barcelona. Un coño más grande que todo el Palau Sant Jordi. Mis preocupaciones sobre cómo sería el espectáculo y en qué se iba a centrar Gaga en esta era country resultaron vanas: Gaga se centra en Gaga. Más grande que el Sant Jordi y más grande que la música.

Personalmente tengo sentimientos encontrados. Por un lado, ayer me gustó todo mucho más cuanto más se alejaba del concepto de giras anteriores. Pero, al mismo tiempo, la Gaga ‘badromancera’ es imprescindible. Por más que lleve con la misma puta coreografía desde el principio, su modo de bailar entre la pasión alucinada y la autoconciencia paródica es parte del mito. Cuando actúa como si la estuviera doblando Desahogada, Gaga es más Gaga.

Lo peor de la noche fue, sin duda, el sentido del tempo del espectáculo. No sirve de nada levantar un estadio entero con ‘Telephone’ para dejarla a medias en seco, lo mismo que interrumpir ‘Joanne’ para cambiar de set es un rollo, sobre todo si el reprise es una versión más interesante que el original. Los entreactos para cambiarse de peluca se vivían como un descanso para mirar el móvil y hacer un pis.

Luego hay cosas que lo Gagas o lo dejas, como el minuto de reloj que pasa después de ciertos temas en los que ELLA se queda congelada bajo el peso de su propia intensidad, recreándose en el aplauso del público. O los discursos de igualdad, paz y amor que se pega la tía, que suenan tan antiguos como la coreo del ‘Bad Romance’. De verdad que cuando habla de eventos que te sacuden y te cambian la vida de un modo que ya no reconoces quién eras antes de eso y te dejan cicatrices de por vida (sic) no puedo evitar pensar que qué mierda de vida sin eventos tengo. Por no hablar, y me voy a meter un jardín, que unirse al dolor por el atentado de las Ramblas a estas alturas  suena forzado (y más si lo haces tres veces durante la velada). Pero así es Gaga, ya digo, intensa como el fuego de tres soles y tan universal como… el… universo.

Pero, vaya, que no, que maravilla. Conciertazo de los que aunque duran dos horas y media saben a poco. Ya digo que me sonaron mucho mejor los temas nuevos, favorecidos por una puesta en escena flexible. Por ejemplo, el arranque con ‘Diamond Heart’ y ‘A-YO’ en un escenario apenas desplegado tuvo unos ecos rockeros fantásticos. Luego, con los temas mamarrachos, llegaría el desparrame de pelucas y plataformas móviles. Quién me iba a decir que ‘Scheiße’ sería uno de los momentos de la noche…

Viendo el concierto de anoche me dió la sensación de que Lady Gaga está en un momento muy dulce. Algo irónico teniendo en cuenta que no es su mejor época en ventas y relevancia. Pero desde el punto de vista artístico tiene a una legion fiel de ‘pequeños mostros’ (que decía ella ayer) a los que se ha unido público algo más talludito gracias a la innegable calidad musical de sus últimos temas. Hay un montón de gente a la que no solo le gusta ‘A Million Reasons’, sino que también conoce versiones acústicas de ‘Paparazzi’ que funcionan a la perfección.

Todo esto, además, teniendo en cuenta que Lady Gaga es infalible en un escenario. Ni fibromialgia ni leches, lo de anoche fue un despliegue de prodigio físico y capacidad vocal. Con todo su coño.

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Ars gratia artis

‘Insidious: la última llave’: tribulaciones de una cazademonios madura

La protagonista de ‘Insidious: la última llave’ es una mujer de 70 años. Solo este hecho ya debería despertar nuestro sentido de la maravilla. Las Tangina Barrons de la historia han sido reivindicadas en la figura de Elise Rainier, que tras cuatro películas se erige en el personaje central de toda la franquicia. Las mediums ya no necesitan ser señoras friquis ni hace falta llamar a un señor cura con pinta de boxeador para erradicar al demonio.

A partir de ahí, ‘Insidious 4’, que es como la llamamos cariñosamente en casa, es ante todo coherente: una peli de terror sin hormonas y una pieza más en el complejo puzzle de una saga. Podrá interesar más o menos (en Rotten Tomatoes parece que interesa poco), pero hay que reconocer el tremendo sentido del pulso que Leigh Whanell mantiene sobre el timón de ‘Insidious’. Incluso con su amigui James Wan ocupado en otras cosas.

Aquí no hay cuotas de adrenalina y testosterona que cumplir. Hay sustos, sí, y algún que otro golpe de efecto y maquillaje malrollero. Pero el mal rollo de verdad se desata cuando Elise se pone a hurgar en su propio pasado. Casi sin salir de casa ni cruzar al más allá, como mandaría el canon. Lo interesante en esta historia está aquí y lo que hay al otro lado de la puerta es secundario. Esto incluye al demoño de turno, que sin resultar anecdótico termina siendo algo genérico.

Si por esto hay que decir que ‘Insidious 4’ es más peli de misterio que de terror, pues se dice y ya está. Que la pasión por el susto ni la devoción al género no os estropee la diversión.

La cuarta película de esta saga consigue, además de ser muy disfrutable, atar un montón de cabos de lo que se ha contado hasta ahora y, además, abrir la puerta a nuevas expansiones en la franquicia. Que, a ver, tal como están las cosas me parece un triunfo brutal. De la hermosa sororidad que se plantea en esta entrega nace el germen de una nueva heroína. Puede que Elise no pueda jubilarse jamás (que el Mal no descansa), pero a lo mejor Lin Shaye está ya hasta el toto de interpretarla.

¡Larga vida a ‘Insidious’! O no.